Dieciséis palabras.
Con eso empieza mi historia.
Era de madrugada cuando a finales del verano de mi último año escolar, mi cerebro decidió no dejarme dormir. Por más que cambiara de posición, no terminaba de relajarme. Estaba tensa y muy probablemente se debiera a todos los acontecimientos que habían ocurrido el día de ayer, pero ese no era el caso. Era algo más y estaba casi segura que mi cuerpo lo sentía pues en sus ansias no me dejaba dormir. Suspiro frustrada, acomodándome sobre el lado derecho de la cama, estirando las piernas hasta que mis dedos rozan con el borde de madera pulida al final de la misma.
Cada vez que busques en internet las mejores maneras de conciliar el sueño, o lo que seas que hagas, encontraras que contar ovejas o beber un vaso de leche caliente te servirá. Pero realmente, eso no sirve de mucho, a decir verdad, no sirve de nada. Porque más que sueño solo me dan más ganas de pensar. Cierro los ojos e intento con todas mis fuerzas enfocarme en las ovejas que cuento, pero tal parece que hoy no es mi día.
Cuando la pantalla de mi teléfono se ilumina con una notificación de f*******:, es cuando finalmente me decido por ver la hora. 4:50 am. Es el tiempo que este marca. Muy tarde para dormir y muy temprano para mantenerme despierta. Dejo de luchar contra el desvelo al darme cuenta de algo muy importante respecto a la notificación: Es el mismo anuncio publicitario que me han enviado desde semanas atrás.
Este anuncio era presentado por un panfleto fortuito alusivo a la retención cerebral. Este lo explicaban por medio de varias imágenes de gatos: Con la lengua afuera, saltando o jugando. ¿Por qué siquiera le prestaba atención? Fácil, no tenía nada mejor que hacer.
El anuncio, claro, no era interesante en lo más mínimo. Muy parecido a esas molestas cadenas de w******p que siempre ignoras, pero igual te siguen enviando. Sin embargo, por alguna extraña razón mi cansado cerebro insistía en seguir observando aquellas imágenes sin sentido, en vez de enfocase en dormir. Así que siguiendo mi instinto solo me quede ahí, acostada, cansada y con el tenue brillo del teléfono iluminando una pequeña parte de la habitación.
Todos tenemos la capacidad de retener pequeños detalles que consideramos importantes, o eso decía la publicación. Detalles como el sabor de la pizza o el olor de un perfume suave, pero también podemos desechar aquellos detalles irrelevantes que pasamos por alto como la frase de una imagen o lo estudiado en clases de matemáticas.
Eso mismo me ocurrió a mí.
No fue algo épico, ni se me revelo el sentido de la vida, mucho menos el origen del universo. Fue algo más sutil y realista que podría decir, cambio mi percepción. No era la primera vez que veía esa imagen, pero si fue la primera vez que note ese pequeño cambio que le dio sentido a la misma. O mejor dicho esa corta oración.
Volviendo a las dieciséis palabras de un principio, fue con esta frase que todo inicio:
¿Además de la vida es corta que otra frase dices antes de tomar una mala decisión?
No fue una frase célebre, ni aquella que te daba las pautas para ganar un millón de dólares. Pero si fue lo suficientemente interesante para mantenerme despierta pensando en su respuesta por unos segundos, que se convirtieron en minutos y posteriormente cuando quise acordar sucumbía ante los brazos de Morfeo.
…
Así que como toda persona normal estaba teniendo un sueño grandioso cuando un grito estallo, y casi me hizo saltar de la cama. Abro los ojos de golpe y veo que el grito proviene desde el umbral de la puerta, justo donde papá estaba apoyado y me miraba desde su prominente altura, con los brazos cruzados y cara de enojo. El nunca entraba en mi habitación.
El: ¡Por el amor de Dios, Samantha llegaras tarde a clase otra vez!
Es jueves y durante todos estos días he estado llegando tarde al High School un llamado más de atención y tengan por seguro que tendré una cita registrada con el director Parker. En mi defensa solo puedo decir que trabajar en el supermercado durante todo el verano es una cosa, pero estudiar y trabajar al mismo tiempo es algo completamente diferente. De hecho, el miércoles que conocí a Thiago y Cloe, fue uno de los últimos días que trabajaría medio turno por este verano. Pero, aun así, no me quería levantar.
