Capítulo 2

2743 Palabras
​El despacho del profesor Gabriel Stone olía a papel viejo, café n***o recién hecho y a algo más, algo que Lucía no podía identificar, pero que se sentía masculino y prohibido. Era un espacio de madera oscura y estanterías abarrotadas, un refugio para mentes complejas, y él era el epicentro de ese caos ordenado. ​Gabriel se había encerrado allí inmediatamente después de la clase de Ética. La fachada profesional que había mantenido ante sus alumnos se desmoronó en cuanto cerró el pesado pestillo. Se aflojó el nudo de la corbata, una seda italiana de color borgoña que ahora le parecía una soga, y caminó hasta la ventana que daba a los inmaculados jardines de St. Arden. ​El sol de la mañana bañaba el campus en una luz perfecta, pero para Gabriel, todo se sentía frío. ​Había pasado veinte años desde que él tenía la edad de ella, y diez perfeccionando su armadura: la de profesor respetado, la de hombre responsable, la de esposo, aunque esa última ya fuera una etiqueta vacía y helada. A sus cuarenta y un años, la distancia entre él y la chica cuya edad solo podía estimar como veinte años o poco más era un abismo no solo de años, sino de vida, de historia, y de las reglas que regían su existencia. Había aprendido a canalizar su intensidad—esa misma que asustaba y fascinaba en el aula—hacia la lógica y la razón, a construir una vida basada en la moralidad que ahora le tocaba enseñar. ​Y luego, en la tercera fila, estaba Lucía Vega. ​Solo el recuerdo de su nombre en sus labios provocó un escalofrío que no era de frío. Lucía Vega. El nombre sonaba a poesía frágil, a un amanecer que él no tenía derecho a ver. ​Ella era un peligro ético, profesional y, lo más importante, personal. La diferencia de dos décadas hacía que el deseo fuera una perversión en la rigidez de St. Arden. Él no era un joven de treinta y pocos que podía cometer un error; era un hombre maduro, con una reputación consolidada y un futuro que dependía de su impecabilidad. ​Gabriel cerró los ojos, apoyando la frente contra el cristal frío. A sus cuarenta y un años, había creído que su vida s****l era un campo explorado, que sus deseos estaban clasificados y dominados. Había tenido amantes apasionadas, relaciones intensas antes de su matrimonio, y un matrimonio actual que era un ejercicio de control y distancia. Había aprendido a no confundir la lujuria con algo más profundo. ​Pero Lucía no era lujuria; era una necesidad que surgía de una sequía emocional que él ni siquiera sabía que padecía. ​Él no sabía su edad exacta, pero su aspecto era de una juventud sin mancha, demasiado inocente (él lo había olido, lo había sentido en la forma en que su cuerpo se tensó bajo su mirada), y su belleza era de esa clase que desarma: sin artificios, solo una verdad cruda. Al mirarla, se sintió sucio, un depredador que acababa de entrar en un jardín vallado. La imagen de la Lucía, frágil y virginal en todos los sentidos que importaban, chocaba brutalmente con el hombre de cuarenta y uno que había dejado atrás la inocencia hacía mucho tiempo. ​Ella es una estudiante, Stone. Es tu trabajo. Es tu futuro. Es tu vida. ​La palabra matrimonio resonó con una burla sorda. Su relación con Diana era un acuerdo, una sociedad económica y social, fría como la piedra. Habían dejado de mirarse hacía años; ahora solo se gestionaban. Él se había casado por deber, por la estabilidad que el caos de su pasado le había negado. Diana era la moralidad que él forzaba. ​Lucía, en cambio, era la tentación, el caos hermoso. ​Su mente repasó el breve intercambio en el aula. Él no solo quería su cuerpo—que sí, su cuerpo esbelto y tenso bajo la ropa era una distracción insoportable—, él quería romper esa quietud que la envolvía, quería ser el terremoto