Capítulo 19: El segundo refugio

1514 Palabras
El auto n***o recorrió carreteras secundarias durante horas. Juliana perdió la noción del tiempo, del espacio, de todo. Solo existía la mano de Mateo apretando la suya, el rugido del motor, las luces de los faros abriéndose paso entre la oscuridad. En algún momento, el cansancio pudo más que el miedo, y se quedó dormida con la cabeza apoyada en el hombro de él. Cuando despertó, el sol ya había salido. Estaban en medio del campo, rodeados de colinas verdes y árboles centenarios. El auto se detuvo frente a una cabaña de madera, pequeña y acogedora, con un porche lleno de macetas y una chimenea que humeaba. —¿Dónde estamos? —preguntó Juliana, frotándose los ojos. —En el único lugar que Ricardo no conoce —respondió Mateo—. La cabaña de mi abuelo. Nadie más viene aquí. Nadie más sabe que existe. Bajaron del auto. El aire olía a tierra mojada y a flores silvestres. Juliana se estiró, sintiendo los músculos adoloridos por la tensión de la noche anterior. El conductor, el hombre de rostro serio, les deseó suerte y se fue sin decir una palabra, llevándose el auto n***o por el camino de tierra. —¿Quién era? —preguntó Juliana. —Un ex escolta de mi padre —respondió Mateo, mientras abría la puerta de la cabaña—. Le debo la vida. No me pidió nada a cambio. Solo que fuera feliz. Juliana entró. La cabaña era pequeña, pero tenía todo lo necesario: una cocina de leña, una mesa rústica, una chimenea encendida, y un altillo con dos camas. Olía a madera y a recuerdos, a cosas que el tiempo no había podido borrar. —Es hermoso —dijo ella, recorriendo el espacio con la mirada. —Mi abuelo la construyó con sus propias manos —dijo Mateo, y su voz se suavizó—. Venía aquí cuando quería escapar de mi abuela. Decía que el silencio del campo le curaba el alma. —¿Tú también vienes a curarte el alma? Mateo la miró. Había algo en sus ojos que ella no había visto antes. Paz. Una paz profunda, como si aquel lugar lo devolviera a sí mismo. —A veces —respondió—. Cuando las cosas se ponen difíciles. Cuando necesito recordar quién soy. Juliana asintió, sin decir nada más. No hacían falta palabras. Los días en la cabaña fueron diferentes a los de la casa antigua. Allá, la ciudad se sentía cerca, el peligro acechaba detrás de cada esquina, y la sensación de estar escondidos era constante. Aquí, en medio de la nada, rodeados de árboles y animales, la guerra parecía lejana, casi irreal. Podían caminar por el campo sin miedo. Podían sentarse en el porche a ver el atardecer. Podían ser simplemente dos chicos enamorados, sin apellidos ni fortunas que los separaran. Mateo se transformó en ese entorno. Se movía con más soltura, reía con más facilidad, hablaba de cosas que nunca había compartido antes. Le contó de su abuelo, un hombre sabio que le enseñó a pescar y a respetar la naturaleza. Le contó de los veranos que pasó allí, antes de que Ricardo se volviera su enemigo, cuando todavía jugaban juntos a las escondidas entre los árboles. Le contó de su primer beso, a los catorce años, con una chica del pueblo vecino que nunca volvió a ver. —¿Y tú? —preguntó él una noche, mientras miraban las estrellas desde el porche—. ¿Cuál fue tu primer beso? Juliana se rió, una risa nerviosa. —A los quince —dijo—. Con un chico del barrio. Fue horrible. Tenía los labios resecos y no sabía dónde poner las manos. —¿Y después? —Después, nada —respondió ella, encogiendo los hombros—. No he tenido mucho tiempo para novios. Entre el colegio, cuidar a mi abuela, y tratar de sobrevivir, el amor no ha sido una prioridad. —¿Y ahora? —preguntó Mateo, y su voz era un susurro en la noche. Juliana lo miró. La luz de la luna iluminaba su perfil, marcando sus facciones duras, pero sus ojos estaban blandos, casi vulnerables. —Ahora es diferente —dijo—. Ahora no puedo dejar de pensar en ti. Mateo sonrió. Una sonrisa pequeña, pero real. —Yo tampoco puedo dejar de pensar en ti —dijo—. A cada rato. En cada momento. Es como si te hubieras instalado en mi cabeza y no quisieras irte. —No pienso