Desde ese punto para Evelyn fue imposible pensar con claridad, las manos de Kenneth absorbía su cuerpo con una lentitud tortuosa, a la vez que su boca se apoderó con verdadero gozo de sus labios. El mueble donde la colocó se deslizó un poco debido a la fuerza que, Kenneth trató de controlar, pero su pulso desenfrenado le impidió hacerlo. Sus labios se deslizaron por la piel delicada e intacta de Evelyn, mientras ella cerraba los ojos imaginando cuántas veces podría ir al infierno por cometer tal pecado. Pero ya no era una monja y eso, de alguna manera ayudó a liberar las culpas. Aunque para expiar la profanación a su cuerpo no existía nada. No cuando el demonio a quien le dio vía libre, parecía tan encantado con la vista de ella sin poner barreras. Quemaba. Su piel ardía. Su mente

