Justo en el momento en que Mary extendió sus uñas para rasguñarme la cara, escuché la puerta del ascensor abrirse y recordé que había invitado a Nick a cenar esa noche. Retrocedí, tratando de escapar de las garras de Mary, pero tropecé desafortunadamente con mis propios pies, cayendo de bruces al suelo. En ese instante, Nick apareció, su rostro, que inicialmente mostraba la fatiga de un largo día, se transformó en una máscara de ira al ver la escena: yo en el suelo y Mary sobre mí, luchando en el suelo, con expresiones distorsionadas. —¿Qué está pasando aquí? —rugió Nick, su voz resonando en toda la habitación. Corrió hacia nosotros, con movimientos rápidos y decididos. Mary, al verlo, intentó cambiar su expresión por la de una víctima, pero ya era demasiado tarde. —¡Nick! ¡Gracias a Dio

