No somos tan distintos

1421 Palabras
--- Por Valentina Ruiz —¿La agenda de hoy? —pregunté mientras Carla me ayudaba a ponerme el blazer beige sobre mi top n***o ceñido. —Reunión en la obra con el ingeniero Enríquez y el nuevo supervisor, revisión de avance de estructuras internas, y luego un almuerzo privado con el inversor italiano. Asentí. —Y recuerda: no quiero más ejecutivos decorativos. Si alguien no aporta, se va. Carla sonrió. —Anotado, jefa. --- Llegamos a la obra a las 10:40 a.m. Yo iba con paso firme, tacones bajos, gafas de sol negras y mi bolso colgado cruzado. El cabello suelto, con ondas suaves, y el perfume listo para marcar territorio: Miss Dior, dulce con filo. Rodrigo no estaba a la vista. Pero lo sentí. Era como si mi cuerpo lo detectara antes que mis ojos. —Buenos días —saludó el ingeniero—. El equipo ya está reunido en el piso 22. —Vamos —dije, mirando de reojo cada rincón. Carla me hablaba del nuevo proveedor de acero cuando escuché su voz. Rodrigo. Estaba al fondo, agachado, con los guantes puestos, cargando sacos con otros dos obreros. Pero al verme, se incorporó. Nos cruzamos la mirada. Un segundo. Y ahí estaba otra vez… El cosquilleo. —¿Rodrigo, puedes venir un momento? —preguntó el ingeniero. Él se limpió las manos, se quitó el casco, y caminó hacia nosotros. —Dígame. —Necesitamos que expliques los ajustes en la estructura del nivel 20. Tú estuviste al frente esa semana, ¿cierto? Rodrigo asintió. Me miró a mí. —Buenos días, señora Serrano. —Buenos días, Álvarez —dije, con tono neutro, aunque por dentro tenía un incendio. Se agachó sobre los planos y empezó a explicar con seguridad, sin titubeos. Yo lo observaba. La forma en que hablaba. Cómo señalaba. Cómo defendía su punto de vista. Y fue entonces cuando escuché a uno de los ingenieros decirle: —¿Hoy también tienes clases, no? ¿A qué hora sales para la U? —A las seis. Llego justo al aula. Me giré. —¿Estudias? Él me miró, sorprendido de que me metiera en la conversación. —Sí. Administración de empresas. Universidad nocturna. Me falta un año. —Yo también estudio administración —dije, casi sin pensarlo. Se nos hizo un silencio raro. Los otros se miraron entre sí, incómodos. —¿Y cómo lo haces todo? —pregunté. —Trabajo de día. Estudio de noche. Cuido a mi hija cuando regreso a casa. No tengo opción. Tengo que salir adelante. Algo me apretó el pecho. —¿Tienes una hija? —Sí. Emily. Un año y dos meses. Carla me tocó el brazo con disimulo, como diciendo “jefa, estamos en público”, pero yo no podía soltar esa conversación. —No lo sabía… —No muchos lo saben. No suelo hablar de mi vida con… gente como usted. —¿Gente como yo? —Con perfume caro, zapatos de diseñador y un apellido que abre puertas. No lo dijo con rabia. Lo dijo con sinceridad. —No siempre fue así —respondí—. Antes de ser la viuda del CEO, fui una chica que no sabía ni llenar un cheque. Estoy aprendiendo. Como tú. Se hizo otro silencio. Pero esta vez, era de respeto. —Entonces no somos tan distintos como pensábamos —dijo él. Yo sonreí, sin mostrar los dientes. —Tal vez no. --- Rodrigo se fue a seguir trabajando. Carla y yo subimos a revisar los acabados del piso 22. Pero yo ya no escuchaba del todo. No eran los planos los que me rondaban la cabeza… Era él. Con esa mirada que juzga, pero también cuida. Con esa voz que me pone los pies en la tierra. Con esa historia que me deja sin argumentos. Y mientras Carla hablaba de metrajes y ventanas, yo solo pensaba una cosa: ¿Qué hace un hombre como Rodrigo, con una vida tan llena de lucha, metiéndose sin permiso en la mía? ¿Y por qué siento… que no quiero que salga? Números que no mienten... pero sí esconden Por Valentina Ruiz El salón de reuniones tenía vista al centro financiero de la ciudad. Una mesa larga de roble, sillas ergonómicas de cuero, pantallas led en los muros, y siete personas sentadas frente a mí, tratando de no sudar. Yo llevaba un traje blanco de pantalón palazzo y blazer entallado. Blusa