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1952 Palabras

El coche no era un auto común. Era un monstruo blindado, silencioso y elegante, diseñado para mover a alguien importante. A alguien poderoso. A Davide. Él abrió la puerta trasera y me indicó con un gesto cortés —demasiado cortés, demasiado medido— que subiera. Yo obedecí, sintiendo la tela del vestido tensarse en mi espalda con cada movimiento. Luego entró detrás de mí, ocupando el asiento a mi derecha. La proximidad inmediata me hizo contener el aire sin quererlo. Su presencia llenaba el espacio, incluso aunque no hiciera nada más que sentarse. Cerró la puerta con un golpe suave. Un silencio de ataúd se formó dentro del coche. El motor arrancó. Enrico se instaló en el asiento del copiloto. No habló. El conductor tampoco. —Respira —dijo Davide sin mirarme. No fue una sugerencia. Ta

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