Roger no estaba en mi campo de visión, pero justo enfrente había una casa pequeña de color naranja. Mi corazón latía a mil por hora, como un tambor descontrolado que podía delatarme, y cada movimiento que hacía era una tortura. Tenía que moverme rápido, pero el pánico de hacer ruido me tenía en jaque. El sol me daba de lleno, y ya sabía que iba a ser una tarde calurosa. Había casas de todos los tamaños, algunas personas caminando por la calle, otras dándome la espalda sin darse cuenta de que estaba ahí. Autos pasaban a mi lado, niños corrían, y todos ellos me parecían siluetas amenazantes. Definitivamente no estamos cerca de la granja— pensé mientras miraba a mi alrededor, paranoica. La brisa me erizaba los brazos y el sudor frío me perlaba la frente. Mis ojos, llenos de terror, escane