que la hiciera sentir. Quería contaminarla con su experiencia, con su oscuridad. ​Un golpe seco en la puerta lo sacó de su tormento. ​—Adelante. ​Mateo Ríos, su mejor amigo y colega en la Facultad, entró sin esperar respuesta. Mateo, tan sarcástico y honesto como Gabriel era reservado y complejo, llevaba su habitual atuendo informal de chaqueta de tweed sobre una camiseta, y su expresión era de advertencia. ​—Huele a peligro aquí dentro, Gabriel. ¿Ya estás pensando en cómo justificarle a Hegel tu nuevo seminario sobre el hedonismo prohibido? ​Gabriel se dio la vuelta, retomando la postura de profesor estoico. ​—Estoy revisando el temario, Mateo. ¿A qué has venido? ​Mateo se apoyó contra la pared, cruzándose de brazos, con los ojos entrecerrados. ​—Vengo de dar mi clase de Lógica. Y pasé por el pasillo de los chismes. Los de séptimo ya están hablando del profesor de Ética que parece modelo de pasarela y que tiene la mirada de un inquisidor. ​Hizo una pausa significativa, su tono cayendo a una nota más seria. ​—Y también están hablando de la chica de Psicología. Lucía Vega. ​El nombre era un dardo. Gabriel no reaccionó. No se movió. ​—¿Y qué dicen de la señorita Vega? —Su voz sonó neutral, quizás demasiado. ​—Dicen que le has echado el ojo, Gabriel. Y no me refiero al ojo académico. Dicen que el silencio que tuviste al nombrarla fue un maldito acto de teatro s****l. ¿Es cierto? ​Gabriel sintió una punzada de ira ante la intromisión, pero sabía que Mateo tenía derecho. Había sido su confesionario y su ancla moral desde que eran estudiantes. ​—No seas ridículo, Mateo. Es una estudiante. Una más. ​—No me mientas. Te conozco. Te conozco desde que usabas una corbata más fea y tenías menos doctorados. Hay algo en tus ojos que no veía desde hace años... Ella es veinte años más joven, Gabe. No sé si tiene veintiuno o veintitrés, pero es una niña en comparación con tu edad y experiencia. Es virgen de vida. Y tú estás casado. ​El juicio era una espada. ​—Mi vida personal no es tu incumbencia —siseó Gabriel, sintiendo la presión en la sien. ​—Claro que lo es. Porque si arruinas tu vida aquí, arruinas tu carrera, tu reputación y, créeme, esos padres conservadores, controladores, te destruirían legal y públicamente. Sabes que esa chica está aquí becada, su título lo es todo. Si generas un escándalo con ella, arruinarás su futuro y el tuyo sin remisión. St. Arden te despediría antes de que pudieras deletrear "ética". Ella es demasiado joven, demasiado inocente y, por lo tanto, demasiado peligrosa, hermano. Aléjate. Ahora. ​Mateo despegó la pared y se acercó a Gabriel, poniéndole una mano firme en el hombro. ​—No la destruyas, Gabriel. Ni la destruyas a ella ni te destruyas a ti. Es un error que te costará todo lo que te has esforzado en construir a lo largo de estos cuarenta años. ​Gabriel sostuvo la mirada de su amigo, el verde tormentoso chocando con el azul leal. La culpa lo atravesó, pero no la culpa por su matrimonio moribundo, sino la culpa por el deseo incontrolable de hacer exactamente lo que Mateo le pedía que no hiciera. ​—Estoy alejado —murmuró, la mentira amarga en su boca. ​Mateo lo estudió un momento más, luego asintió lentamente. ​—Bien. Porque si la tocas, Gabriel, me perderás a mí también. Y lo sabes. ​Con esa última advertencia, Mateo salió, dejando a Gabriel nuevamente solo con el eco de la verdad y el peso del deseo. Se pasó las manos por el pelo, frustrado. Era un hombre acostumbrado a tener el control, y ahora una estudiante que apenas había entrado en la vida adulta lo había despojado de él con una simple mirada. ​Mientras tanto, a tan solo un pasillo de distancia, Lucía estaba sentada en la biblioteca, pero su concentración se había evaporado. ​Había evitado ir a casa a