negra de seda, moño bajo perfectamente peinado, aretes pequeños, labios nude. Mi perfume Santal 33 flotaba suave, como una advertencia elegante. Abigail estaba a mi derecha, tomando notas. Carla, un poco más atrás, revisando la tablet. El nuevo director general, Santiago Loyola, ex ejecutivo bancario de perfil limpio y sonrisa sobria, exponía los balances del último trimestre. —Como pueden ver —dijo Santiago—, las ganancias en el área hotelera subieron un 11%, y la operación inmobiliaria se mantiene estable, aunque la Torre Altamira ha tenido gastos más altos por el rediseño estructural. Yo asentí. Miré los números proyectados. Todo parecía en orden… pero algo no cuadraba. —¿Qué es este gasto de medio millón en “consultoría operativa internacional”? —pregunté, apuntando con mi bolígrafo Montblanc. Santiago parpadeó, sorprendido por la interrupción tan directa. —Eso fue una contratación previa, aún en la era de Leonardo, para supervisión de procesos de expansión. —¿Y esa consultora existe aún? —Tengo entendido que sí, pero no han entregado reportes desde hace varios meses. Me incliné hacia adelante. —Entonces estamos pagando medio millón por… silencio. Silencio incómodo. Un par de ejecutivos miraron al techo. Otros fingieron leer documentos. Carla apretó los labios. Abigail alzó una ceja. —Necesito ese contrato en mi escritorio esta misma tarde. Con nombres, fechas, pagos y entregables. Si no hay resultados tangibles, el contrato se cancela, y quiero iniciar una auditoría forense interna —dije firme, sin levantar la voz. —¿Una auditoría forense? —repitió uno de los ejecutivos, un tipo que Leonardo había mantenido en la nómina solo por ser socio de un político. Lo miré. —¿Acaso tiene algo que ocultar, señor Morales? —No… claro que no. Es solo que… eso podría alarmar a algunos inversores. —Que se alarmen los que tengan miedo. Los que estén limpios, no tienen de qué preocuparse. Abigail escribía como si estuviera en un juicio. Santiago me observaba con una mezcla de respeto y miedo. —¿Algo más que deba saber? —pregunté, cruzando las piernas. —Los balances de la cadena de restaurantes también muestran irregularidades en el stock —añadió Carla—. Exceso de compras en productos no declarados como utilizados. —¿De cuánto estamos hablando? —Cerca de 87 mil dólares entre las últimas dos facturas. Suspiré hondo. —Abigail, convoca una reunión extraordinaria con los gerentes de la cadena para el viernes a primera hora. Quiero revisar proveedores, compras, almacenes y cámaras de seguridad. Si alguien está comiendo gratis, se va a atragantar. Los murmullos se dispararon. Yo cerré la carpeta, me levanté despacio. —Se acabaron las zonas grises, señores. Leonardo ya no está. Y yo no pienso ser la viuda que firma sin leer. Cada centavo que salga de esta empresa va a estar justificado. Y quien no esté de acuerdo, la puerta está abierta. Salí de la sala como entré: firme, sin miedo, sin perder postura. --- De vuelta en mi oficina, Carla me alcanzó una botella de agua. —Estuviste impecable. —Gracias. Pero no fue suficiente. Alguien está sacando dinero de aquí sin que nos demos cuenta. Y te aseguro algo: voy a descubrir quién es. —¿Quieres que lo hablemos con el abogado? —Sí. Y quiero que revisemos los contratos de servicios del último año. Uno por uno. Si Leonardo dejó algo sucio… yo no me voy a ensuciar las manos por él. Carla me miró seria. —¿Y Rodrigo? —¿Qué pasa con Rodrigo? —Le pregunté si podía venir mañana temprano a ayudarte con una revisión estructural de la torre. Hay una discrepancia en la carga del nivel 24. Y tú confías en lo que él ve. Sentí un vuelco en el estómago. —Está bien… que venga. Pero lo dije sin mirarla. Porque aunque estaba metida en números, fraudes, auditorías… la imagen de Rodrigo, con su camiseta manchada de polvo y esos ojos sinceros, me seguía rondando la cabeza como una canción que no puedes dejar de tararear. ---
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR