Esta tarde, el sol brillaba con una promesa singular. Nick estaba a mi lado, guiándome hacia el lugar donde se suponía que debía estar su hermana. El lugar no cumplía con mis expectativas. En lugar de una cocina industrial ruidosa, la atmósfera estaba impregnada de una vibrante creatividad culinaria y de un respeto silencioso por el arte gastronómico. Los aromas de especias exóticas, hierbas frescas y caldos cocinándose flotaban en el aire, una fragancia muy diferente a la de una panadería. Una sonrisa sincera se dibujó en mi rostro mientras Nick me conducía a través de pasillos impecables, pasando junto a bodegas climatizadas y estaciones de preparación, hasta llegar a una cocina espaciosa y reluciente. Allí, me presentó a la Chef Alanís, una mujer de unos treinta años, con ojos chispean

