El sonido de sus botas golpeaba el suelo de mármol, en un eco que acompañaba su camino entre las filas de escoltas que lo observaban con una mezcla de incredulidad y desconcierto. Su traje n***o estaba impecablemente arreglado, su camisa oscura apenas dejaba entrever la rigidez de su postura. Pero quien conocía bien a Herón podía notar la tensión en sus músculos, el control absoluto sobre sus emociones. Los agentes presentes contenían el aliento. Nadie se atrevía a romper el mutismo. Herón llegó al frente y se detuvo con precisión militar. De manera técnica, alzó la mano derecha y realizó un saludo formal. Luego, bajó el brazo y adoptó la posición de descanso: piernas separadas, brazos detrás de la espalda. Su mirada permanecía impasible, aunque en su interior sabía que debía enfrentar l

