La marca en su cuello.

1303 Palabras
Gabriel Hamilton Estoy completamente enojado, eufórico, con ese nudo constante en el pecho que no me deja ni saborear la comida. El plato frente a mí está intacto, apenas tocado. La cena se enfría igual que mi paciencia. Los negocios no están resultando como deberían. Somos los Hamilton, maldita sea. La empresa número uno en Estados Unidos no debería estar ajustando presupuestos ni cerrando proyectos a medias. Y, sin embargo, aquí estamos. Números en rojo, accionistas inquietos, decisiones que pesan más de lo normal. Odio esa sensación de perder el control. Estoy cenando con mi hermano Jason porque es lo único que puedo tolerar esta noche. No soporto a la esposa de mi padre. Jamás la he soportado. Helena. Su nombre me crispa los nervios incluso cuando no está presente. No hay nada que hacer: hace años que forma parte de la familia. Se casó con mi padre cuando yo tenía unos nueve años y Jason apenas tres. Recuerdo perfectamente ese tiempo, aunque muchos digan que a esa edad uno exagera los recuerdos. Nuestra madre murió en el parto de Jason. Aún puedo ver a mi padre parado en el pasillo del hospital, con la mirada perdida, como si alguien le hubiese arrancado algo del pecho. Durante un tiempo pensé que nunca volvería a sonreír. Me equivoqué.Helena llegó demasiado pronto. Después vino el embarazo, el nacimiento de mi hermana menor, Rebeca. Siempre sospeché y nunca pude probar: Helena ya estaba ahí antes de que mi madre muriera. Nunca lo dijo nadie en voz alta, pero yo lo sentí. Lo sigo sintiendo. Jason mastica en silencio frente a mí. Siempre fue distinto. Más tranquilo, menos rencoroso. Tal vez porque era demasiado pequeño para recordar a mamá como yo la recuerdo. —Estás de un humor horrible —dice al fin, levantando la vista. —¿Y cuándo no? —respondo seco, llevándome el vaso a los labios. —Desde que asumiste como CEO no paras. Vives tenso, Gabriel. Lo miro con fastidio. No necesito que me psicoanalicen. —La empresa se nos está yendo de las manos —digo—. Papá me dejó un cargo… y un desastre maquillado. Jason suspira. —No es tan grave. —No digas estupideces —gruño—. Tú no estás en las reuniones, no ves los informes reales. Hace un silencio incómodo. Luego, como si midiera sus palabras, dice: —Papá confía en ti. Esa frase no me tranquiliza. Al contrario. Me pesa. —Siempre confió demasiado —respondo—. Incluso en personas que no debía. Jason entiende a quién me refiero. No hace falta nombrarla. —Helena nunca nos hizo nada malo —dice con cuidado. Aprieto la mandíbula. —Nunca nos gritó, nunca nos amenazó, nunca levantó la mano —enumero con sarcasmo—. Eso no la convierte en una santa. —Era una buena madrastra. —No la necesitábamos —respondo con frialdad. —Estoy demasiado estresado —digo, pasándome una mano por el cabello—. Y encima tengo a una asistente que es un completo desastre. Jason levanta una ceja, divertido, como si por fin hubiera encontrado algo que lo entretiene en medio de mi mal humor. —¿Es bonita? —pregunta, con una media sonrisa. Le lanzo una mirada fulminante. —Es ineficiente —respondo seco—. La despediré muy pronto. Jason se ríe por lo bajo y apoya la espalda en la silla, cruzándose de brazos. —Pobre mujer. Si tiene que aguantarte a ti todos los días, no me sorprende que se equivoque —dice—. Te cargas un maldito carácter, hermanito. —¡Cállate! —le grito, perdiendo la poca paciencia que me quedaba. El silencio cae de golpe entre nosotros. Jason no se inmuta; me conoce lo suficiente como para saber que no es enojo contra él, sino contra todo lo que no puedo controlar. Aprieta los labios, pero no borra del todo esa