Capitulo 8

2774 Palabras
Cuando depositó el documento en la mesa, ella no evitó estirar su cuello para averiguar algo, pero él la detuvo. Si había algo que pudiera generarle más incertidumbre y ansiedad, era ver cómo las cosas se dilatan cuando solo debía entregarle la carpeta y permitirle leer. ¡¿Acaso era la única que sentía que tardaba una eternidad en decirle de una buena vez de qué iba ese acuerdo?! —¡Hombre, ya! —Se detuvo para apoyar sus codos en el escritorio y proceder a dejar descansar su mentón entre sus manos entrelazadas. —Veo que está ansiosa por saber qué pretendo de su cuerpo, pero sea paciente, porque de firmar la paciencia será su mejor compañera. —Eso es lo que no tengo —confesó frustrada y desafiante. Él volvió su atención a los papeles y dijo algo que la dejó sin aliento. —Pues deberá aprender a serlo, porque puede pasar largo rato atada sin que la toque. Sus ojos se abrieron como platos. ¿Atada? Nada más excitante como inmovilizarle alguna parte del cuerpo a la hora de darle rienda suelta a la pasión. —¿Atada? —indagó para saber un poco más. Eso ya le gustaba. —Señorita Evans, ¿ha escuchado hablar del bondage? Abril se comió la trilogía de 50 Sombra de Grey infinidad de veces, sin mencionar que en su haber literario de género erótico tenía más de medio centenar de libros leídos, por lo que más o menos podía saber de qué se trataba. Ella consideraba que la mayoría de las obras que había leído mostraban las fantasías de miles de mujeres que con el tiempo empezaron a tomar voz y a expresarse sin tabúes a la hora de decidir qué era lo que elegían, lo que deseaban al momento del sexo, y por ello en más de una vez tenía esas discusiones con Mauro. Él era más de sexo tradicional. Una vez, en posición de perrito, le pidió que le diera por el ano, pero él no acató, no porque no le gustase, sino porque consideraba que esa zona no había sido creada para ser penetrada. En fin, cosas que pasaban en una pareja. ¿Sería por eso que Santino le despertaba la curiosidad y el deseo de ir más allá en el sexo de lo que conocía? —Como sabrás, esta práctica s****l consiste en atar a la otra persona, inmovilizándola físicamente total o parcialmente. El placer se encuentra en la dominación de una persona y la entrega de otra, en la relación asimétrica de poder amo y esclavo. La persona atada se encuentra a plena disposición de quien domina en ese acto. A diferencia del sadomasoquismo, esta práctica no utiliza el dolor como fuente de placer. —Abril se quedó con la boca abierta y escuchó seducida la explicación por su parte—. Sin embargo, lo que yo te ofrezco es ir más allá. —Ella hizo un gesto de curiosidad y lo invitó a continuar el relato—. Soy un hombre que gusta experimentar los límites del dolor y el placer combinando el bondage. El saberme amo y dueño del cuerpo de una mujer me hace sentirme imponente y superior. Saber que puedo darles lo que desean, cumplir sus fantasías, llevarlas a experimentar y sobrepasar el límite del placer es algo que me mueve y me motiva. Puedo ser sádico como Cristian Grey si así lo prefiere y abierto como Eric Zimmerman. Me gusta hacer y mirar. —Esto último llamó su atención. ¿Mirar? ¿A qué se refería con eso de mirar? —¿Qué quiere decir con eso de mirar?, porque no logro comprenderlo. Como si se tratara de un caso que le comentaba, comenzó a explicarle a qué se refería. —Observar cómo otros te follan. —Cuando le habló tan directo, como si ya hubiera aceptado y firmado el acuerdo, le generó una corriente en todo su cuerpo que no pudo disimular. Él se sintió victorioso al poder observarla. No se detuvo—. Pretendo atarte y dejar que otros hombres te follen duro mientras yo solo miro cómo tu cuerpo