Yo: No pienso ir a la preparatoria.
El: Debes ir si quieres ser alguien en esta vida.
Yo: Ya soy alguien en esta vida, además tengo sueño y más tarde debo ir a trabajar.
El: Iras a la preparatoria y punto no quiero escuchar quejas.
Yo: Ahs, papa, ¡Por dios, déjame descansar!
El: Sin quejas dije señorita alístate que solo tienes treinta minutos.
Eso me hizo hacer silencio, pese a que no entendía la exuberante necesidad de los padres por creer que tener una profesión, o ir a la prepa te hace alguien en esta vida, terminé aceptando ir, por la misma razón que anoche no pude dormir: Estaba ansiosa. Y mientras veía la luz del sol que se filtraba por la ventana entendí que básicamente me podrían un castigo la primera semana de clases si tenía otra falta.
Mierda.
Me levanto de golpe haciendo que me maree un poco por el esfuerzo, tardo unos segundos en lograr componerme antes de voltear hacia la puerta y observar que papá ya se había ido.
—Bien—Doy vueltas por toda la habitación intentando enfocarme en todo lo que debo hacer, solo tengo media hora para bañarme, vestirme, maquillarme, escuchar la charla sobre responsabilidad y no pasar mis noches chateando—según papá—buscar la mochila azul que deje ayer por la tarde en alguna parte de la sala e intentar llegar viva y a tiempo al “High School” ¿Fácil, no?
Sorpresivamente si me da tiempo para lograr hacer todas esas cosas con menos percances de los que había supuesto en primer lugar, todo es tan raro que ni siquiera me molesto en analizarlo. En primer lugar, papá me viene a despertar luego, ocurre este suceso tan extraño de las cosas saliéndome tal cual las planeo eso sin contar el anuncio de esta madrugada.
Oh, rayos, había olvidado por completo ese anuncio.
Busco el teléfono por debajo de todo el desastre de ropa que decora mi cama, pero no lo consigo por ninguna parte, levanto las almohadas y sacudo el edredón, pero nada, no aparece el estúpido aparato. Gruño, tardando más segundos de los necesarios en darme cuenta que se encontraba bajo el viejo y fiel amigo de felpa que me ha acompañado desde la infancia “Oso” mi pez de peluche.
Sonrió al tener el teléfono en mis manos, pero tal sonrisa se esfuma tan rápido como llegó al observar la primera mala noticia del día: Carga en 3%, olvide por completo conectar el cargador. Antes de que termine en cero lo apago, no sin antes fijarme en que todavía faltaban 7 minutos para comenzar las clases.
Aun puede ser que llegue a tiempo, claro, si no ocurre otro imprevisto.
Alerta de Spoiler: Obviamente ocurrió.
—¡Lo que me faltaba! —gimoteo para mis adentros.
Recuerdo que al salir de casa esperaba encontrarme con el corola blanco de los años mil quinientos que te importan, con registro en: Me apago cada dos segundos. Literalmente el auto de papá era una chatarra andante que pasaba más tiempo en un taller que yo en mi teléfono. Aunque en este momento pensándolo bien, el hecho de ser relativamente nuevos en este país y aun así contar con un vehículo casi propio era mucho decir, debido a lo difícil que era conseguir un trabajo bien remunerado siendo inmigrantes.
Pero bueno, considerando que en ese momento no era más que una recién llegada adolescente con su escasa vida social a más de 500km de distancia, lo único que esperaba era encontrarme a papá estacionado en frente listo para darme un aventón a lo que considero mi cárcel personal, en serio no había nada más deprimente que levantarte todos los días en la mañana para estudiar. Mi sorpresa fue, que no se encontraba mi padre, ni su chatarra andante. Solo había una bicicleta rosa con pompones en el volante y las rueditas traseras que utilizan los niños cuando están aprendiendo a manejar.
Era la bicicleta de Rose mi vecinita de 12 años.
Lo dudo un poco pero igual me termino acercando a la bicicleta rosa chillón, no me considero la persona más alta, pero a su lado definitivamente lo soy. Toco las finas hileras de colores que arman sus pompones mientras pienso en lo fácil que sería manejarla, pero rápidamente descarto esa idea al imaginar lo que diría ella; seguramente soltaría una risita tonta y el siempre presente: ¿Estás loca, pequeña?, Que me diría antes de alborotarme el cabello e insinuar que el día estaba perfecto para caminar.
Decido que ha llegado la hora de ponerme en marcha y acomodo las correas de la mochila sobre mis hombros dispuesta a internarme en el camino que creo me lleva al High School, una manera bastante ridícula de llamarlo preparatoria. Pero bueno, yo no soy nadie para criticar el sistema, aunque solo puedo decir que es tan ridículo como yo en mis intentos de llegar a tiempo a la prepa.
Me alejo de casa por el sendero de cemento, que debido a las lloviznas de anoche se encuentra algo húmedo y resbaloso bajo las suelas de mis bailarinas, así que voy más despacio de lo normal por el miedo a caerme y sin preocuparme mucho porque ya oficialmente me espera una cita con el director. Las casas, altas y bien cuidadas se encuentran con las puertas cerradas a ambos lados, por donde quiera que mire no hay nadie en la calle a esta hora de la mañana y los pocos vecinos que podían darme un aventón a la prepa ya deben estar en sus trabajos, como mi padre.
¿Por qué tenía que desvelarme hasta la madrugada…?
No llevo ni tres minutos caminando cuando siento nuevamente esta extraña impresión de sentirme ansiosa, volteo a los lados, pero no hay nadie afuera de sus casas. Humedezco mis labios nerviosa y acelero el paso con el cuidado de no pisar en falso sobre alguno de los charcos húmedos, el sonido del traqueteo que hacen los libros al chocar contra los lapiceros dentro de mi bolso es lo único que se escucha a mi alrededor.
Todo esta tan callado…
Tan tranquilo…
Y solo…Que aún no me acostumbro a este lugar.
Vivo con mi padre en “Camas” un pueblo pequeño situado a las afueras de Portland. Desde hace menos de un año, cuando un once de agosto decidimos invertir todos nuestros ahorros en un boleto de avión, taxis y alojamiento para emprender lo que muchos conocen como el sueño americano y resulta, que al principio estar aquí no era fácil de hecho, creo que incluso pasamos más trabajo los primeros meses de habernos mudado que los últimos años en nuestro país de origen, Venezuela. Por supuesto, aun es difícil pero no como antes, solo cada vez que pienso en ella. Sacudo la cabeza para no caer en la masa de recuerdos que me conllevan a ella.
Además de mi padre también vivo con mi gato pelusa, siete peluches y cuerdas…Mi violín ¿Por qué lo llamas cuerdas? Bueno, su nombre no tiene un significado especial simplemente es la falta de creatividad de una niña de siete años, aunque básicamente de donde yo vengo la palabra violín no es considerado como algo muy positivo que digamos.
El sonido del ronroneo de un motor me pone alerta. Mi piel se eriza, miro a los lados, pero no veo a nadie, todo está igual: Callado, tranquilo y…solo. Tres palabras que fácilmente podrían representar el lugar donde vivo. Sin apenas pensarlo camino lo más rápido que me permiten las piernas chapoteando sin cuidado sobre los charcos que se forman en el piso, cuando por el rabillo del ojo veo un auto acercándose: Compacto, n***o y con los vidrios polarizados.
En menos de lo que dura un pestañeo lo tengo a mi lado, reduciendo la velocidad hasta ir en compas con mis movimientos, la ansiedad sube, se hace asfixiante y se atora en mi garganta. Mis pulsaciones se disparan, se sienten por todo mi cuerpo y quiero creer que es por el miedo. Pum pum pum. Están por todos lados. Embriagando mi pecho y haciendo temblar mis manos como las de un drogadicto con abstinencia a la cocaína.
La esquina que da cruce al parque del pueblo nunca se me había hecho tan eterna.
Falta poco, me aliento.
Las risas, claras y el ajetreo mañanero de las personas que se levantan temprano para ejercitarse en el parque se distinguían desde mi posición y nunca había dado tantas gracias por ello. Estoy a solo unos pasos de entrar cuando…
—¡Hey!, desnalgada.
Una voz suave me llamó y ofendida me voltee hacia la causante. Esa fue la primera vez que la vi, frente a la ventanilla del conductor había una chica mirándome bajo sus grandes lentes de pasta gruesa. La autoestima se me fue en picada pues la condenada era despampanante. Su melena rubia caía sobre sus hombros y al levantarse los lentes por sobre la cabeza unos ojos grises rasgados me devolvían la mirada con indiferencia. Fruncí el ceño.
—¿Disculpa?
—¿Vas a Portsbridge? — Así se llamaba la preparatoria.
—Sí, pero…—No me dejo terminar.
—Súbete.
Si existiera una manera de describir a Cloe con solo una palabra sin duda alguna seria directa. No se anda con rodeos, ni trepando por las ramas. Todo en ella era seguro, fuerte y decidido o esa fue la percepción que me dio esa simple palabra y el gesto de impaciencia en su mirada, claro, que más adelante entendí que no es siempre seguro dejarnos llevar por las apariencias.
—No es necesario—dije. Aunque a decir verdad no tenía ganas de caminar.
—Yo también voy para allá.
—Está bien— aun parada frente a ambas puertas me debato mentalmente si debo sentarme en el asiento de copiloto o en la parte trasera del auto deportivo. La chica que aparentemente comparte mi edad me mira con una de sus perfectamente depiladas cejas, alzada.
—Pero apúrate que es para hoy.
Al final me decido por sentarme en el asiento de copiloto.
De reojo detallo con atención la manera en la que arrugas casi imperceptibles se crean en su ceño al observar la carretera y la seguridad que tiene al aferrarse al volante. Envidio esa seguridad. Según el reloj que decora su muñeca solo son las 8:07 am, por lo menos no todo son malas noticias. Al sentir mi escrutinio me observa brevemente antes de volver su atención a la carretera y de manera incomoda intento iniciar una conversación.
No sé qué es más estúpido, si la creencia de que el acompañante siempre tiene que banalizar o el hecho que al hacerlo siempre termines como estúpido.
—Y… ¿Estudias en Portsbridge?
—No, en realidad solo me gusta encontrar desconocidas y darles un aventón hasta allá.
Ven porque digo que uno siempre termina como estúpido.
Otro silencio incomodo se extiende hasta que se me ocurre la idea más cliché que existe cuando no se sabe que decir.
—El clima ha estado muy húmedo estos días, ¿verdad?
—Siempre es así a inicios de invierno—esboza un indicio de sonrisa— Pero si, está bastante húmedo, a decir verdad.
Luego de eso solo se crea un silencio mucho más incómodo que el primero.
Transcurren cinco minutos exactamente cuando llegamos a Portsbridge un poco tarde pero no lo suficiente como ir a la oficina del director y terminar limpiando la m****a pegada en los inodoros del pasillo seis.
La chica de la cual aún desconozco el nombre se estacionó en la entrada, detrás del anuncio que decía: “NO ESTACIONE SOLO PERSONAL DIRECTIVO” a las 8:13 am. Pretendía jugar con las correas de mi mochila antes de encararla y enseñar la educación que ella me enseño.
—Gracias por todo—pronuncio antes de cerrar la puerta.
—De nada, desnalgada.
La fulmino con la mirada llevándome un mechón de cabello tras la oreja.
—Mi nombre es Samantha, no desnalgada—dije. Mientras la chica se encontraba ensimismada en la acción de aplicarse una capa extra de gloss frente al espejo retrovisor. Al no contestarme nada me encogí de hombros dando la vuelta sobre mis talones, dispuesta a irme.
—Cloe— dijo mientras me alejaba.
—¿Qué? —detengo el paso para observarla sobre mi hombro.
—Me llamo Cloe—hace una seña hacia el interior de la prepa—talvez nos veamos por ahí, me caen bien las chicas como tú—Es lo último que dice antes de guiñarme un ojo y seguir con la tarea de aplicarse el gloss.
…
Miren, déjenme decirles algo: Me arrepiento de a ver llegado a tiempo.
¿Quién tuvo la excelente idea de iniciar el día con la materia más difícil del mundo?
Obviamente hablo de matemáticas y es que en el mejor de los casos todo iba bien cuando solo eran números, era algo así como: ¡Oh, que bueno es solo 2+2! y en el peor de los casos cuando comienzan con x, y, , me desactivo, me pierdo y no creo ser la única porque solo han transcurrido unos 20 minutos de clase y más de la mitad de mis compañeros esta cabeceando contra el pupitre.
Recuesto la cabeza sobre mis brazos cruzados arriba de la mesa e intento con todas mis fuerzas enfocarme en los ejercidos de practica que resuelven sobre el pizarrón, pero tras cada parpadeo mi visión se vuelve borrosa y el hecho de solo a ver dormido una o dos horas en toda la noche me está pesando como nunca antes nada lo había hecho. Bostezo levemente, pensando en la respuesta de aquella pregunta que me hizo mantenerme en vela toda la noche.
…
Me despierta la magnitud de un largo silencio.
Frunzo el ceño intentando recordar el lugar en donde estoy y cuando abro los ojos me encuentro con que todos me miran. Con torpeza levanto la cabeza de golpe sintiendo el latigazo de dolor que se extiende en mi cuello debido a la mala posición en la que dormí.
¡Oh, Dios! ¡Me quede dormida! Qué manera de comenzar el día. Creí que el momento más incómodo seria el del carro ¡Ja! Este es mil veces peor, es una m****a, es horrible.
Adiós reputación, adiós vida social.
¿De qué te despides si ni te conocen?
—Are you ok Samantha? —Pregunta la profesora Derry arrugando su prominente nariz puntiaguda y exagerando el movimiento de sus labios mientras acentúa cada palabra.
—Sorry miss—dije con mi marcado acento latino, que incluso en mi país era un poco raro, me enderezo sobre mi puesto enfocándome en los pocos minutos que quedan de la clase.
No soy inteligente, nunca lo he sido. Y entender matemáticas es difícil, pero entender una clase explicada por la profesora más monótona y aburrida con un improbable tono de voz que parecen más gruñidos que palabras, es casi…imposible.
Las siguientes horas pasan volando y en este momento me encuentro en clase de literatura a solo unos minutos de salir al trabajo.
Al sonar la campana soy la primera en salir dejando el desenlace de la historia para después, recorro pasillo por pasillo hasta llegar a la salida. En donde la frescura del próximo cambio de estación se hace palpable por todo el ambiente. A lo lejos, vislumbro una larga cabellera rubia que no se puede pasar por alto antes de voltearme y en dirección opuesta recorrer el sendero que me lleva al supermercado.
Camino rápido, sin preocuparme, porque los charcos de agua ya se han secado casi en su totalidad. Y mientras camino aprecio el semblante diferente que tiene el pueblo a esta hora del día. La calle principal esa que cruza el pueblo casi que, de punta en punta, se encuentra con casas alineadas a ambos lados de esta, arboles altos y jardines bien cuidados. Los niños, que acaban de salir de clases se encuentran riendo y jugando juegos que en mi infancia yo también jugué; pues la originalidad no forma parte de su esencia; juegos como saltar la cuerda o el avioncito fueron indispensables en mi crecimiento.
No quise cortar camino por el parque debido a que a esta hora se encuentra repleto y básicamente es como una actividad de ultimo día para adolescentes apuradas como yo. Por ello, prefiero caminar y pensar, porque radicalmente caminar me hace pensar. Lo que trae como consecuencia recordar y sí, mi cerebro no sirve siendo cerebro para evadir esa clase de pensamientos.
En mis tardes, bueno ahora solo dos tardes a la semana trabajo en el supermercado del centro comercial. No es muy grande de hecho; creo que no es ni la cuarta parte del supermercado central del pueblo, sin embargo, es un trabajo bastante movido y fuerte pero cualquier cosa es mejor que estar en casa, porque papá trabaja hasta la noche y…Mamá, ella no está.