la hora del almuerzo, sabiendo que sus padres la interrogarían sobre cada minuto de su mañana. En su lugar, se había refugiado entre los altos anaqueles de la biblioteca de St. Arden, intentando leer El Malestar en la Cultura de Freud. Pero cada párrafo sobre la represión y la sublimación le recordaba al profesor Stone. ​El nombre Gabriel sonaba en su mente como el repique de una campana de alarma. ​No había entendido la magnitud del impacto de ese primer encuentro hasta que el pánico inicial se desvaneció y fue reemplazado por algo mucho más seductor: la emoción. ​Lucía estaba en St. Arden por la Beca de Excelencia que había ganado, un logro que sus padres, a pesar de su orgullo, utilizaban como látigo. Para su familia, que vivía con lo justo, ese título no era solo un logro; era la única vía de escape y seguridad económica. Por eso la vigilancia y la presión eran tan intensas: no podían permitirse que nada, y mucho menos una distracción emocional, pusiera en riesgo la beca o su expediente inmaculado. ​Por primera vez en su vida, Lucía se sintió vista, no por lo que se suponía que debía ser (la hija perfecta, la estudiante diligente), sino por lo que ardía secretamente en su interior. Él había mirado a su alma dormida y le había gritado: Despierta. Él era un hombre de cuarenta y uno, un adulto consumado, y el hecho de que él, con toda su experiencia, la hubiera notado a ella, la inexperta, era una validación embriagadora. ​Tocó inconscientemente el cuello de su blusa. Recordaba la sensación de su presencia tan cerca, el aliento caliente cuando susurró que a él le gustaban los desafíos, que los límites eran fáciles de cruzar. ​Y ella quería cruzarlos. ​La inocencia no era la ausencia de deseo, sino la falta de conocimiento. Lucía era virgen, pero no tonta. Sabía que la atracción entre hombre y mujer podía ser una fuerza devastadora. Pero sentirla por primera vez, dirigida hacia ella por un hombre como Gabriel Stone, un hombre que representaba el peso de la vida adulta y la sofisticación, era como recibir una descarga eléctrica. ​Su pulso se aceleró. Ella quería volver a verlo. Quería el peligro, el juego de miradas. Quería esa tensión que hacía que el aire fuera difícil de respirar. ​No puedes. Es tu profesor. Es veinte años mayor. Es una figura de autoridad. ​La voz de la razón, la voz de sus padres, la voz de St. Arden, intentaba acallarla. Pero la voz de Gabriel Stone era más fuerte. ​Lucía cerró el libro de Freud, su mente de estudiante de psicología ya trabajando en el problema. Necesitaba una excusa, un pretexto para encontrarse con él, pero que fuera profesional, intachable. Tenía que ser un encuentro donde el peligro fuera manejable, donde pudieran mirarse y hablar sobre Ética, mientras sus cuerpos gritaban sobre otra cosa. ​Revisó el temario y encontró la excusa perfecta. El tema de la próxima semana era el "Dilema de la Moralidad Prohibida: el conflicto entre la emoción personal y la obligación social". ​Se levantó, su corazón batiendo un ritmo frenético de culpa anticipada y excitación. Si sus padres la veían, solo verían a la diligente Lucía, caminando hacia el despacho de su profesor para discutir un punto de la clase. ​Pero Lucía sabía que iba en busca del diablo. ​Se dirigió al Ala de Profesores, sus pasos silenciosos sobre la alfombra gruesa. Cuando se detuvo frente a la puerta de madera oscura con la placa de bronce que decía: Dr. G. Stone, dudó. Podía dar la vuelta, volver a su vida controlada y segura, y olvidar la electricidad del aula. ​No lo hizo. ​Levantó la mano y tocó dos veces, con un golpecito firme y decidido que no se parecía en nada a la chica que había sido un momento antes. ​Desde dentro, la voz profunda resonó. ​—Adelante. ​Lucía tragó saliva. Abrió