Maison
Llego a casa, después de dejar a Hayley en la suya, y se siente tan vacía sin mamá quien murió de leucemia hace un año; ha sido muy difícil para mí. En la escuela y frente a mis amigos, sigo siendo el Maison divertido de siempre, pero, al llegar aquí, su ausencia me ahoga.
Hayley –mi pequeña, como le digo por cariño–, fue mi apoyo en los momentos más duros. Su compañía era lo único que menguaba mi pena.
Recuerdo la primera vez que la vi, la ternura en su mirada acaramelada me cautivó; era tan pequeña y linda a la vez… de ahí surgió el apodo, sé que lo odia, pero adoro verla rabiosa.
En los últimos tiempos, se me ha hecho casi imposible estar a su alrededor porque, no lo puedo negar, cada vez es más sexy, pero entre Hayley y yo solo puede existir una amistad, odiaría hacerle daño. Además, Axxel –su hermano mayor y mi mejor amigo–, me amenazó con cortarme las pelotas si me acercaba a ella con otra intención.
—¡Maison, ya estoy en casa! —Es mi padre.
Me meto en mi habitación apenas lo escucho, ya que nuestra relación no es la más cordial desde que mamá murió; él ha estado teniendo citas y resolvió su vida con tanta facilidad que no puedo evitar sentirme enojado.
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Como cada sábado, estoy en casa de Axx encestado la pelota en el aro; jugar con él es la excusa perfecta para estar cerca de Hayley. Él no se ha dado cuenta, pero no me emociona el básquet sino ver a su hermanita. A veces, tengo suerte y la veo usando un sexy bañador cuando entra a la piscina… esos son mis mejores días.
Como si la hubiera invocado, Hayley aparece con el cabello atado en un moño alto, una camiseta holgada y con unos pantalones cortos, tan cortos que me roba el aliento.
¡Oh, Dios! ¡Me está matando!
Agradezco que se marchara a su habitación porque estuve por lanzar al caño nuestra amistad y devorar sus labios; me ganaría una paliza de Axx y no me importaría recibirla.
¡Joder! No puedo seguir resistiéndome a la divina tentación que es Hayley Wilson.
«---»
—Despierta, dormilón. —susurra Hayley antes de golpearme la cabeza con un cuaderno. No sé cuánto tiempo estuve dormido sobre la mesa del cafetín, anoche no pude pegar un ojo pensando en ella y en sus pantalones cortos.
—¡Oye! ¿Qué tienes? ¿Estás enfermo?
—¡Oh, pequeña Hayley! Maison Hudson no se enferma, solo tenía sueño. —respondo, con una sonrisa. Mis mañanas mejoran cuando su luz llega a mí.
—De eso no hay duda, Maison —espeta Axxel en tono burlón—. Si hasta estabas babeándote.
—Muy gracioso, Axx. —replico.
Trato de disimular al ver a Hayley, pero ella en verdad lo hace imposible, cada vez que se pone ese vestido amarillo me tengo que alejar, resalta cada una de sus cualidades y, como complemento, trae el cabello suelto; es hermoso y castaño, llega justo debajo de sus caderas.
Si la miro por más de dos minutos, comienzo a excitarme. No puedo dejar que esos pensamientos se profundicen en mi cabeza: Hayley está prohibida, ¡prohibida!
—Hoy me invitó a salir Evan. —revela sonriendo.
—Ni de broma. —gruñimos Axx y yo.
—Claro que saldré con él, ya no soy una niña. Si es por ustedes, me convierto en monja. —se levanta de la silla y sale enojada. Nunca la había visto tan furiosa.
Yo también estoy cabreado, ¿a qué viene eso de una cita? De ninguna manera va a salir con Evan, él no es bueno para ella, es un cretino. Tengo que arreglar esto de alguna forma.
—Sabes, Maison, creo que Hayley tiene razón, nunca ha tenido una cita y necesita conocer a alguien, no puede estar siempre pegada a nosotros toda la vida.
¡Se volvió loco!
No puedo decirle a Axx que no estoy de acuerdo, ni que Hayley es muy inocente para salir con Evan o con ningún otro ¿Cómo le digo que tengo celos? ¿Cómo lo hago si él es su hermano y yo solo amigo?
—Como sea. —suelto restándole importancia y lo dejo flirteando con una sexy pelirroja; creo que ni notará que me fui.
A esta hora, el instituto es muy ruidoso por lo que decido buscar un lugar más tranquilo para relajarme. Sin darme cuenta, llego a la cancha de fútbol y comienzo a trotar; hacerlo me ayuda a poner las cosas en perspectiva.
Mientras corro en círculos en el campo, mi cabeza también da vueltas en torno a Hayley y a su cita. Es tan absurdo seguir pensando en esto, ella me gusta y de ninguna forma voy a permitir que salga con ese imbécil, lo odio.
Después de trotar por no sé cuánto tiempo, tomo una ducha para ir por Hayley. Aunque no sé si sea lo mejor decirle que me gusta desde hace mucho y que muero de celos al imaginarla con el imbécil de Evan, porque ¿y si me rechaza? ¿Y si daño nuestra amistad para siempre?
¡Mierda! Jamás me he sentido más confundido con respecto a ella que hoy.
Una vez vestido, salgo de ahí con la mirada fija en el teléfono móvil mientras le escribo un mensaje a la pequeña que me trae como loco. Voy tan concentrado mirando la pantalla, que choco con un cuerpo, un cuerpo de una chica, una chica con un hermoso cabello rubio que le cubre el rostro, un rostro que es develado cuando aparta las hebras doradas de él con sus finos dedos.
Es bella, es realmente bella.
Sus ojos son grises y expresivos.
El gris es mi color favorito desde ahora.
—Lo siento mucho. —dice apenada. Su voz dulce y melodiosa, suave y cautivadora.
—Es mi culpa. —tartamudeo. Por lo regular, soy muy seguro con las chicas; pero con ella no sé qué me pasa, me pone nervioso.
—Busco la clase de la señorita Rosmery. —Canta de nuevo al hablar. Mi cerebro ordena a mis labios que se muevan, pero no obedecen; esta chica tiene toda mi atención y no sé ni su nombre.
—¡Oye! ¿La clase de la señorita, Rosmery? —insiste.
—Sí, disculpa. ¿Cómo dijiste que es tu nombre? —hablo esta vez con un poco más de seguridad, muy poca.
—No te lo he dicho. —responde con una pequeña risita angelical.
La rubia –quien aún no me dice su nombre– se coloca un mechón de cabello detrás de la oreja. Trago grueso por las imágenes que se vienen a mi mente al ver su cuello expuesto: mi lengua saboreando su piel, mis manos en su… contrólate, Maison.
—Mi nombre es Rebeca.
Rebeca, repito su nombre en mi mente varias veces.
Me gusta como suena, es agradable, es lindo… creo que me estoy enamorando de Rebeca.
—Yo soy Maison, también voy a esa clase. ¿Eres nueva aquí? —Ella asiente y vuelve a sonreír, quiero ser la razón de todas y cada una de sus sonrisas.
Caminamos juntos mientras le hago miles de preguntas, adoro hablar con ella, no dejo de mirarla; sus labios son tan provocativos, uno es más lleno que el otro, el inferior es el que me trae dando vueltas. Estoy algo hipnotizado ante ella, es antinatural y poderoso.
—Y bien, ¿dónde es la clase? —pregunta por tercera vez.
Iba tan absorto en Rebeca que olvidé a donde iba. Volvemos sobre nuestros pasos y veo como sus mejillas se ruborizan, creo que yo también le gusto.
¡Joder! Necesito gustarle.