Viktor era brutal en su deseo, tomando de mí lo que quería sin preocuparse por mis sentimientos o mi bienestar. Me giró sobre la cama, manipulando mi cuerpo hasta que estuvo en la posición que más le complacía, y todo lo que pude hacer fue seguir su ritmo, soportar su peso, y seguir repitiéndome, que no era él, que era Gavrel. Pero no era Gavrel. Lo sabía cada vez que Viktor se adentraba en mí, su respiración pesada en mi oído, sus manos firmes en mi cadera, manteniéndome inmóvil bajo él. Sabía que no era Gavrel cada vez que me empujaba más allá de mis límites, cada vez que me forzaba a entregarme de maneras que jamás hubiera permitido a otro hombre. Pero sobre todo, lo sabía porque con Gavrel nunca había sentido esta desesperanza, este vacío creciente que me consumía un poco más con cada

