--- Rodrigo Álvarez No quise detenerla. Me temblaban los dedos, pero no el orgullo. A veces uno se convence de que hacer lo correcto es dejar ir… aunque por dentro se le queme el alma. Vi cómo se alejaba por aquella puerta de cristal sin mirar atrás. No corrí. No grité. Solo me quedé ahí parado, como un idiota, con el corazón en llamas y la cara de piedra. Volví a mi oficina, pero el aire era espeso. Todo me olía a ella. Cerré las cortinas. Apagué el celular. No estaba para nadie. No estaba ni para mí. Por más que intenté enfocarme, firmar documentos o leer informes, su voz se metía entre renglones, su risa resonaba como un eco burlón. Me odiaba por haberle fallado. Me odiaba por no haberla detenido. Pero más me odiaba por seguir amándola con esa intensidad que no mengua, que me devora

