Mi tranquilidad se hizo pedazos. Las palabras venenosas de Zona en la entrevista habían abierto la puerta a un nuevo torbellino de odio y escrutinio público hacia mí. Las r************* , que antes eran un hervidero de apoyo, ahora se llenaban de acusaciones y juicios en mi contra. Los comentarios que antes eran positivos se volvieron crueles y despiadados: —“¡Es una falsa! ¡Por eso nadie la quiere! ¡Todo lo que le ha sucedido es por culpa de sus acciones! ¡Manipuladora, aprovechada! ¡Le hará lo mismo a su nueva pareja! ¡Todo lo que trae es destrucción hacia donde va! ¡Por algo su propia familia le dio la espalda!” Cada notificación era una punzada; cada nuevo comentario, una herida. Me sentía de nuevo expuesta, vulnerable, señalada por un mundo que no quería entender mi verdad. La vergüe

