+++ La noche había caído, y el interior del avión privado estaba bañado en una suave luz amarillenta. Gavrel y Anya estaban sentados en los asientos delanteros, mientras yo ocupaba uno de los asientos traseros junto a Carlos. El murmullo constante de los motores del avión llenaba el silencio entre nosotros. Carlos, sentado a mi lado, me miró con una mezcla de gratitud y emoción. —Emma, no puedo agradecerte lo suficiente por esto —dijo, su voz llena de sinceridad—. No sé cómo podría haberte pagado por lo que has hecho por mí. Sonreí, sintiendo una calidez en mi corazón al ver lo genuinamente agradecido que estaba. Ja, ja, ja, su agradecimiento me llega a dar un poco de risa. —No tienes que pagarme nada, Carlos. Somos amigos, y los amigos se ayudan. Carlos asintió, sus ojos brillando,

