Llegué a la oficina más tarde de lo habitual y apenas crucé la puerta supe que Gabriel estaba de mal humor. Estaba de pie, junto a su escritorio, mirando el reloj con gesto impaciente. —Llegas tarde —dijo sin saludar—. Y no hay café. Ni siquiera me detuve a pedir disculpas. Dejé mi bolso sobre la silla y lo miré con calma, esa que se aprende cuando ya no se está dispuesta a agachar la cabeza. —No soy tu cafetera —respondí—. Y hoy tengo que irme temprano. Leo tiene fútbol y voy a buscarlo yo. Su expresión se tensó al instante. —Envía al chófer —ordenó—. Para eso está. Negué despacio. —No, voy yo. Soltó una risa corta, cargada de fastidio. —Esta noche tengo una cena con inversionistas y con mi padre —dijo, como si fuera una sentencia—. Quiero que me acompañes. Levanté la vista, fir

