La noche después del ataque, el castillo entero parecía contener la respiración. Los pasillos, normalmente ruidosos con el eco de pasos y voces, ahora estaban sumidos en un silencio espeso, como si hasta las paredes temieran lo que estaba por venir.
Selene no había dormido. Sus pensamientos eran una maraña de recuerdos, imágenes del combate y la mirada de Lion mientras luchaba por protegerla. Sus palabras, “podemos cambiar la Marca”, se repetían una y otra vez en su mente, encendiendo una chispa peligrosa: esperanza.
Sentada frente a la pequeña mesa de su habitación, repasaba mentalmente lo aprendido con la resistencia. Cada consejo de Mara, cada truco para pasar desapercibida, cada técnica de defensa… los guardaba como armas secretas. Sabía que su destino estaba marcado desde antes de nacer, pero ahora empezaba a preguntarse si era posible reescribirlo.
Esa mañana, su madre la visitó. Llevaba un vestido oscuro que parecía absorber la luz y un rostro serio que ocultaba cualquier emoción.
—Vi lo que hiciste anoche —dijo sin preámbulos—. Tu poder ya no puede ocultarse por mucho más tiempo.
Selene la miró con confusión y un poco de temor.
—¿A qué te refieres?
Su madre se acercó, apoyando ambas manos sobre la mesa.
—El linaje de las brujas de nuestra familia es antiguo, pero tú… tú eres distinta. Tu magia reacciona a algo que no comprendo del todo, y eso te hace peligrosa.
Selene tragó saliva, sintiendo que cada palabra era un peso más sobre sus hombros.
—¿Peligrosa para quién?
—Para todos —respondió su madre con un tono helado—. Para los vampiros, para los humanos… y para ti misma.
Antes de que Selene pudiera responder, la puerta se abrió. Lion entró sin anunciarse, con la seguridad de quien sabe que su presencia no necesita permiso. Llevaba el brazo vendado y el rostro marcado por el combate de la noche anterior.
—Necesitamos hablar —dijo, ignorando la presencia de la madre de Selene.
Ella lo observó con desconfianza, pero se apartó sin decir nada. Antes de irse, lanzó una última advertencia a su hija:
—No olvides quién eres, Selene. Ni de dónde vienes.
Cuando quedaron solos, Lion cerró la puerta y bajó la voz.
—El ataque de anoche no fue una simple represalia. Fue una advertencia. Están empezando a temerte.
Selene frunció el ceño.
—¿Temerme? Apenas puedo controlar lo que hice.
—Precisamente por eso —replicó Lion—. Tu magia es impredecible y eso te convierte en un elemento que no pueden controlar. Y lo que no pueden controlar… lo destruyen.
Un escalofrío recorrió la espalda de Selene.
—¿Y tú? —preguntó con cautela—. ¿También me temes?
Lion esbozó una sonrisa breve, casi triste.
—Te respeto. Y si eso significa temer un poco, supongo que sí. Pero no pienso apartarme.
Sus palabras, cargadas de una sinceridad que desarmaba cualquier barrera, hicieron que Selene sintiera un calor inesperado en el pecho. Sin embargo, antes de que pudiera responder, Lion sacó un pequeño pergamino doblado de su chaqueta.
—Esto lo encontré anoche en la sala del consejo. No sé qué significa, pero creo que tiene que ver contigo.
Selene tomó el pergamino y lo desplegó con cuidado. Estaba escrito en un idioma antiguo, pero algunas palabras se repetían lo suficiente como para que pudiera identificarlas: Luna roja… vínculo… traición… redención.
—No lo entiendo del todo —murmuró—, pero sé que habla de una profecía.
Lion asintió.
—Y si es como creo, tú eres el centro de esa profecía.
Selene sintió que el mundo se estrechaba a su alrededor. La idea de ser parte de algo tan grande y peligroso le provocaba tanto miedo como curiosidad.
Y en el fondo, una pregunta comenzaba a crecer:
¿Era su destino destruir la Marca de Medianoche… o salvarla?
