El despacho olía a sexo, a perfume barato y a whisky caro derramado sobre la madera. Un olor espeso, cálido, pegajoso… indigno de mi espacio y, sin embargo, demasiado acorde al desastre que acababa de provocar. La mujer ya se había ido; ni siquiera noté cuándo. Solo escuché el portazo y el clic de sus tacones alejándose por el pasillo como si huyera de algo peligroso. Me abroché los botones de la camisa. Uno. Dos. Tres. Demasiado brusco, demasiado consciente de mis propios dedos temblorosos. No sabía si era por la rabia… o por otra cosa que me negaba a nombrar. No miré hacia la puerta. No hacía falta. La imagen estaba clavada en mi cabeza como un vidrio roto. Allysel… Pálida, paralizada, rota. Como si le hubiera apuntado con un arma. Como si yo… la hubiera traicionado. «No es mi probl

