Luego, él escoltó a la princesa al piso del restaurante. Tomaron el ascensor donde solo estaban ellos dos y los canes. El elevador se deslizó en silencio hacia el piso del restaurante; su interior revestido en acero pulido reflejaba la figura erguida de Herón, la túnica blanca de Hafsa y los cuerpos atentos de los dos canes. Teseo mantenía sus orejas erguidas y sus ojos escaneaban la cabina como si cada centímetro pudiera esconder una amenaza. Perseo, más sereno, se posicionaba del lado opuesto, quieto, con la mirada fija en la puerta cerrada del elevador. Entre ellos, la princesa permanecía en callada, con el rostro cubierto por el velo blanco, la corona aún sobre su cabeza y su espalda recta como si llevara el peso invisible de siglos de linaje sobre los hombros. Herón estaba a unos pa