La profecía parecía vibrar en sus manos, como si las palabras grabadas en el pergamino respiraran. Selene sintió un hormigueo en la piel, una mezcla de atracción y repulsión. Algo en su interior, una voz que no era completamente suya, susurraba: Esto eres tú.
—No podemos quedarnos aquí —dijo Lion con firmeza—. Si ellos descubren que tienes esto, será nuestra sentencia de muerte.
—¿Y qué propones? —preguntó Selene, aún sin apartar la mirada del pergamino.
Lion se inclinó hacia ella.
—Vamos a la biblioteca oculta. Hay registros antiguos que los vampiros no destruyeron porque ni siquiera saben que existen. Si esta profecía tiene respuestas, estarán allí.
Selene dudó por un instante, consciente de que cualquier movimiento imprudente podría costarle la vida. Pero la sensación de que ese papel era la llave para entender su lugar en todo aquello era demasiado fuerte para ignorarla.
Acordaron salir esa misma noche. Mientras el castillo dormía bajo la vigilancia de centinelas agotados, se deslizaron entre las sombras. El aire estaba impregnado de humedad, y el crujido de las piedras bajo sus botas era el único sonido que los acompañaba.
La biblioteca oculta se encontraba detrás de una pared falsa en la parte más antigua del castillo. Lion empujó una estantería, revelando un pasadizo estrecho y polvoriento. El olor a pergamino viejo y cera quemada los envolvió de inmediato.
Dentro, las estanterías se alzaban hasta el techo, repletas de libros con cubiertas desgastadas. Selene pasó los dedos sobre los lomos, leyendo títulos que hablaban de pactos de sangre, guerras olvidadas y artes arcanas.
—Aquí —dijo Lion, señalando una mesa en el centro—. Busca cualquier mención de la luna roja o del vínculo de sangre.
Horas pasaron entre páginas amarillentas, hasta que Selene encontró un tomo que parecía responder a la profecía. Sus manos temblaban al abrirlo.
Cuando la luna se tiña de rojo y la sangre de bruja se mezcle con la de un hijo de la noche, el destino de la Marca será sellado. Uno caerá, el otro renacerá.
Selene levantó la vista, encontrándose con los ojos intensos de Lion.
—Esto habla de nosotros… —susurró.
Lion frunció el ceño.
—O de alguien como nosotros. Pero si es cierto… significa que uno de los dos morirá.
El silencio cayó como una losa. Selene sintió un nudo en la garganta, un peso invisible que la apretaba desde dentro. Nunca había pensado en su futuro de forma concreta, pero la idea de morir —o de verlo a él caer— la atravesaba como una daga.
Antes de que pudieran procesar más, un ruido metálico retumbó desde el pasadizo. Voces graves, pasos apresurados. Lion apagó la única vela de la mesa y la empujó suavemente contra una estantería.
—Escóndete —susurró.
La puerta oculta se abrió de golpe y dos vampiros entraron. No parecían guardias comunes; llevaban capas negras y símbolos de alto rango grabados en sus hombreras.
—El pergamino fue robado —dijo uno—. El consejo quiere que se recupere antes del amanecer.
Selene contuvo la respiración, sintiendo que el corazón le golpeaba en los oídos. Lion permaneció inmóvil, como una sombra más entre las sombras.
Los vampiros revisaron la mesa y las estanterías cercanas. Uno de ellos se detuvo muy cerca del escondite de Selene. Podía oler su perfume, escuchar el ritmo contenido de su respiración. Pero entonces, desde el pasillo, una voz llamó a los intrusos.
—¡Se han visto intrusos en el ala norte!
Los dos salieron rápidamente, y Lion soltó un suspiro silencioso.
—Tenemos que irnos ahora —dijo, tomando el libro y el pergamino—. Esto es más grande de lo que imaginaba.
Mientras escapaban por el pasadizo, Selene supo que no había vuelta atrás. Su destino estaba atado al de Lion, y la profecía había marcado un camino que ninguno de los dos podía evitar.