disfruta de otras manos, de otros labios, de otras pollas entrando y saliendo de tus zonas intimas. Deseo ver cómo alcanzas el orgasmo con otros hombres una y otra y otra vez. Eso deseo. Utilizar en ti todo tipo de aparatos de electroestimulación, verte suplicándome que te folle, que te follen tan duro que te olvides hasta de la última letra de tu nombre. Todo su interior era un huracán, una revolución, y vaya que se sentía bien “Ver y disfrutar cómo otros te follan”. El solo pensarse a merced de otros hombres haciendo de su cuerpo lo que Santino deseaba, lo que él les ordenaba, era algo que en su vida jamás experimentó y que la seducía de una forma que no imaginó nunca. —Esto es muy fuerte —soltó. Sin siquiera poder ser consciente de sus propios movimientos, se desabrochó la camisa y se quitó el saco. Como si se tratara de una acción a propósito y delatadora, sus pezones se pusieron duros como una piedra, y él pudo notarlo. Santino se levantó de su escritorio. Ella solo podía seguir sus movimientos con sus ojos negros, que estaban dilatados por la excitación de haber escuchado todo lo que le dijo. Con su mano acariciaba el roble hasta llegar a su mano, que descansaba sobre él. Con las yemas de sus dedos comenzó a rozar su piel, sintiendo bajo los mismo cómo se estremecía. Su m*****o ya comenzaba a dar sus primeros movimientos y a endurecerse poco a poco. —Imagina que otras manos te acaricien el cuerpo así. —Ella cerró sus ojos y se dejó llevar por su toque—. Se te erizará la piel de la misma manera en la que se te erizó ahora. —Su respiración comenzó a agitarse y su pecho a subir y a bajar visiblemente—. ¿Sientes cómo las venas se van calentando? ¿Sientes cómo la sangre bombea, ardiendo y quemando cada centímetro de tu cuerpo? —Su toque se acercaba a su pecho. Sus pezones se marcaban más en su blusa, su bajo vientre ardía de una forma que nunca experimentó, la humedad le quemaba su zona íntima, sus labios se entreabrieron y su respiración se hizo un poco audible. Él sonrió vitorioso y se agachó hasta la altura de su cuello y hombro—. ¿Te gusta cómo te tocan? —Abril asintió con la cabeza. Sus ojos aún estaban cerrados. Su toque llegó hasta su boca y se abrió paso en ella—. Imagina que estás chupándole la polla. —Ella sacó su lengua y el acto reflejo de succión se hizo presente. Encerró su dedo con los labios y comenzó a chuparlo hacia dentro y hacia afuera. Eran movimientos repetitivos. Pegó sus labios a su oído y continuó excitándola—. Chúpala… Chúpala así. —Lamió su oreja y mordió su lóbulo. Ella abrió su boca y sacó su lengua para pasarla por todo el largo de su grueso dedo—. Eso es, nena. Eso es. Él no podía evitar sentirse extasiado por la manera en que usaba su lengua. De solo imaginarla sobre su dura polla le hacía hervir la sangre. Cerró los ojos y se dejó llevar por la forma en que atacaba su dedo; lamia, succionaba y hasta mordía. Los gemidos de él se hicieron presentes, y ella se animó a llevar su mano hasta su entrepierna, pero sin abrir los ojos. Apretó, asió con fuerza su m*****o entre sus manos, y él soltó un gruñido tan excitante que la obligó a detener todo aquello que le hacía. Sacó su dedo de su boca e hizo que se pusiera en pie. Con un movimiento ágil, soltó su cabello y vio cómo caían algunos mechones sobre sus hombros y pechos. Tenía sus labios hinchados y sus pezones bien marcados. Él se mordió el labio. Pese a no tener su firma en el documento, hizo lo que le pidió su cuerpo cuando la conoció. Mientras sus ojos la contemplaban y la atravesaban sin piedad alguna, bajó el cierre de su pantalón, liberando una grande y gruesa polla. Ella no se la miró porque estaba hipnotizada por la profundidad de