Cap 6: Impaciente.

1682 Palabras
Al otro lado del pasillo, en su vasto despacho, Damián estaba de pie frente a la ventana de pared a pared, con el puño cerrado sobre el borde de la repisa. Estaba furioso consigo mismo. ¿Sonrojarse? ¿Él, Damián, el hombre que no mostraba debilidad ante nadie, había perdido el control facial frente a una empleada? La confusión era intensa. Estaba acostumbrado a que las mujeres reaccionaran con sumisión o coqueteo obvio. Johanna había usado su inteligencia como un arma, devolviéndole su propio juego con una elegancia que lo había dejado sin palabras y excitado. No era solo un placer físico; era una provocación intelectual que avivaba su naturaleza controladora. Sacudió la cabeza, forzándose a volver a la realidad. Mónica, Raquel, los negocios… nada de eso importaba ahora. La única cosa que importaba era la nueva Jefa de Proyectos a diez metros de distancia. Se sentó en su escritorio, encendió las pantallas de su computadora e intentó sumergirse en los informes. Enfócate. Es una empleada. Es solo un juego de poder. Pero sabía que esa última frase era la más grande de sus mentiras. Johanna se sentó en su escritorio de cristal, sintiendo la adrenalina aún recorrerle el cuerpo. Estaba organizando sus carpetas cuando una figura amable se detuvo en el umbral de su puerta abierta. —¡Hola! Eres Johanna, ¿verdad? ¡Bienvenida a la jaula de cristal! —La mujer era morena, de sonrisa amplia y sincera, con una vitalidad contagiosa. —Soy Johanna, sí. Y por la bienvenida… parece más bien una incubadora de negocios —respondió Johanna, sonriendo aliviada por un rostro amable. —Soy Isabela. Mi escritorio está justo aquí al lado. Seremos vecinas de guerra, ¡porque esto a veces es la guerra! —dijo Isabela, entrando y sentándose en el borde del escritorio de Johanna—. Me encanta tu outfit. Profesional y con garra. Es bueno que tengamos una mujer más fuerte por aquí. Johanna se sintió instantáneamente conectada con Isabela. La amabilidad de la paisa era un bálsamo para el aislamiento que había sentido. —Gracias, Isabela. Es bueno saber que hay caras amables. Isabela bajó la voz a un susurro juguetón. —Escucha, te lo digo como amiga y colega. Si eres Jefa de Proyectos, vas a estar muy cerca del trono. El señor Damián… es un jefe excelente, es un genio, paga bien y es impecable. Pero también es el picaflor más codiciado y peligroso de todo Medellín. Johanna sintió un escalofrío. Picaflor. El término era tan familiar. Le recordaba a los rumores que rodeaban a Erick. —¿Picaflor? —preguntó Johanna, manteniendo un tono de curiosidad casual. —Sí, mija. Dicen que ninguna relación suya dura más de tres meses. Es conocido por no mezclar los negocios con el placer, pero… se le conoce por probar los talentos de la empresa de vez en cuando. Las modelos, las asistentes… En fin, él es el magnate, y nosotras somos su paisaje. Tienes una dignidad increíble, y él va a notarlo. Simplemente… ten cuidado de no ser su próximo pasatiempo. Él no tiene corazón, Johanna. Solo negocios. El aviso de Isabela fue un golpe de realidad. El coqueteo y el sonrojo de hace un momento no eran el inicio de un romance, sino el inicio de una depredación calculada. —Gracias por la advertencia, Isabela. No te preocupes. Vengo de una relación donde me cansé de las flores. Aquí solo vine a trabajar. Y mi jefe… para mí es solo eso: un jefe —aseguró Johanna con una convicción que esperaba que fuera cierta. Isabela le dio un suave apretón en el hombro. —Me gusta tu actitud. Y me gusta que lo hayas puesto nervioso en la entrevista, ¡nadie hace eso! Johanna sonrió, pero por dentro, el miedo y la emoción se mezclaron. La advertencia había solidificado el peligro. Damián no solo era un jefe prohibido, era un riesgo calculado a su corazón y a su carrera. Pero el solo hecho de saber que él era un picaflor hacía que el impulso de demostrarle que ella no era fácil creciera, y con ese impulso, la atracción morbosamente excitante que acababa de nacer. El despertador de Johanna sonó a las 5:30 a.m., un sonido agudo y abrupto en la quietud de su pequeño cuarto en el centro de Medellín. Se levantó inmediatamente, sin darse tiempo para escuchar a los vecinos o para que los fantasmas de Bogotá regresaran. El sol aún no salía, pero la calle ya estaba despierta con el murmullo de la ciudad. Su rutina era un acto de guerra contra la inestabilidad. Se duchó con agua fría, sintiendo cómo la temperatura helada restablecía el control de su cuerpo. Se vistió con el mismo cuidado profesional de siempre: falda lápiz, blusa almidonada, y tacones que le daban la altura y la confianza necesarias para enfrentar a su jefe. En su diminuta cocina, preparó un café instantáneo y tostó un pan. No era el café de lujo que tomaba Erick, ni el aroma sofisticado que debía llenar el