Maya Estaba en la cocina preparando la cena, el aroma de la salsa de tomate y el queso derritiéndose llenaba el departamento. Mientras removía la olla, escuchaba risas arriba, carcajadas infantiles mezcladas con la voz grave de Michael y, de vez en cuando, los ladridos entusiastas de Ana. Cerré los ojos un segundo. Ese sonido… hacía mucho que no lo escuchaba en mi casa. Sonaba a hogar. —¡Ya está la cena! —grité desde la base de la escalera, limpiándome las manos en el delantal. Escuché pasos apresurados y un golpe seco, como si alguien hubiese tropezado. Segundos después, aparecieron los dos bajando casi al mismo tiempo, compitiendo por quién llegaba primero. Michael venía riendo, despeinado, con esa sonrisa que siempre me desarma. Leo bajaba delante, arrastrando los pies y haciendo puc

