Cap 2: Herida abierta.

988 Palabras
El bus avanzaba lento, cortando la niebla en la carretera, pero para mí era un vuelo. Cada kilómetro que me alejaba de Bogotá era una capa de aire fresco sobre la herida que Erick había dejado. Sí, era una herida limpia de corte, una llaga infectada por la desconfianza y los rumores. Dos años de amor reducidos a la vergüenza. Me fui sin mirar atrás, sin despedidas dramáticas. Dejé las llaves del apartamento sobre la mesa, junto a una nota breve: "Me quedo con mi dignidad". La verdad es que me fui para obligar a mi cuerpo a olvidar. Mi mente sabía que el amor había muerto, pero mi cuerpo... Mi cuerpo era un traidor. Incluso ahora, mientras las luces de la capital se hacían diminutas en el espejo, sentía el recuerdo de sus manos, la familiaridad de sus besos. Erick y yo nos conocíamos en la oscuridad, éramos un mapa que ambos podíamos leer con los ojos cerrados. Y mi piel, estúpida y leal, lo extrañaba con una necesidad primitiva que me hacía temblar. Me había mudado a Medellín, la ciudad de la eterna primavera, pero yo estaba en pleno invierno. Conseguí un empleo en una firma de diseño, un trabajo que me exigía estar alerta y me obligaba a pensar en números y colores en lugar de en él. Alquilé un pequeño cuarto en una zona modesta, lejos del lujo que una vez compartí. No era mucho, pero era mío, y lo más importante, era un espacio que Erick no había tocado. A veces, en el silencio cruel de la noche, la soledad era tan densa que dolía. Me despertaba con el hueco a mi lado, buscando instintivamente su calor, y por un microsegundo, olvidaba que todo había terminado. En esos momentos, mi corazón le gritaba "¡Aléjate!", pero mi cuerpo solo pedía la familiaridad de sus caricias, la cadencia conocida de sus movimientos. Era el castigo más cruel, mi corazón finalmente estaba libre, pero mi cuerpo aún estaba encadenado a ese pasado. Sabía que ceder a esa necesidad física era volver a la jaula. Mi dignidad me prohibía buscar el placer en los brazos del hombre que me había roto, pero la necesidad s****l no tenía moral. Era un instinto ciego, una furia contenida que me hacía apretar las sábanas hasta que mis nudillos se ponían blancos. Erick me había quitado la paz, pero la mentira más grande es que la pasión muere con el amor. No es cierto. Solo se transforma en un deseo peligroso, no resuelto, que ahora se sentía como un fantasma en mi pequeña habitación de Medellín. Tenía que encontrar una forma de silenciar a ese fantasma, de hacer que mi cuerpo entendiera que la fiesta había terminado, incluso si la música seguía sonando en mis venas. sin saber que me conseguiría con Damián, ustedes se preguntaran, ¿Quién es Damián?.. Les Explico.... Damián no aprendió el significado del amor en una cuna, lo aprendió en la ausencia de este. Nació en Medellín, siendo el único hijo varón de un poderoso CEO con negocios que se extendían hasta Estados Unidos, lo que aseguraba una vida de lujo, pero jamás de calidez. Su infancia fue un escaparate: uniformes caros, tutores privados y un silencio ensordecedor en la mansión familiar. Su padre, el CEO, era un hombre de disciplina de acero que veía a Damián no como un hijo, sino como un heredero y una inversión. El contacto físico era inexistente, las palabras de su padre eran órdenes o críticas punzantes, enfocadas en cómo su hijo debía ser "fuerte" para heredar el imperio. La figura paterna era una sombra dominante, implacable, cuya dureza se extendía cruelmente a su madre. Damián creció presenciando la frialdad de su padre y el sufrimiento silencioso de la mujer que intentaba, sin éxito, protegerlo. Este rencor se incubó en su pecho, una bronca callada que solo cesó el día que el CEO murió, pero el resentimiento se quedó, tallando su carácter en la piedra de la desconfianza. En la secundaria, mientras sus compañeros se enfocaban en juegos y fiestas, Damián se enfocaba en la perfección académica y la estrategia. Su adolescencia fue un campo de entrenamiento, pero la represión emocional encontró una válvula de escape en la única mujer que le mostró afecto en esa casa: María, la ama de llaves, una mujer mayor, de manos fuertes y mirada cálida. Ella le ofrecía consuelo sin juzgar. Una noche, Damián, con apenas diecisiete años y una mezcla explosiva de frustración y deseo reprimido, bajó a la cocina. La vio allí, sola, doblando sábanas. No hubo palabras dulces, no hubo cortejo. Solo la necesidad mutua, llenando el aire. Él se acercó a ella. La tomó de la cintura con una urgencia casi torpe, sintiendo por primera vez el calor tangible de otro cuerpo que no lo rechazaba. Ella, con una comprensión profunda de su vacío, no se resistió, sino que lo guió. Su primera vez no fue un acto de amor romántico, sino un acto de liberación cruda y desesperada. La ropa cayó al suelo de manera apresurada; Damián tenía toda tensión y hambre. Al principio fue desordenado, impulsivo, una necesidad de posesión nacida de su falta de control en el resto de su vida. Sintió la suavidad de su piel y el g*mido ahogado de ella, que fue un eco de su propia desesperación. Cada embestida no era un pl*cer, sino una afirmación de su propia existencia, de que él podía sentir algo aparte de la rabia y el resentimiento. Al final, el cl¡max fue una explosión violenta de sensaciones que lo dejó jadeante, temblando, y con la cabeza apoyada en su hombro. Por primera vez, se sintió poderoso, y no por el dinero de su padre. La experiencia s*xual se convirtió, desde entonces, en su forma de controlar su entorno y de llenar los vacíos que su infancia había dejado. y entonces Llegué yo ..
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