Capítulo 2: Fingiendo sonrisas.

1941 Palabras
Narra Clara Ethan siempre ha sido muy dedicado, es un gran hombre. Siempre lo es, para los demás… Cuando vuelvo a mirar hacia donde estaba Ethan, lo veo reír. De verdad reír. No esa sonrisa medida que muestra en público, sino algo más genuino. Vanessa está frente a él, hablando animadamente. Siento una presión en el pecho. No recuerdo la última vez que lo hice reír así. Me quedo observándolos unos segundos más de los que debería. Hay complicidad en la manera en que se miran. Familiaridad. Algo que no se construye en reuniones formales. Decido irme temprano. Me despido de algunos conocidos y salgo del salón sin buscar a Ethan. No quiero enfrentar su sorpresa, ni su indiferencia educada. El aire de la noche me golpea el rostro cuando salgo. Respiro profundo, intentando despejar la sensación amarga que me acompaña. De regreso a casa, el silencio me recibe como siempre. Me quito los zapatos, dejo el bolso sobre la mesa y me sirvo un vaso de agua. El reflejo en el vidrio me devuelve una imagen cansada. No triste, sansada. Me siento en el sofá y cierro los ojos. Las escenas del evento vuelven una y otra vez. La risa de Ethan. La mano de Vanessa. La forma en que él no me buscó en ningún momento. No hubo traición evidente. No hubo palabras indebidas. Y aun así… duele. Porque el amor no siempre se pierde con un engaño. A veces se va diluyendo en gestos que nunca llegan, en miradas que se desvían, en risas que ya no te pertenecen. Cuando Ethan llega, es tarde. Mucho más tarde de lo habitual. Lo escucho entrar, dejar las llaves, caminar por la casa. —¿Clara? —llama. Me sorprende. Nunca me busca. —Estoy aquí —respondo desde la sala. Aparece en el umbral, aflojándose la corbata. —No te vi irte —dice—. Pensé que te habías quedado. —Me sentí cansada —contesto. Asiente, como si eso explicara todo. —Fue un buen evento —agrega—. Los socios quedaron satisfechos. —Me alegra. Se queda de pie unos segundos, como si quisiera decir algo más. No lo hace. —Voy a ducharme. —Está bien. Lo observo alejarse por el pasillo, sintiendo que cada paso suyo me empuja un poco más lejos. Esa noche, cuando se acuesta a mi lado, algo cambia. No es evidente. No es drástico. Pero yo lo siento. Por primera vez, no me acerco esperando algo. No espero que me abrace. No espero que me mire. Me doy la vuelta y cierro los ojos. Y en ese gesto pequeño, silencioso, empiezo a entender algo que me asusta más que cualquier traición, estoy comenzando a rendirme. El cansancio ya no se va durmiendo. Lo noto al despertar, cuando abro los ojos y el peso en el pecho sigue ahí, intacto, como si nunca hubiera cerrado los míos. Ethan ya no está en la cama. Su lado está frío. No recuerdo haberlo sentido levantarse. Me quedo unos minutos mirando el techo, escuchando los sonidos lejanos de la casa. El murmullo de la cafetera en la cocina. Pasos firmes. El día comienza para él como siempre. Para mí, es solo otro intento de no sentir. Me levanto despacio y voy al baño. El espejo me devuelve una imagen que me resulta extraña. No porque haya cambiado físicamente, sino porque hay algo en mis ojos que antes no estaba, una especie de distancia, como si ya no estuviera completamente aquí. Me ducho, me visto, bajo a desayunar. Ethan está revisando su teléfono, con una taza de café en la mano. Ni siquiera levanta la vista cuando me siento frente a él. —Buenos días —digo. —Buenos días —responde, automático. Comemos en silencio. El sonido de los cubiertos contra el plato llena el espacio entre nosotros. Podría hablar, podría preguntarle por la reunión de ayer, por el proyecto de Londres, por Vanessa. No lo hago… Porque estoy cansada