Sonríe ligeramente con los ojos cerrados y vuelve a dormirse. En la oscuridad, en sus brazos, escucho su corazón. Y me olvido del mío. * —Buenos días, chicas —digo al pasar por recepción. Ellas dejan sus obligaciones y dicen: —Buenos días, señor Miles. Christopher, en la puerta de su despacho, me dice: —Hola. —Un día precioso, ¿no crees? —le digo yo, sonriendo. Frunce el entrecejo y dice: —No mucho. —Vaya. —Miro por la ventana y me encojo de hombros—. Pero no está nevando, ¿no? —¿Quién eres tú y qué has hecho con el cascarrabias de mi hermano? —responde Christopher en tono seco—. Pareces salido de la mierda esa de Sonrisas y lágrimas. Las chicas se ríen y yo entro en mi despacho y saco el ordenador. Qué divertido es esto. —¿Qué pasa aquí? —Miro arriba y veo que Christopher me