Es una larga historia y les prometo que se las contare, pero. Por ahora, solo es necesario que sepan que sigue viva, en algún lugar, divorciada, pero viva. También es necesario que sepan que la extraño mucho, aunque nunca hemos perdido la comunicación no es igual esperar su correo una vez por mes, que llegar a la casa y compartir vivencias. Ella me enseñó a maquillarme, a cocinar y escuchar música juntas. Pero ella cambio y ahora solo somos papá y yo. Los recuerdos agridulces quedan a un lado cuando la entrada del personal del establecimiento aparece en mi vista.
El supermercado queda en la parte trasera del centro comercial y los días en el eran como navegar en una constante y paralizante espiral de rutinas monocromáticas que consistían en: Llegar, cambiarme, ponerme esa ridícula gorra color verde vomito con el logotipo del establecimiento para luego, por supuesto, sentarme en caja viendo las horas pasar con el mismo flujo de personas que entran y salen, compran y gastan. Todo era monotonía pura una aburrida y tediosa monotonía pura.
Eran las 4:30 de la tarde a solo pocos minutos de terminar mi turno cuando esta ansiedad que experimentaba desde la madrugada se estaba convirtiendo en mi acompañante regular del día. La fila en caja estaba bastante larga, incluso más que las de mis compañeras. Pero eso no me importaba pues el flujo con el que despachaba a los clientes era constante y si seguía así terminaría rápido.
La campana del supermercado que sonaba cada vez que llegaba alguien, me confirmó que más personas habían ingresado y solo pude pedir para mis adentros que al buscar sus víveres se formaran con alguna otra de las chicas, puesto a que yo ya tenía suficientes clientes como para terminar mi turno. Sudor frio escurre de mi frente, así que rápidamente antes de levantar la vista del ordenador me limpio como puedo con una toallita de papel.
—¡Siguiente!
Aviso, pero por alguna razón mi vista pasa del señor mayor que estaba de primero en la fila al chico desgarbado y alto que me miraba fijamente. Sus ojos, fueron lo primero que vi de él. Eran impresionantes con una mezcla de verde y amarillo miel. En sus manos no había ninguna cesta, ni compras así que deduzco es el quien acaba de llegar.
—Señorita, ¿va a chequear mi compra?
—Disculpe señor, ya lo hago—Aparto la vista avergonzada comenzando a pasar por la cinta las compras del señor.
Luego de chequear una crema para afeitar levanto la vista encontrando que el chico me seguía mirando y, de hecho, ahora se encontraba en la fila de mi caja pese a que era la mas larga. No parecía de mi edad, tal vez era uno o dos años mayor. Sea cual fuera el caso estaba casi segura que nunca lo había visto. Al ver que estaba distraída en su mirada me sonrió y colorada volví a lo mío.
Por dios Samantha, compórtate no es el primer chico que te mira.
—Son nueve con noventa y nueve señor— digo el precio total de su compra.
—No puedo creer lo careros que son…Esta bien, toma. Estos niños de ahora con sus precios por las nubes— me dice antes de cancelar e irse refunfuñando del lugar.
—Siguiente— repetí.
En el corto tiempo que la señora se situaba a mi lado aproveché para acomodar mi cola y hacer lo posible por mejorar mis desastrosas carencias, como limpiar el sudor que nuevamente perlaba mi rostro, colocar en su lugar la nefasta gorra que se había torcido y estirar como pude la camisa ancha del uniforme que por supuesto, también era de color verde vómito, y se aplastaba en lugares no adecuados. Además, tenía los ojos hinchados y las ojeras, tu sabes, bastante acentuadas, un efecto secundario de la trasnochada de esta madrugada. Claramente estaba fatal, lucia como una persona que acaba de despertarse de su peor pesadilla. Sin embargo, con todo y esto el seguía con sus impresionantes ojos fijos en mí y lo sabía porque podía sentir la pesadez de su mirada.
Al parecer estaba tardando más de la cuenta y el sentirme observada solo hacia entorpecer mis ya poco agraciadas habilidades, estaba distraída y eso se noto al momento de facturar la cuenta.