de ser la única que intenta cruzar ese espacio invisible que nos separa. —Hoy llegaré tarde —dice de pronto—. Tengo una cena con unos socios. Asiento. —Está bien. No pregunta si yo tengo planes. Nunca lo hace. Cuando se va, recojo la mesa y me quedo ahí, de pie, sin saber muy bien qué hacer conmigo misma. Antes, de organizar y asegurarme que todo en casa marche en orden, me doy cuenta que al pasar frente al despacho de Ethan, su puerta está entreabierta. No suele dejarla así. No entro por curiosidad. Entro porque algo dentro de mí ya está buscando respuestas, aunque me asuste encontrarlas. El escritorio está impecable. Documentos ordenados. La computadora apagada. Sobre una silla, la chaqueta que usó en la gala. La tomo por impulso, con la intención de colgarla. Es entonces cuando lo veo. Una mancha tenue en el cuello de la camisa. Una mancha carmín. No es grande. No es escandalosa. Es tan pequeña que alguien que no estuviera buscando motivos para sufrir podría ignorarla sin problema. Yo no puedo. Mi corazón se acelera. La tela tiembla entre mis dedos mientras acerco la mancha a la luz. No hay duda, conozco ese color. Lo vi en los labios de Vanessa. Mi mente empieza a construir escenarios sin pedir permiso. Un roce accidental. Una cercanía innecesaria. Una risa demasiado cerca. Respiro hondo, intentando calmarme. No hay pruebas, no hay nada concreto. Ethan no es un hombre infiel. Nunca lo ha sido. Pero eso no hace que duela menos. Cuelgo la chaqueta y salgo del despacho, sintiendo que algo se ha roto dentro de mí. No de golpe. No con estruendo. Con un crujido lento y silencioso. Esa noche, Ethan llega tarde. Mucho más tarde de lo que dijo. Lo escucho entrar, hablar por teléfono en voz baja, reír suavemente antes de colgar. —¿Aún estás despierta? —pregunta cuando entra al dormitorio. —Sí. Se acerca, se quita el reloj, deja sus cosas sobre la cómoda. Lo observo con atención. Cada gesto. Cada movimiento. Busco algo que confirme o niegue mis miedos. —¿Todo bien? —dice, notando mi mirada. Dudo. Podría preguntarle, podría mostrarle la camisa. Podría exigir una explicación. Pero algo dentro de mí se detiene. Porque no quiero ser la mujer que pide amor como si fuera una aclaración pendiente. —Sí —respondo—. Todo bien. Asiente y se acuesta a mi lado. El colchón se hunde ligeramente bajo su peso. Está cerca, pero se siente a kilómetros. —Fue una cena larga —dice—. Mucho que discutir. —Lo imagino. Guarda silencio. Yo también. Me doy la vuelta, dándole la espalda. Mis ojos se llenan de lágrimas que no dejo caer. No quiero que me vea así. No quiero que me pregunte qué me pasa, porque sé que no sabría qué responder. Lo que me pasa no cabe en una explicación breve. Es una suma de ausencias. De gestos no hechos. De palabras nunca dichas. Esa noche no dormimos juntos, aunque compartimos la cama. Y mientras escucho su respiración tranquila, una idea empieza a tomar forma en mi mente, clara y aterradora… Tal vez Ethan nunca fue mío. Tal vez solo fui la esposa que estaba ahí cuando él no miraba a ningún lado. Y por primera vez desde que me casé, me pregunto algo que cambia todo ¿Cuánto tiempo más puedo seguir viviendo así sin perderme por completo? El momento exacto en el que una deja de hacerse preguntas para no sufrir. No ocurre de golpe. No hay un pensamiento claro que diga basta. Es más bien como cuando el cuerpo deja de reaccionar a un dolor constante, no porque sane, sino porque se protege. Eso me pasó esa semana. Dejé de preguntarme si Ethan llegaría temprano, dejé de esperar mensajes que nunca enviaba. Dejé de imaginar excusas para sus ausencias. Y en ese silencio autoimpuesto, empecé a ver con una claridad