Amal leyó la pantalla y asintió sin hacer preguntas. Ordenó a los escoltas movilizarse y, en cuestión de minutos, el convoy se puso en marcha de vuelta a la ciudad. Al llegar al hotel, Hafsa caminó con paso lento y pausado hasta la suite. En su interior, todo estaba tal como lo había dejado: impecable, con el aroma tenue de incienso y flores frescas perfumando el aire. Se dirigió al ventanal y tomó asiento en un sillón de respaldo alto, dándole la espalda a Amal. Sus ojos recorrieron el paisaje diurno de la ciudad parisina. La Torre Eiffel se alzaba en la distancia, majestuosa y ajena a sus pensamientos. El mundo seguía moviéndose, indiferente a lo que había estado a punto de ocurrirle. Hafsa encendió su celular y escribió otro mensaje. No me digas su nombre ni cómo luce, solo informaci