expresión irónica que siempre me saca de quicio. —Relajate —dice al fin—. No todo el mundo es tu enemigo. —En los negocios, sí —respondo sin dudar—. Y en mi oficina no quiero errores. No quiero excusas. Si alguien no da la talla, se va. Jason me observa unos segundos más, como si intentara leerme por dentro. —Algún día te vas a dar cuenta de que no todo se resuelve a los golpes —dice—. Ni con gritos. Me doy vuelta, molesto. No quiero escuchar sermones. —Cuando ese día llegue, hablamos —contesto—. Por ahora, tengo una empresa que salvar… y una asistente que no está a la altura. [...] Me levanté temprano; en realidad, anoche no pude dormir en mi departamento. No soporto a la gente. Los ruidos, los gritos, los niños, las risas… nada. No soporto a nadie. Por eso compré el edificio entero para mí solo: silencio, control, distancia. Y aun así, una maldita mosca se empeñó en fastidiarme toda la noche, zumbando como si supiera exactamente dónde dolía. Irónico. Me duché con agua fría para despejar la cabeza y llegué a la oficina antes de la hora habitual. Necesitaba orden, rutina. Al entrar, lo primero que noté fue el aroma del café. Mi café. Exactamente como me gusta. Fuerte, sin azúcar, con el punto justo de leche.Anne estaba allí, de espaldas, junto al escritorio auxiliar. Ropa corporativa impecable. Siempre los mismos colores luminosos que detesto; la falda a la altura de las rodillas, sin concesiones, apenas dejando ver las piernas, jamás nuestra demasiada piel, como es la forma de su cuerpo es un misterio para mí. Blusas cerradas, sin escote, como si llevara una armadura de tela. Su cabello, normalmente ondulado y algo desordenado, hoy estaba recogido, arreglado. . Me giré para mirarla cuando se dio la vuelta. Ojos castaños, simples. Nada especial o eso me dije. —Ya está listo su desayuno, señor Hamilton —dijo, con esa voz tranquila que me irrita porque nunca se quiebra. Dejé el maletín sobre el escritorio y me acerqué sin responder. Miré la bandeja: tostadas integrales, fruta cortada, el café en la taza correcta. Todo en su sitio. —Llegas temprano —dije al fin, seco. —Como usted —respondió, sin mirarme directamente—. Tenía que adelantar correos y preparar la agenda. Asentí sin agradecer. No era necesario. Me senté y empecé a revisar documentos mientras daba el primer sorbo, perfecto. Eso me enfadó aún más. —Ayer cometiste dos errores en el dictado —solté—. No pueden volver a repetirse. —No volverán a ocurrir —contestó—. He revisado el sistema y he ajustado el método. Me senté un momento a tomar el café, necesitaba ese par de minutos antes de que el día me devorara por completo. Mientras Anne se daba la vuelta para marcharse, algo llamó mi atención. Una marca en su cuello.Disimulada, casi borrándose, pero evidente. Un chupetón. Fruncí el ceño sin darme cuenta. Así que mi asistente tiene novio. O algo parecido. Y, de repente, todo encajó en mi cabeza: las llegadas tarde, el cansancio, esa falta de concentración ocasional. Claro. Ese debía de ser el problema.Volví la vista al escritorio, molesto conmigo mismo por haberme fijado en algo tan irrelevante. No sé absolutamente nada de su vida y no me interesa. No me paga la empresa para que me preocupe por romances ajenos ni por dramas personales. Si su vida privada interfiere con su trabajo, será su responsabilidad. Y la mía, tomar decisiones. Di otro sorbo al café y respiré hondo, frío y eficiente. Así es como deben ser las cosas. —Cierra la puerta al salir —dije sin mirarla. —Sí, señor Hamilton —respondió, y el clic suave de la puerta marcó el final de la conversación.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR