Capítulo 5

1710 Palabras
—¡¿Por quién me está tomando, infeliz?! —espetó enfurecida y se levantó de su asiento. A él no le movió un solo pelo. Sin embargo, había algo que le llamó la atención en su cuerpo y que ella no se percató—. ¡Que falta de respeto, por Dios! Cerdo asqueroso. —Su prepotencia lograba excitarlo más; su m*****o ya le dolía. Seguro terminaría por masturbarse solo, aunque, a decir verdad, deseaba eyacular en su boca. La manera en que la intimidada y cómo le propuso lo del acuerdo provocó en su cuerpo una reacciona inmediata. Tal era el caso que no se dio cuenta de que se le endurecieron los pezones y de que, al tener puesta una blusa de satén, los mismos se dejaban admirar, y él lo notó a la perfección. —Usted me pone duro —le afirmó sin despegar sus ojos de sus pechos. Aunque ella podía salir corriendo de esa oficina, él era un imán, así que no podía. No quería salir de allí. —¡Deje de ser tan grosero conmigo! ¿Acaso no tiene algo de pudor? —exigió saber. —¿Acaso le gusta que le diga lo duro que me pone la polla? —Su boca se abrió tan grande, sorprendida, que no vio venir lo que esa acción provocaría en él—. Si sigue manteniendo esa boca abierta, me veré obligado a disponer de su cuerpo sin dejarle firmar el contrato antes, y estoy seguro de que no se negará —habló seguro de sí mismo. —¿Tan egocéntrico puede ser? ¿Qué le hace pensar que quiero que me folle? —contraatacó desafiante. Él se acercó lentamente a su cuerpo, hasta que ella chocó con uno de los muebles ficheros. Echó su cuerpo hacia atrás al sentir la cercanía de ese hombre, que casi rozaba su bulto con sus pelvis. —Que estoy cien por ciento seguro de que, si levanto su falda y meto mi mano en su v****a, podré sentirla completamente húmeda. Terminará por pedirme, por suplicarme, que le arranque las bragas y la folle duro aquí mismo. Nunca en su vida le habían dicho algo tan fuerte y caliente. Una parte de ella, esa parte sucia y candente, quería quedarse, pero esa parte dulce y fiel quería salir huyendo. Cuando escuchó eso tan caliente, sus piernas le fallaron, y cuando iba a caer, él fue tan rápido que la atrajo con su mano en la cadera, pegando sus cuerpos, permitiéndole sentir lo duro que lo tenía. —¿Me siente? —Aprovechó para seguir seduciéndola—. Así de duro me lo pone cada vez que la veo. Sin que ella se lo esperara, subió su mano libre y agarró su pecho. Sus ojos se abrieron como platos. ¿Qué le hacía ese hombre? —¿Qué hace? —cuestionó sorprendida, pero sin quitarle la mano de su pecho—. Puedo denunciarlo por abuso s****l. Él sonrió de lado, y no porque no considerara serio el abuso, claro que lo era, sino porque sabía que podía sentir en su cuerpo la necesidad de esa mujer. Aunque Abril era orgullosa, la estaba volviendo loca. —Pídamelo —le susurró en el oído. Su cuerpo se erizó y el pezón se le endureció aún más—. Pídame que no la vuelva a tocar y la dejo irse de la oficina; haremos como que esto nunca ocurrió. —Estaba muy excitada y su entrepierna, como nunca antes había estado, estaba húmeda. No quería perder la oportunidad de experimentar el placer en su máximo esplendor, pero no quería engañar a su novio—. Venga, pídamelo. —Apretó más fuerte su seno, robándole un gemido—. Así de excitada quisiera verla mientras me hundo en usted, mientras me clavo tanto en su interior que la haré perder hasta la consciencia. Su cuerpo ya no podía resistir más la excitación. Necesitaba que avanzara en su contacto, que la penetrara y que hiciera con ella lo que sus sucias fantasías deseaban. —Basta —dijo en un hilo de voz. Mantuvo sus ojos cerrados y disfrutó del contacto. —Esa no es la palabra. —Su mano dejó de tocarle el pecho para deslizarse por su vientre y llegar hasta el doblez de su pollera; se metió por debajo y se acercó a su deseo. En un acto inconsciente, ella abrió sus piernas—. ¿Lo ve? Aún no la penetro y ya se abre para mí. «Al carajo con todo», pensó desesperada. —¡Hágamelo! —¿Hacer qué? —le preguntó con una sonrisa y corrió sus bragas a un costado. Cerró los ojos cuando él tocó su húmeda intimidad—. ¿Quieres esto? —Metió dos dedos dentro de ella. Abril abrió su boca y él copió el gesto—. ¡Uh, qué mojada estás! Abril ya no tenía control de su propio cuerpo y solo quería que la tomara. —Fóllame —suplicó. Él metió y sacó sus dedos dentro de ella una y otra y otra vez, aumentando la velocidad de sus movimientos. Le era infiel a su novio con un hombre que hizo de todo para prenderla. Sin embargo, le excitaba tanto su manera de tocarla, de darle ese placer que Mauro le negó, que no era consciente del lugar donde se metía. Esa sensación exquisita de sentir sus dedos entrando y saliendo de su intimidad hacía que todo su cuerpo temblara como una hoja y se preparara para recibir el mejor orgasmo de toda su vida, pero cuando estaba a punto de llegar, él retiró sus dedos y le expuso su condición. —Entonces firma el acuerdo y experimentarás el placer en todas y cada una de tus zonas íntimas. —Ella estaba aturdida y excitada; sus piernas le temblaban todavía y sus ojos se mantenían cerrados—. ¿Y bien? —Abril volvió a la consciencia poco a poco—. ¿Aceptas? Ella se presentó a una entrevista y él abusó de su poder y su necesidad. La tocó. Le faltó el respeto. Y aun así lo que más le ofendía era el haberla dejado al borde del orgasmo. Entonces se acercó a su rostro y le dio una bofetada, dejándolo atónito. —¿Por qué? —Por faltarme el respeto. —Y se marchó de ese estudio jurídico lo más rápido que pudo. Cuando se alejó lo suficiente, sintió que todo su cuerpo entraba en convulsión. Necesitaba ingresar con urgencia a algún lugar para poder dejarse liberar. Corrió hacia un bar y pidió que la dejaran pasar al baño, y cuando pudo hacerlo, trabó bien la puerta, se llevó la mano a la boca, para morderla y ahogar sus gemidos al sentir cómo su intimidad se contraía, y se vino al mismo tiempo que su cuerpo se sacudía por completo. Acababa de tener el mejor orgasmo de su vida, y podía ser mucho mejor. Cuando Santino la vio salir de su oficina, no pudo evitar llevarse los dedos a la boca y saborear el jugo de su parte íntima; sabía exquisito. Deseaba poder disfrutarla como solo él sabría hacerlo. Regresó a su escritorio y miró su hoja de ruta, aunque solo le interesó su número de teléfono y su dirección. Haría lo que fuera para que aceptara. —Hola, Santino. —Su colega ingresó a su oficina—. ¿Y bien? ¿Tienes secretaria? Él asintió. —Que preparen el contrato de Evans, que la quiero. Pablo, su colega, la vio salir de su oficina pálida y, aunque no le prestó atención a su expresión, no evitó mirar sus pechos, que seguían con sus pezones erectos. Era hermosa. Esa mujer tenía un cuerpo divino. —Buena elección, Santino. Excelente elección. Él estaba decidido a hacerla su próxima esclava, por lo que no esperó más y se puso manos a la obra. —Buenas tardes, ¿se encuentra la señorita Evans? —Llamó al teléfono de su CVU, porque, si ella no aceptaba por sí sola el trabajo, había alguien que sí quería que lo hiciera, y como necesitaban el dinero para esa operación, podría convencerla. —No ha vuelto de una entrevista de trabajo. ¿Quién le habla? Él sabía que no había regresado aún. La casa se situaba a media hora de la oficina y no habían pasado ni diez minutos desde que se fue. —¿Podría decirle que quedó seleccionada para trabajar para mí? Mañana a primera hora necesito que se presente en el horario laboral para firmar el contrato —informó. Pudo oír gritos de emoción al otro lado de la línea. —Lo siento, es que necesitaba ese trabajo. ¿Me dijo su nombre? —Erika sabía que su mejor amiga asistió a tantas entrevistas esa mañana que quería darle la información correcta. —Dígale que la llamó Santino Rivas. Muchas gracias. —Colgó la llamada. Erika sabía de quién se trataba. No había otro hombre más en el mundo que pudiera excitarla con solo escuchar su nombre que él. El saber que su mejor amiga trabajaría para ese dios griego no podía emocionarla más. Como Abril no tenía novio, esperaría a que volviera a la casa, y como había que festejar el logro, junto a Cathy comenzó a decorar la casa. Media hora más tarde, la puerta del departamento se abrió. Abril estaba extasiada, pero se sorprendió al ver la sala decorada y un cartel que decía “Felicitaciones”. ¿A quién felicitaban? ¿Por qué? —¿Qué es eso? —Erika apareció en escena y la abrazó tan fuerte; Cathy se acercó con una bolsa de papel picado—. Esperen, esperen, no comprendo nada —confesó confundida. —Llamaron para darte el trabajo. Como había asistido a varias entrevistas, se emocionó sin imaginar quién la escogió. —¡Qué emoción! —Saltó y abrazó a cada una—. ¿Y quién llamó? Es decir, ¿dónde conseguí el trabajo? —¡Serás la secretaria del exitoso y dios griego Santino Rivas! —Su rostro debió haber sido un poema porque no comprendía absolutamente nada—. Mañana te espera para firmar el contrato de trabajo.
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