2. Discusión abierta.

1053 Palabras
Llegamos a la casa del padre de Damián faltando pocas horas para anochecer. Una vivienda de una planta, rodeada de árboles frondosos y ventanales grandes. Ambos, nos adentramos en el garaje de la casa, él detiene el auto y nos vamos. Nos acercamos a la puerta que conecta con la casa, Damián saca sus llaves y al abrir logramos entrar. De inmediato las luces se encienden, debido al sensor de movimiento, dando paso a una vista muy hermosa. Cuadros elegantes, pisos finos y limpios. Muebles en perfecto estado y claro, los ventanales que, desde adentro, se ven más hermosos. —¿Qué te parece? —me sorprendo en cuanto escucho su voz pues estaba perdida en los detalles. —Pues, es hermosa, muy hermosa… —Pero… —él me interrumpe. —Pero nada, solo que está un poco a la vista. Eso es todo —Damián niega con la cabeza. —¿Lo dices por los ventanales? Están polarizados. Nadie te verá aquí, además nos quedaremos hasta que se haga de noche, tomaremos nuestras cosas y nos iremos. El servicio llega mañana en la mañana, no queremos que te vean. Me acerco a él lentamente, ante su atenta mirada, cuando estoy tan cerca que puedo sentir su respiración, llevo mis manos hasta la parte trasera de su cabeza y lo atraigo hacia mí colocando mis pies ligeramente en punta debido a su altura. Ambos nos besamos al instante, enredando nuestras lenguas, o bueno, él enredando la suya con la mía. Nos quedamos en el mismo ejercicio por un par de segundos más hasta que nos separamos. —¿Quieres que te cocine algo? —pregunta luego del beso—, ¿o quieres fruta o una soda? —En realidad… quiero un minuto a solas si no te molesta. —Claro que no, dejaré mis cosas en la habitación, pueda dejar las… —Quiero quedarme con ellas —lo interrumpo—, solo un minuto. —Okey, claro. Avísame si quieres algo. Damián me da un beso en la frente y se va con su bolso. Yo decido sentarme en uno de los sillones y me quedo inspeccionando el lugar por varios minutos. Ésta es mi vida ahora, yo lo decidí, yo decidí huir de mi casa, donde tenía un techo, una familia, comida y buena vida, por ahora. No digo que no tendré eso con Damián, pero en caso de que salga mal, en caso de que todo se vaya al carajo, debo estar consiente que nadie me obligó, que yo lo decidí. Mi corazón y yo. A partir de ahora, todo cambiará, todo será nuevo para mí, todo se convertirá en un enigma. Se acabaron las charlas hasta tarde con Jennifer, se acabaron los abrazos de papá, los de mamá. Se acabo mi antigua vida. Quisiera haberme despedido, haberles dicho por qué lo hice, por qué decidí irme, pero sé que lo hacía no podría, no solo porque ellos no me lo permitirían, sino, porque vería el rostro de mi hermana y me echaría para atrás, no porque no fuera una decisión sólida, porque lo es, es solo que a ella no, a ella no puedo dejarla mientras nuestras miradas se crucen, no puedo. A ella no, no a mi otra mitad, no a la chica con la que compartí útero, no a mi alocada, estupenda y fantástica hermana. Escucho la ducha en la habitación, así que decido abrir mi maleta y sacar la fotografía de ambas en nuestro cumpleaños. Cumplíamos siete años. Sí, tal vez debí traer una foto más reciente, pero me gusta ésa. Ese día teníamos puesto unos vestidos gigantes, como de princesas, recuerdo que Jennifer no quería usarlo mucho, pero nunca se lo dijo a mamá, ni a mí, yo, sin embargo, lo noté. Nuestros no repararon en lujos y instalaron un castillo inflable en el jardín que tanto amábamos, invitaron a niños que no conocíamos y compraron de toda clase de dulces y comida. Fue una fiesta gigante, pero lo que más me gustó de aquel día fue mi hermana, fue lo que compartí con ella. Es el recuerdo más hermoso que tengo de nosotras, por eso traje esta foto. Porque éramos niñas, inocentes, felices, éramos solo ella y yo. Siempre seremos solo ella y yo, aunque ya no juntas, no juntas en el mismo sitio. Me seco el par de lagrimas que se escapan, escondo de nuevo la foto y luego de cerrar bien el bolso, me acerco hasta la habitación de donde proviene el sonido de la ducha. En cuanto entro lo primero que veo es la ropa de Damián perfectamente doblada sobre la cama, la ropa que llevaba, así que me quito mis zapatos para estar igual de cómoda que él, sin embargo, la ducha se apaga y segundos después él sale goteando, con la toalla alrededor de su cadera. Mi vista instintivamente se va hacia su cuerpo. Ya lo había visto sin camisa antes, pero particularmente hoy, se ve mejor y no es que haya cambiado mágicamente de un día para otro, es que el ambiente fue el que cambio. Ambos sabemos que ya no nos estamos ocultando, ambos sabemos que ya no tengo que volver a casa corriendo o que alguien no verá. Por eso se ve diferente hoy. Damián nota mi intensa mirada y sonríe de medio lado. Carajo, esa maldita sonrisa de medio lado. Toma ropa limpia e intenta irse, supongo que, a cambiarse, pero sin pensarlo lo detengo tomando su brazo con mi mano. Él se sorprende un poco, pero se acerca más. Lo tomo por su cabello mojado y lo acerco hasta mi boca. Él entiende mi mensaje, sabe lo que quiero y sabe que no hay por qué parar. Lo deseo, lo deseo aquí, justo ahora, en este momento. Me alejo un poco solo para deshacerme de la sudadera y de los jeans, quedando solo en mi ropa interior que no combina, ni es de lencería, pero sé que a él no le importa. —No hay prisa, Jessica, no tengo prisa contigo —dice con voz dura. Áspera. —Yo sí tengo prisa, Damián. Quiero hacerlo, quiero hacerlo ya. Él alza mi barbilla con sus manos y pasa su dedo índice por mis labios hasta que, al fin, rompe el espacio y vuelve a besarme.
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