irme —respondió Juliana, y se recostó en su hombro. Se quedaron así, en silencio, viendo las estrellas titilar en el cielo despejado. El viento soplaba suave, trayendo el olor a tierra y a hierba. Un búho ululó a lo lejos. La noche era perfecta, y ambos sabían que no duraría. Al tercer día, Juliana comenzó a extrañar a su abuela. No había podido llamarla desde que salieron de la casa antigua. El teléfono que Mateo le había dado no tenía señal en medio del campo. No sabía si la enfermera seguía cuidándola, si estaba bien, si la extrañaba tanto como ella la extrañaba a ella. —Necesito saber de ella —le dijo a Mateo, mientras desayunaban—. No puedo seguir aquí sin saber si está bien. Mateo la miró un momento, con una expresión que ella no supo interpretar. —Voy a ir a verla —dijo. —¿Tú? —preguntó Juliana, sorprendida—. ¿Vas a ir a mi casa? ¿No es peligroso? —Todo es peligroso ahora —respondió Mateo—. Pero no puedo tenerte aquí preocupada. Voy a ir, voy a asegurarme de que esté bien, y vuelvo. Te lo prometo. —Déjame ir contigo —pidió ella. —No —dijo Mateo, y su voz fue tajante—. No voy a arriesgarte. Te quedas aquí. No abras la puerta a nadie. No salgas al bosque si escuchas ruido. Espera. Juliana quiso discutir, pero sabía que era inútil. Mateo era terco cuando se trataba de protegerla. Así que asintió, con la garganta apretada, y lo vio prepararse para salir. —Ten cuidado —dijo, mientras él se ponía una chaqueta oscura. —Siempre lo tengo —respondió Mateo, y la besó en la frente. Se fue por el camino de tierra, caminando hacia la carretera principal donde lo recogería el mismo amigo de siempre. Juliana se quedó en el porche, mirándolo hasta que desapareció entre los árboles. El silencio del campo se volvió opresivo, y el miedo regresó a instalarse en su pecho. —Vuelve pronto —susurró al viento. El viento no respondió. Las horas pasaron lentas, como siempre cuando se espera a alguien. Juliana intentó dibujar, pero no podía concentrarse. Intentó leer, pero las palabras se le escapaban. Intentó dormir, pero el sueño no llegaba. Solo podía pensar en Mateo, en su abuela, en los peligros que acechaban en cada esquina. Cuando el sol comenzó a ponerse, pintando el cielo de tonos naranjas y violetas, escuchó pasos en el camino. Salió al porche con el corazón en un puño. Era Mateo. Venía solo, caminando con paso firme, y en sus brazos llevaba una bolsa de papel. —¿Qué es eso? —preguntó Juliana, mientras él subía los escalones del porche. —Tu abuela manda saludos —dijo Mateo, entregándole la bolsa—. Y empanadas. Dijo que estabas muy flaca. Juliana abrió la bolsa. El olor a masa frita y carne la envolvió como un abrazo. Eran las empanadas de Javi, las mismas que su mamá preparaba con tanto cariño. Sintió los ojos llenos de lágrimas. —¿Está bien? —preguntó—. ¿Mi abuela está bien? —Está bien —respondió Mateo, sentándose a su lado—. Te extraña. Pero está bien. La enfermera la cuida muy bien. Le dije que estabas a salvo, que volverías pronto. —Gracias —dijo Juliana, y su voz se quebró—. Gracias por hacer esto. Mateo le pasó un brazo por los hombros y la atrajo hacia él. —Siempre —dijo—. Por ti, siempre. Se quedaron en el porche viendo el atardecer, comiendo empanadas y sintiéndose, por un momento, como personas normales. Sin miedo, sin peligro, sin Ricardo acechando en las sombras. Pero la noche cayó, y con ella, la realidad. El teléfono de Mateo sonó. Era un mensaje. Lo leyó en silencio, y su rostro palideció. —¿Qué pasa? —preguntó Juliana. —Ricardo sabe que estamos aquí —dijo Mateo, con la voz ronca—. No sé cómo. No sé quién le dijo. Pero sabe. Juliana sintió que el suelo se hundía bajo sus pies. —¿Qué vamos a hacer? Mateo guardó el teléfono en el bolsillo y la miró. Sus ojos negros brillaban con una determinación férrea. —Vamos a pelear —dijo—. Ya no podemos huir. Es hora de enfrentarlo. Juliana asintió, aunque el miedo le temblaba en las piernas. No había vuelta atrás. La guerra, por fin, había llegado a su puerta.
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