sus ojos negros, pero sabía que su gran virilidad había sido expuesta. —Arrodíllate —le ordenó sin sacar sus ojos de ella. Como si se tratara de una orden que le dio su amo, ella se arrodilló. Cuando su rostro estaba a la altura de su m*****o y su mirada sobre la otra, le volvió a ordenar—: Abre la boca y fóllalo. Esas palabras fueron tan calientes que su interior se contrajo y pudo sentir cómo un líquido caliente bajaba como si se tratara de un coágulo de sangre en los días de la regla. Entonces lo hizo. Sin sacarle los ojos de encima, sacó su lengua y comenzó a lamer su glande hinchado y sabroso. Recorrió con su lengua toda la longitud de su m*****o y al mismo tiempo le daba chupetones inaudibles en todo el tronco. De vez en cuando les permitía jugar a sus dientes al morder o recorrer su pedazo de carne en su boca. Sus manos subieron por sus piernas, que estaban separadas, hasta llegar a su entrepierna. Apretó el interior de sus muslos, haciendo que cerrara los con fuerza. Mordió su labio inferior y continuó su camino hasta poder tomarlo con ambas manos. Él volvió a fijar su mirada en ella; sus labios pigmentados, al igual que sus mejillas, sus profundos ojos negros atravesando su cuerpo sin piedad y esa boca, donde encajaba su polla a la perfección. Comenzó a masturbarlo con lentitud. Entretanto, con la punta de su lengua jugueteaba con su cabeza suave y adictiva. Con sus movimientos, la misma desaparecía y aparecía en su boca o en su prepucio. —¿Te gusta? —susurró con sensualidad. Él no contestó, pero, diablos, le encantaba cómo se la chupaba. Sus movimientos comenzaron acelerarse y ella empezó a tomar más confianza en sí misma. Estiró su polla hacia arriba y con su mirada aún en sus ojos, deleitándose por su manera de manifestar la excitación, lamió de nuevo el largo de su pene para después detenerse en sus testículos. Su mirada se convirtió en fuego. Adelantándose a lo que haría, él se agachó y la tomó de los cabellos, que se ubicaban casi a la altura de la nuca. —Yo también puedo tomar el control. —Le sonrió con malicia y la sujetó tan fuerte que el dolor le provocó más ardor en sus partes íntimas. —Solo si yo te lo permito… y no te lo permito. —Ella sonrió, pero él no mostró una sola pizca de gracia. La levantó con suavidad, y cuando al fin estuvo de pie, dejó de tocarla—. Quítate las bragas. En ese momento ella sintió que iba a caerse, pero hizo lo que le ordenó. Cuando se agachó para hacerlo, rozó su rostro con su polla aún mojada por su saliva y sin que él le volviera a ordenar se la volvió a meter completo en la boca, tomándolo por sorpresa y provocándole un fuerte gemido. Sujetó su cabeza con ambas manos de inmediato y comenzó a mover su pelvis tan fuerte como pudo. Su polla era demasiado grande, y por más que sentía ahogarse cada vez que la misma tocaba su fondo, generando exceso de saliva, no había nada que la prendiera fuego como eso. Abril era adicta al sexo oral, para ella saber hacerlo era un arte, y si lo disfrutaba, era mucho mejor. Escuchó a sus amigas hablar sobre el tema y quejarse de que se sentían obligadas a hacerlo o que solo lo deseaban con su novio. Para Abril el sexo oral era algo que la sacaba de este mundo. Más de una vez solo experimentó esa práctica únicamente con algún hombre, incluso sin siquiera conocerlo. Es decir, solo había practicado sexo oral sin que hubiera penetración vaginal y mucho menos anal. Ella amaba el sexo oral y se sentía orgullosa de eso. —¡Dios! —lo escuchó decir. Sus movimientos eran salvajes y violentos. Estaban tan excitados el uno por el otro que no les interesaba ser descubiertos por un tercero. Eso lo motivaba aún más. A Santino le fascinaba la idea de follar y que lo vieran o que las follaran y ser él quien llevara toda la situación. Era un maldito pero excitante amo. Abril hurgó entre sus piernas, dándose cuenta de que sus bragas estaban empapadas y de que necesitaba estimularse. —¡No te toques! —Detuvo de golpe sus movimientos—. No te lo he ordenado. No puedes ni rozar esa zona sin mi consentimiento. Sus palabras, ese juego de amo y esclava, comenzaban a agradarle. Ella sonrió con su m*****o en la boca, sacó su mano de allí al mismo tiempo que liberó su boca y comenzó a realizar movimientos acordes al guardado de su polla dentro del bóxer y luego del pantalón. —¿Por qué? —cuestionó sin comprender. —Porque no pretendo llenarte la boca. Me hice la vasectomía porque no hay nada que me genere más placer que follar sin condón y eyacular dentro de cada una de sus partes íntimas sin correr el riesgo de tener hijos indeseados. —Abril se asombró. ¿Vasectomía? ¿No quería dejar descendencia? Pero esas preguntas, como otras más, no tendrían ahora mismo sus respuestas, hasta quizá no las tendrían nunca—. Si firmas el acuerdo, deberás de hacerte los exámenes de enfermedades de transmisión s****l. —Era uno de los estudios que repetía dos veces al año, por lo que sabía que estaba sana y limpia. Pero ¿qué decía? ¿Acaso aceptaba el acuerdo?—. Y tienes que hacerlo en cuanto antes, porque necesito continuar con lo que hemos empezado. —Ella lo miró y no supo qué decir. Disfrutó lo que le hizo experimentar, pero no sabía si iba a poder ser capaz de cumplir con sus exigencias—. Ten —le entregó el documento—, léelo muy bien. Mañana me traes una respuesta. Ella lo hojeó; se le vino a la mente la escena donde Ana y Christian releían y modificaban el contrato, pero con Santino las cosas no funcionaban de esa manera. —¿Y si hay algo que no estoy dispuesta a hacer? Así como en 50 sombras de Grey. Él la miró y le dejó en claro una cosa. —Esto no se trata de una ficción, esta es la realidad. No somos personajes de una novela que una adicta al sexo y a este tipo de fetiches redacta a diario en la penumbra de la noche a solas sentada en su cama en su computador. Esto es la realidad, Abril, y cada cláusula que expresa ese documento no puede ser infringida. Es decir, no existen modificaciones posibles. O aceptas todo y te adentras en esta experiencia excitante y placentera, obteniendo el dinero que necesitas, o no firmas y puedes decirle adiós al sueño de que las piernas de tu hermana vuelvan a funcionar. Santino era tan frío como el hielo, carente de emociones que lo vincularan con algún tipo de sentimiento, especialmente en lo que respectaba al amor. Él solo conocía ese mundo, esas únicas formas de experimentar los límites del dolor y el placer, y no le interesaba nada más que su propio éxtasis. Por eso sus cláusulas se basaban en lo que él necesitaba para alcanzar lo máximo en el orgasmo. Si no estaba a la altura, ni modo, buscaría a otra. Por más que sintiera cierta obsesión por Abril, él dominaba el deseo y no al revés. Eso ofrecía y eso debía acatar. Como amo en el sexo, en la vida, ella no tenía derecho alguno en ese plano a sugerir o modificar nada, y por eso prefería dejar las cosas claras de entrada, porque una vez que firmara ya no había vuelta atrás. —Una vez que firmes ese documento, no tendrás derechos sobre ti misma y sobre tu vida s****l, ya que pasarás a ser mi esclava y a hacer todo aquello que te ordene. Si firmas, ten en cuenta que no puedes rescindir el contrato, y si infringes una sola cláusula, queda completamente anulado. ¿Comprendes? —La escrutó. Ella sabía qué decir. —Claramente, señor Rivas. —Y sujetó el documento con su mano derecha.
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