—Son setenta y tres dólares señora— La mujer frunce el ceño antes de mirar sus comprar.
—¿Cómo va a ser posible si solo llevo unas frutas?
En ese momento yo también observe la compra. Era verdad solo habían pinches frutas, cerré los ojos levemente. m****a. Facture mal.
—Lo siento señora permítame ver que ocurrió— Facturo nuevamente y la cuenta en total son tres dólares con cincuenta. Al igual que el señor refunfuña un poco debido al pésimo servicio que estoy ofreciendo el día de hoy.
Definitivamente necesitaba enfocarme.
—Siguien…—Al levantar la vista esperaba encontrarme con la larga fila de hace minutos atrás, pero todos se han ido, bueno no todos.
El chico que me miraba fijamente, todavía lo estaba haciendo y era el único en la fila pues los demás clientes se habían ido con mis compañeras. Genial.
En sus manos solo había tres productos: Un refresco, una bolsa de pan y un par de chicles. Nada relativamente indispensable, nada relativamente necesario. Solo compras que fácilmente podrías hacer cerca de tu casa, sin la necesidad de tener la molestia de dirigirte al supermercado de un centro comercial.
Solo una cosa puedo decir: Si un chico te mira tan fijamente como él lo hace conmigo probablemente ocurrirían dos escenarios: En primer lugar y el mejor de los casos sería algo muy incómodo y extraño, algo así como: ¿Qué tanto me miras? En segundo lugar y el peor de los casos sería considerado como algo enfermizo o acoso. Pero este, definitivamente seria el tercer lugar, el lugar del chico sexy prestándote atención y eso definitivamente es algo bueno, muy bueno si me lo preguntas.
Pone sus cosas sobre el mostrador, sin embargo, al momento en que iba a tomarlas para registrarlas en la cinta, no me lo permite porque de manera rápida las aleja un poco de mi alcance, miro a los lados a la espera de que nadie hubiera visto eso. Gracias al cielo nadie lo vio. Me vuelvo hacia el quedando atrapada por su intensa mirada mielverdosa.
—¿Qué rayos haces? —le susurro al ver que vuelvo a estirar las manos para agarrar las cosas y el las vuelve alejar, sonriendo.
—¿No piensas preguntar mi nombre? — Su voz es gruesa, ronca, baja y melodiosa. Lo miro con indiferencia, aunque por dentro solo quiero saberlo.
—¿Debería hacerlo? — pregunte.
—Deberías —dijo.
Intente volver agarrar las cosas, pero nuevamente las alejo, lo mire frustrada sin entender a donde quería llegar.
—Cuando sepas mi nombre te dejare chequear las cosas—dijo sonriendo sin dejar de mirarme fijamente.
—Deja de mirarme así—Pronuncie lentamente luchando contra el sonrojo.
—¿Así como?
—De manera rara—el chico medio sonrió.
—No te miro de manera rara solo te miro como lo que eres.
—¿Y cómo soy? — indague.
—Eres preciosa y créeme, pocas veces puedo disfrutar de observar a las personas preciosas.
Un silencio incomodo se formó antes de que el volviera hablar.
—¿Vas a preguntar mi nombre o solo banalizaremos sobre tu precioso físico? —Casi reí, pero me contuve al recordar que estaba en el trabajo.
—¿Cuál es tu nombre? —Pregunte y finalmente el me dejo chequear sus cosas, de reojo observaba como me miraba en silencio, sonriendo. Note que no estaba nervioso, lo que me puso nerviosa. Mis manos temblaban tanto que al momento de sostener el refresco si lo hubiese abierto en ese instante probablemente tendría que recoger un gran desastre.
Al final cuando había terminado de empacar todo en una bolsa y el ya había cancelado me dijo:
—Mi nombre es Thiago, nos vemos Samantha.
¡Samantha!
¿Cómo rayos sabia mi nombre? ¿Acaso es adivino? Después de varios minutos en donde él se dirigía a la puerta, recordé que tengo un gafete con mi nombre grabado, que tonta soy. Suspiro rescontrándome sobre mi asiento.
Que día más raro tuve hoy.