POV RIO Veo a Lena salir de la sala. No corre. No se detiene. No mira atrás. Camina con esa dignidad brutal que tiene cuando algo le duele de verdad, cuando ya no pelea, cuando decide cerrarse por completo. Y yo me quedo ahí, inmóvil, observando cómo la puerta se cierra detrás de ella como si acabara de sellar algo que ya no sé si voy a poder volver a abrir. Tardo un segundo —quizá dos— en darme cuenta de que mis manos están rígidas dentro de los bolsillos del pantalón. Demasiado rígidas. Las aflojo despacio. Los dedos me hormiguean, entumecidos, como si hubiera estado apretando algo durante demasiado tiempo. Pero el dolor real no está ahí. Nunca estuvo ahí. Está en el pecho. Es un golpe seco, profundo, que no se parece a nada que haya sentido antes. No es rabia. No es frustració

