Los días siguieron avanzando de forma lenta, como el desplazamiento de un caracol, casi imperceptible. Simón evitó cualquier tipo de contacto relacionado con Mariano, incluso había llegado a huir de los pasillos escolares durante los recesos. Se odiaba a sí mismo cada vez que eso ocurría, no toleraba la idea de ser un cobarde incapaz de enfrentar el resultado de sus acciones. Pero por encima de todo, odiaba la idea de solo verlo a la distancia y no poder emprender largas charlas sobre cualquier tema. El muchacho alto y de cabello rojo como el fuego, se propuso a sí mismo hablarle en la reunión del viernes; sin embargo, antes de darse cuenta, aquel día había llegado, encontrándolo aterrado y con un aspecto enfermizo. —Vamos Simón ¿Eres un cobarde?—se decía a sí mismo frente al espejo del

