Prólogo

1888 Palabras
La vida es algo precioso que muchas veces se toma por hecha. En el bullicio de la vida diaria, muchas personas no se dan cuenta cómo cada una de sus acciones es, de hecho, una lucha por sobrevivir. Pero esto no siempre fue cierto. Hay una época olvidada, donde los humanos tenían que luchar solo para alimentarse. Pequeñas tribus nómadas vagaban por un mundo peligroso donde un paso en falso podría llevarlos a su muerte en manos de las criaturas mejor adaptadas al paisaje radical. Esta es la historia de un hombre de dichos grupos. * * * Él se conocía como Konta. Era un nombre que había tenido desde que podía recordar, un nombre que él mismo había escogido para sí mismo. Era imposible saber qué nombre le habían dado los demás; expresar un concepto tan abstracto como un nombre a sus compañeros del clan era un lujo que él y su gente no se podían permitir. La simple idea de una palabra hablada era incomprensible, ya que hacer ruido era el equivalente a llamar a toda criatura que estuviera al alcance del oído. Así que solo dentro de la comodidad silenciosa de su mente él era Konta, y eso era suficiente para él. Le dio nombres a sus compañeros de forma parecida, sin saber y sin importarle cómo se referían a sí mismos. Para él nunca hubo una razón para considerar por qué su clan solo se comunicaba con señales corporales. Conforme avanzaba a través de los pastizales, en medio de su gente, siguiendo las sutiles señales del jefe que él conocía como Murg, en su mente solo podía pensar en el año que venía. El Invierno había comenzado a descongelarse, ingresando el tiempo próspero de la Primavera- el tiempo donde las presas más dóciles comenzarían a emerger de sus largas hibernaciones para encontrar comida, mientras que las viciosas bestias que habitaban el Invierno se alejaban a climas más fríos. Su gente no era diferente: Con la migración de tales monstruos, como el Mamut Lanudo y los Gremlins de Nieve que detestaban la creciente calidez, la Primavera era un tiempo en el que podían reunir comida y prepararse para el próximo Verano, donde la comida era más escasa y los peligros abundaban. GremlinsUn viento helado atravesó los pastizales, que incluso ahora seguían cubiertos por algo de hielo. Konta se protegía del frío gracias a su piel, obtenida de una Pantera Obsidiana que había matado un par de años atrás. Era su más preciada posesión, una muestra de sus capacidades como un cazador fuerte y joven, y así como todos los miembros de su tribu que portaban la piel de una bestia, él protegía la suya como si protegiera a su hijo. Sin ella, su posición en la tribu apenas y quedaría por encima de la de los bebés lactantes que eran cargados entre los pliegues de las pieles de sus padres. Sin ella, los demás no confiarían en él para llevarlo a las cacerías de las criaturas más peligrosas y más gratificantes que vendrían en los próximos meses. Pasaron muchas horas de viaje antes de que Murg levantara su mano y clavara su bastón en la tierra. La tribu había llegado a un lugar que parecía adecuado para hacer un campamento- una pequeña arboleda con suficiente follaje para ocultarlos a distancia, pero no demasiado como para ocultar a un posible depredador. La noche ya había comenzado a alejar la calidez que había otorgado la influencia del día, pero el grupo no perdió tiempo en temer al frío invasivo pues desenvolvían sus tiendas con rapidez, retirándolas de las espaldas de los jóvenes que aún no probaban su valor en una cacería. Los palos robustos hechos de Secoya Perpetua ingresaron a la tierra con un solo golpe, su peso ligero pero fuerza casi impenetrable creaba una fuerte base para las cobijas que protegerían del frío esa noche. Las cobijas, hechas con las gigantes hojas del Sauce Llorón y calafateadas con la savia a prueba de agua del mismo árbol, podían soportar de todo menos de las tormentas eléctricas y los chubascos. Mientras los hombres se apresuraban en levantar los tipis, las mujeres estaban ocupadas preparando el campamento con una variedad de comodidades necesarias. Aún tenían algo de almizcle del Zorrillo del Desierto que habían matado el año anterior. Cuando la esparcían ligeramente en un círculo amplio alrededor del campamento, el abrumador aroma creaba una especie de barrera invisible que era casi infranqueable para cualquier criatura peligrosa con un fuerte sentido del olfato. Mientras un grupo se apresuraba en formar un perímetro, otro preparaba la fogata comunal, que sería usada para mantener cálida a toda la tribu durante las largas y frías noches, además de servirles para cocinar todas sus comidas. Una mujer ya había cortado un cuadro de césped lejos del fuego y lo había colocado a un lado: esto sería reemplazado cuando la tribu se marchara, para ocultar la evidencia de que habían estado ahí. Un par de otros habían procurado piedras dentadas para cavar el hoyo, y se apresuraron en terminar el pozo mientras la luz del día desaparecía rápidamente. Muchos más seguían clavando más palos de Secoya Perpetua en el suelo alrededor del pozo, sobre los cuales colgarían una lona hecha con la piel de la Ballena de Esponja: una criatura con piel que podía absorber casi cualquier material no sólido y desintoxicarlo, lo cual la hacía perfecta para evitar que el humo escapara del área del campamento y alertara a los depredadores. Normalmente, durante el proceso de instalar el campamento, que Konta conocía como el Asentamiento, los cazadores de la tribu estarían ocupados intentando rastrear presas para la cena de esa noche. Sin embargo, la proximidad de la Primavera trajo una situación diferente. No había ninguna época del año más segura que esta, en los primeros días de la Primavera. Debido a esto, la tribu usaba estos breves respiros entre estaciones para hacer una especie de festival en honor al nuevo año y para fortalecer sus lazos contra las dificultades venideras. Era el único tiempo del año en que la tribu de Konta podía reír y sonreír y olvidar, por muy poco que fuera el preciado tiempo, su lucha diaria por sobrevivir. * * * El fuego crepitaba felizmente mientras la tribu se reunía alrededor de él, cada familia traía algo para compartir con la tribu durante este Tiempo de Asentamiento. Una de las mujeres de la tribu, a quien Konta conocía como Klika, había traído un estofado dulce hecho con algunos Murciélagos de la Fruta preservados que habían recolectado el año anterior. Su hijo pequeño, Klikin, ocasionalmente intentaba robarse un bocado antes de la hora de la comida, solo para ser regañado por su padre, el cazador que Konta conocía como Klik, para la diversión del resto de la tribu. Del otro lado del camino, Konta se percató de la presencia de Faygo, un compañero cazador con quien había crecido. Konta observó cómo Faygo, sentado entre las jóvenes mujeres de la tribu, presumía un largo brazalete, similar a una manga, que había recibido hacía poco por el Jefe Murg mientras ellas despeinaban su cabello rubio, que le llegaba a los hombros. Konta sintió un poco de resentimiento ante esto- el brazalete del Jefe era un signo de favor de parte de Murg que solo unos seleccionados cazadores recibían. La mayoría de los cazadores que tenían el brazalete eran mucho mayores que Konta y Faygo, los cuales aún no veían pasar los veinte Inviernos, y aún así el jefe había considerado adecuado conceder su bendición solo al segundo. Todos los pensamientos sobre el brazalete dejaron su mente cuando un toque suave se posó sobre su hombro. Se giró para ver el rostro sonriente de su joven esposa, con quien se había emparejado apenas la pasada estación. Su espeso cabello castaño crecía tan grueso y rebelde que caía bajo sus hombros y hasta pasadas sus rodillas, casi rozando el suelo, pero no había forma de ocultar el cuerpo fuerte, y a la vez delicado, que se ocultaba bajo él. El rostro de Konta se transformó en una sonrisa avergonzada, su felicidad y orgullo era imposible de ocultar- finalmente había conseguido lo que todos los hombres de la tribu codiciaban, una compañera. En su mente, ella era Kontala, la segunda mitad de su clan personal, y Konta apenas y podía soportar la espera de esperar a que su primer cachorro naciera. Sin duda, no habían perdido nada de tiempo en sellar su vida conyugal, como se evidenciaba por la pequeña curvatura en el vientre de Kontala. Ella se sentó con cuidado junto a Konta, descansando su cabeza contra su hombro. Con un movimiento de su mano, ella retiró la capucha de piel de su cabeza y recorrió sus dedos a través de los mechones negros enredados que él normalmente mantenía ocultos, obteniendo una sonrisa tonta de su parte a la par que el resto de la tribu presente sonreía en silencio detrás de sus manos y negaban con sus cabezas. Normalmente, tales muestras de afecto entre las parejas eran incómodas entre los demás miembros de la tribu, pero ellos solo se habían unido hacía menos de una estación- su recién encontrado afecto y lujuria del uno por el otro era perdonable. Además, a Konta no le importaba lo que pensaran. Dentro de poco, estaría fuera de la aldea a menudo, en cacerías en busca de comida y suministros para que la tribu sobreviviera las siguientes estaciones, las cuales serían mucho más duras y despiadadas que la calma de la Primavera. Imaginó que lo menos que el clan podría hacer por él sería darle a un guerrero tan dedicado una noche de paz con su esposa. El fuego apenas había comenzado a calmarse cuando Murg finalmente apareció por entre los pliegues de la lona, con su rostro arrugado e impasible. Konta siempre se maravillaba de la piel que portaba el jefe, un abrigo cubierto de plumas de un color cenizo profundo. Konta nunca había visto a una criatura con tal manto en todas sus cacerías, y sabía dada la posición de Murg como el jefe, que había una buena razón por la cual nunca la había visto- Probablemente provenía de una bestia extraña que Murg había cazado muchas estaciones antes de que Konta viviera. La aparición del jefe señaló que era hora de comer, y las mujeres se apresuraron a repartir las provisiones restantes. Los hombres permanecieron sentados, pues sus ásperas manos forjadas a través de los años de cacería no eran adecuadas para manejar las comidas delicadas que las mujeres habían preparado con esfuerzo. Como en todos sus “festivales” pasados, había poco en cuanto a ruidosas fanfarrias y júbilo. Comieron en agradecido silencio, y observaron a los cachorros, demasiado pequeños para cazar o trabajar, correr alrededor del fuego y jugar. Pero para los cazadores, esta noche era la calma antes de la tormenta. Konta suspiró mientras pensaba en los próximos días y estaciones, donde simplemente el despertar cada mañana sería un milagro por el cual estar agradecido. Sin embargo, esta noche, con la mano de Kontala entre las suyas y los hombres de la tribu a su alrededor, sintió que no habría obstáculo en el mundo que él y su pueblo no pudieran superar. El mañana traería un nuevo día y nuevos retos.
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