El silencio en el despacho de Viktor era pesado, casi tangible, mientras él permanecía de pie frente a mí, su mirada fija en mis ojos. Podía sentir la expectación en el aire, la anticipación de lo que estaba por venir. Mi corazón latía con fuerza en mi pecho, pero me obligué a mantener la compostura, a enfrentar lo que sabía que era inevitable. Viktor se inclinó hacia mí, sus labios rozando los míos en un beso que fue tanto un reclamo como una promesa. Su mano se deslizó por mi cuello, bajando hasta mi clavícula, y el contacto envió un escalofrío a través de mi cuerpo. Su dominio sobre mí era absoluto, y lo sabía. Podía sentirlo en cada movimiento, en cada mirada. —Quiero que sientas esto, Emma murmuró contra mi piel, su voz baja y llena de deseo—. Quiero que sepas que me perteneces. Su

