Respiré hondo. No era la mujer que se marchó. Era la que había aprendido a sostenerse. —Déjame pensarlo —dije finalmente. Esa noche, sola en el nuevo edificio, caminé por los pasillos vacíos. El eco de mis pasos me recordó algo importante; ahora, el ruido lo hacía yo. Me detuve frente al ventanal. La ciudad brillaba, familiar, poderosa. Pensé en todo lo que había atravesado para llegar hasta aquí. En lo que dolió. En lo que costó… Volver no era rendirse, era elegir sin miedo. Apoyé la mano sobre el vidrio y tomé una decisión silenciosa. Esta vez, el pasado no iba a dictar mi futuro. Y si Nueva York insistía en recordarme quién fui… yo le mostraría quién soy ahora. … Nueva York siempre tuvo una forma particular de recibirme; el ruido, la velocidad, la sensación constante de que todo o

