En medio de la tumultuosa situación que estaba viviendo, no había tenido la oportunidad de conversar a solas con Roger. Su madre, Ángela, me seguía de cerca, observando cada uno de mis movimientos con una atención casi depredadora. Esta vigilancia se intensificó al punto de que había colocado un seguro adicional en la puerta de mi habitación, del cual solo ella poseía la llave. Aquella noche, me encontraba sumida en la confusión al escuchar cómo aseguraba la puerta desde el exterior, dejándome completamente impotente. En mi habitación no había persianas, y mi única vía de escape, esa puerta, me había sido también arrebatada. Así, había perdido mi libertad y me había convertido en la sirvienta de la casa, un títere sin control, sometido a la voluntad de Ángela. A la mañana siguiente, Án