la puerta y entró en la cueva del león. ​Gabriel estaba sentado detrás de su gran escritorio, una pila de libros antiguos a un lado, su corbata ya deshecha y abierta, revelando el nudo potente de su cuello y una franja de piel. Se veía menos profesor, más hombre, un hombre que había llegado a la madurez con un dominio evidente de su entorno, y la visión hizo que Lucía sintiera un calor inesperado recorrer su vientre. ​Levantó la mirada. Los ojos verdes la vieron. Y el aire de nuevo cambió. ​Gabriel Stone no pareció sorprendido. Pareció saber que ella vendría. Era como si la hubiera estado esperando. ​—Señorita Vega —dijo, la simple formalidad cargada de una intimidad no verbal—. ¿Puedo ayudarla? ​Lucía dio un paso al frente, acercándose al escritorio. Estaba lista. ​—Profesor Stone, sé que no me pidió que viniera, pero... estoy un poco confundida con el tema de la próxima semana. El Dilema de la Moralidad Prohibida. Quería preguntarle algo al respecto, si tiene un momento. ​Ella le ofreció su mejor cara de estudiante seria, pero sus ojos—amplios y avellana—eran la traición. Rogaban por algo más que la filosofía. ​Gabriel la miró. No habló de inmediato. Sus ojos recorrieron su rostro, sus hombros, deteniéndose justo donde su corazón latía de forma salvaje bajo la blusa. La miró con la intensidad del hombre de cuarenta y uno que sabe que está a punto de cometer un terrible y delicioso error. ​—Por supuesto que tengo un momento, Lucía —respondió, y el uso de su nombre de pila en un contexto tan formal fue otra puñalada exquisita de lo prohibido—. Siéntese. Estamos justo a punto de discutir por qué algunas reglas están destinadas a ser quebrantadas. ​La invitó a sentarse en una silla de cuero frente a su escritorio. Lucía se sentó. El escritorio era la barrera. Pero la tensión era el puente que se negaba a caer. ​Gabriel se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio, acercando su rostro al de ella. Su aroma, ese olor a peligro y madera, la envolvió por completo. ​—Dígame, Lucía. ¿Qué le confunde exactamente sobre la moralidad prohibida? ¿Es el concepto en abstracto… o la tentación que conlleva? ​Su pregunta no era académica. Era un desafío. Era la confirmación de que él entendía perfectamente el juego que estaban a punto de jugar. Y Lucía, la niña inocente, estaba lista para apostar. ​—Creo que es la tentación, profesor —susurró, con una audacia que la sorprendió a sí misma—. La idea de que el camino ético es siempre el más aburrido. ​Gabriel no sonrió esta vez, pero sus ojos se encendieron. Era el fuego que Lucía había encendido en él, y ahora la estaba consumiendo a ella también. ​—El camino ético —dijo él, su voz aún baja, profunda, casi un ronroneo—, es un camino de renuncia. Implica matar una parte de uno mismo en favor de la sociedad. Y cuando la renuncia es demasiado grande, Lucía... el corazón exige su pago. Y su pago, señorita Vega, suele ser violento. ​Lucía sintió que esas palabras eran para ella. Ella había renunciado a su vida entera. Y ahora, el corazón estaba exigiendo el pago. Y el pago era él. ​El silencio se instaló, un silencio cargado donde la atmósfera se volvió erótica, a pesar de que solo hablaban de Kant y Nietzsche. La distancia del escritorio ya no era suficiente. El espacio entre ellos, tan pequeño, se había convertido en un abismo de deseo que amenazaba con tragarlos a ambos. ​Gabriel la miró. Y esta vez, la mirada no fue de profesor. Fue de un hombre que había esperado veinte años para sentir este tipo de desesperación. ​Esto va a ser difícil. ​La primera pieza de la moralidad de Gabriel acababa de caer. Él sabía que no debía, pero la inocencia de Lucía ya había firmado su sentencia de muerte.
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