penthouse de Damián. Era un café funcional, una dosis de energía para la empleada. Mientras esperaba el autobús, miró su reflejo en un escaparate. Su postura era firme, su mirada enfocada. Sin embargo, en el silencio del trayecto, su mente ya estaba en el rascacielos de Global Dynamics. Señor Damián, pensó, sintiendo un escalofrío de anticipación. Recordó el sonrojo, la forma en que su control se había roto. La advertencia de Isabela resonaba: picaflor. Él solo quería un pasatiempo. Yo solo quiero mi carrera. Pero la idea de ese hombre, arrogante y poderoso, cayendo en su propio juego de seducción, era una tentación morbosamente placentera. Se obligó a concentrarse en la presentación que tenía que preparar, pero el recuerdo de su voz grave se mezclaba con las cifras. A kilómetros de distancia, en El Poblado, Damián se despertó a las 6:30 a.m. en el silencio sepulcral de su suite. Mónica ya se había ido; había volado a Miami antes del amanecer. Damián ni siquiera se molestó en despedirse, solo dejó la orden de que le enviaran flores a su hotel. Su mañana no era una rutina, sino un ritual de poder. Un personal trainer lo esperaba en su gimnasio privado, seguido por un masaje profundo. Su desayuno fue servido por la cocinera en el balcón con vistas panorámicas: un licuado verde y huevos orgánicos. Mientras revisaba un informe financiero en su tableta, su mente se desvió. No a las acciones de la Bolsa, sino a su nueva Jefa de Proyectos. Johanna. Ella no había salido de su cabeza desde que cerró la puerta de su despacho. Había pasado la noche en vela releyendo sus informes y la había encontrado impecable, pero su reacción al sonrojo lo había descolocado. La mayoría de las mujeres que él deseaba eran trofeos predecibles. Johanna era una caja fuerte, y eso le intrigaba y lo excitaba hasta la médula. Ella me respondió con mi propio lenguaje, pensó, sintiendo un leve cosquilleo de adrenalina. Le voy a demostrar que yo soy el único que establece las reglas de este juego. Le dio un sorbo a su café y se obligó a concentrarse. Se puso un traje de tres piezas hecho a medida. Hoy no era un día para la improvisación; tenía que restablecer su autoridad. Johanna llegó al vestíbulo de Global Dynamics a las 7:55 a.m., sintiéndose nerviosa. Pasó la tarjeta por el torniquete y se dirigió a los ascensores ejecutivos. Justo cuando estaba a punto de presionar el botón, una voz profunda y conocida la hizo detenerse. —Llegando tarde, Johanna? Pensé que eras una mujer de enfoque absoluto. Damián estaba de pie junto a la entrada del ascensor, con el sol de la mañana brillando en el cristal detrás de él, dándole un aura casi irreal de poder. Él vestía un traje gris que gritaba riqueza y control. Johanna se giró, su rostro una máscara de profesionalismo. No iba a revelar que él era la razón de su tensión. —Buenos días, señor Damián. Llego con cinco minutos de antelación. Es mejor estar preparada antes de la hora. Damián le dirigió una sonrisa lenta y evaluadora, deslizando su tarjeta para abrir el ascensor privado. Entraron en el cubículo de acero pulido, y la puerta se cerró con un suave siseo. —Una sabia inversión de tiempo —respondió Damián, su mirada fija en el panel de botones, pero su atención completamente en ella—. El tiempo es valioso, señorita Johanna. No me gusta que nadie lo desperdicie, ni en el trabajo ni en... otras áreas. Johanna sintió el doble sentido como una punzada. Se enderezó, fingiendo observar el reflejo de la ciudad en el cristal del ascensor. —Comprendido, señor Damián. Yo tampoco lo desperdicio. He aprendido que a veces, la única forma de sanar el pasado es invirtiendo todo de uno en el futuro. Damián giró la cabeza hacia ella, sus ojos fijos, el sarcasmo desapareciendo de su rostro. Esa frase, tan íntima y reveladora, lo golpeó. Sanar el pasado. Ella no solo huía de un ex, huía de una herida. —Interesante filosofía —murmuró Damián, sintiendo cómo el plan de bromas de doble sentido que había ensayado en su mente se desmoronaba. Por un instante, solo vio a la mujer que, como él, había sido marcada por el dolor. El ascensor se detuvo en el piso ejecutivo. La puerta se abrió, y el silencio tenso entre ellos se rompió por el sonido de la oficina. —Bienvenida al centro de mando, Johanna —dijo Damián, saliendo primero. Pero al pasar a su lado, bajó la voz a un susurro que solo ella escuchó—. No importa de dónde venga, señorita Johanna. Lo único que importa es que ahora pertenece a este universo. Johanna sintió el calor de su aliento y el peso de esa última frase. Pertenece a este universo. Era una promesa y una advertencia. Ambos habían llegado de mundos separados, pero en la entrada de ese rascacielos, sus órbitas acababan de chocar con una fuerza ineludible.
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