Capítulo Treinta Y Dos Me resisto al impulso de llorar durante todo el viaje de vuelta en taxi a casa. Cuando Olive me recibe, lo único que puedo hacer es calmar su preocupación y llegar hasta mi dormitorio. Allí, dejo por fin que mis emociones me dominen y estallo en llanto y me retuerzo en la autocompasión durante no sé cuánto rato. En algún momento, una criatura peluda se acurruca a mi lado. Lo abrazo contra mi pecho, sintiéndome una pizquita mejor cuando él se pone a ronronear. A Machete no le gusta que nadie aparte de él le cause disgustos a esta humana insignificante. Solo tienes que señalarle a Machete la dirección correcta en la que lanzar sus garras y apartarte antes de que la visión de la subsiguiente masacre te deje secuelas de por vida. Empiezo a hipar. Por deplorable que s