que antes me daba miedo. La gala anual de Blackwood Enterprises estaba a pocos días. Era el evento más importante del año, el que consolidaba alianzas, cerraba acuerdos, alimentaba titulares. Siempre había sido nuestro evento, al menos en apariencia. Yo me encargaba de cada detalle, invitaciones, protocolo, estética, acompañamiento. Ethan confiaba en mí para eso. Confiaba en mí para sostener lo que él no tenía tiempo de mirar. Esa mañana, mientras revisaba la lista final de invitados, noté el nombre de Vanessa Reed resaltado en la pantalla. Socia externa. Invitada principal. Mesa central. No debería importarme, me dije. Pero lo hizo. No por celos desbordados, no por rabia… sino por cansancio. Porque su presencia siempre venía acompañada de algo más: una energía distinta en Ethan, una atención que yo nunca lograba despertar. —¿Está todo listo para la gala? —preguntó Ethan esa noche, mientras se quitaba el saco. —Casi —respondí—. Falta confirmar algunos detalles de último momento. —Bien. Confío en ti. Solo esa frase funcional que usaba para todo. Asentí, y por primera vez no sentí orgullo por esa confianza. Sentí que era una forma elegante de delegar lo que no quería cargar. —Vanessa estará allí —añadió, como quien menciona el clima. —Lo sé. Me miró, quizá esperando algo más. Una reacción. Una pregunta. Un comentario. No le di nada. Y algo en su expresión pareció desconcertarlo, aunque no dijo nada. Los días siguientes fueron una sucesión de escenas pequeñas que, vistas juntas, formaban una imagen demasiado clara para seguir ignorándola. Ethan contestando llamadas tarde por la noche, saliendo del cuarto para no molestarme. Ethan sonriendo al leer mensajes que nunca compartía. Ethan llegando a casa con esa energía ligera que no traía cuando estaba conmigo. No había culpa en sus gestos. No había nerviosismo. Eso era lo que más dolía. Porque no se cuidaba de mí. No porque quisiera herirme, sino porque nunca pensó que lo haría. Una tarde, fui a la empresa para revisar personalmente algunos detalles del evento. Caminé por los pasillos que conocía tan bien, saludando a empleados que me sonreían con familiaridad. Siempre había sido respetada allí. No solo por ser la esposa del CEO, sino porque trabajaba, porque cumplía, porque estaba. Al doblar una esquina, escuché risas. La de Ethan, la de Vanessa. No me vieron de inmediato. Estaban de pie, demasiado cerca para ser estrictamente necesario. Ella decía algo animadamente, tocándole el brazo al hablar. Él inclinaba la cabeza para escucharla mejor. No era una escena comprometedora. Era algo peor. Era natural. Cuando me vieron, Vanessa fue la primera en reaccionar. —¡Clara! —exclamó, con esa sonrisa perfecta que siempre llevaba—. Justo hablábamos de la gala. —Eso parece —respondí, tranquila. Ethan se acercó. —¿Todo bien? —Sí. Solo vine a revisar unos detalles. Vanessa me observó con atención, como si evaluara algo. No había hostilidad abierta en su mirada. Tampoco inocencia… Había interés. —Ethan siempre habla maravillas de tu organización —dijo ella—. Sin ti, estos eventos no serían lo mismo. Lo dijo mirándolo a él, no a mí. Ethan asintió. —Es muy buena en lo que hace. Muy buena… No importante, No imprescindible, No mi esposa. Sonreí por pura costumbre. Me despedí poco después, con una educación impecable que me supo amarga. Al salir del edificio, sentí un nudo en la garganta que no quise tragar. No era rabia, era decepción. Porque entendí algo con una claridad incómoda, Ethan no estaba haciendo nada mal según sus propios parámetros. No cruzaba líneas evidentes. No mentía. No engañaba. Simplemente… no me elegía.
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