Nina, un tanto consternada por la noticia recibida, se levantó al día siguiente cansada y aun confunda. Pero eso no le impidió tratar de volver a ser la misma, por lo que se dio un buen baño, se secó el cabello como de costumbre creando unas ligeras ondas de medias a puntas; se maquilló con tonos naturales, buscó un cambio informal, pero sin perder su elegancia, y salió en dirección al jardín que era de su madre.
La residencia tenía grandes árboles y arbustos que eran recortados dando vida a distintas figuras. Un pavorreal que adornaba la esquina en el área de la piscina, era el que llamaba mucho la atención de la única hija del matrimonio; le resultaba un animal exótico y elegante a la vez.
Disfrutaba recordar cómo su madre cuidaba con afán cada flor, arbusto, árbol, y ser vivo dentro de esa enorme residencia. Pero su favorito, era sin duda el árbol que sostenía una pequeña casa de madera que su padre había hecho con sus propias manos. Algo increíble pero cierto; aunque también Fermín tuvo mucho que ver, pues fue quien indicó como debía hacerse.
Era un pequeño espacio que solía compartir con Shaina y su prima Victoria en su infancia. A ella le resultaba un sitio mágico, pues adentro había una mesa pequeña en la que siempre se encontraba una copa con cerezas; sus favoritas. A veces estaban ya caducadas y era una pena tener que arrojarlas a la basura, pero las otras veces, las encontraba en perfecto estado para degustar.
Al principio, solía creer que era obra de los duendes que habitaban en el jardín de su madre, pues ella solía contarle ese tipo de historias. Alimentaba su imaginación diciéndole que las mariposas eran en realidad hadas disfrazadas y un sinfín de cuentos fantasiosos que Nina escuchaba con atención.
Pero cuando su madre murió, ya no hubo quien alimentara su imaginación llegando a la deducción de que no existían los duendes, y que en realidad era Fermín quien dejaba los frutos rojos.
Nunca lo comprobó, pero decidió quedarse con la realidad que ella creía, a la fantasía que su madre le había dibujado.
Cuando entró al bachillerato, las cerezas dejaron de aparecer. Supuso que Fermín la veía bastante grande como para seguir con ese juego y probablemente ya sabía que ella lo había descubierto. No le tomó importancia a ese detalle, supo que no habría más cuando las últimas por las que subió ahí, contenían un bello listón rojo; era como una despedida a ese juego que consideró en su momento mágico y divertido.
Subió a la pequeña casa del árbol recostando la cabeza sobre sus brazos asomando por la pequeña ventana, no tardó mucho y vio a uno de los custodios saliendo a toda prisa en modo alerta mirando a todos lados. Le resultó divertido ver que lo más probable era que la estaba buscando a ella.
―¡Oye! ―llamó incorporándose un poco captando inmediatamente la atención del chico, quién con una expresión de alivio se le acercó deteniéndose al pie de la ventana.
―Señorita ―saludó aliviado―, buenos días.
―Buenos días. Eres el mío, ¿verdad? ―inquirió amistosamente obteniendo una sonrisa del custodio.
―Todo suyo, señorita ―respondió con voz pícara.
—Eso suena bien ―dijo con naturalidad sin percatarse de que sus palabras podían tomarse con otro sentido―. Te ves más agradable que tu compañero.
―¿Ah, sí? ―cuestionó atento.
―Sí. No pareces gruñón como el otro, aunque te ves como un típico chico malo. Lo cual espero que no sea así o estaremos en constantes problemas, y sinceramente no me gusta que las personas pierdan su empleo por mi culpa.
—Lo siento, señorita ―se disculpó creyendo que estaba haciéndole un llamado de atención―. Debí estar alerta mucho más temprano. Tal vez si me diera sus horarios desde que…
—Oye, tranquilo —interrumpió ella—. No voy a escabullirme ni esconderme de ti. Te han contratado para cuidarme porque podría estar en peligro, ¿qué te hace pensar que voy a exponerme? O sea, ni loca. A donde vaya, tú vas a cuidarme ―anunció―, porque qué miedo ser perseguida. No por ti obviamente. Sabes a qué me refiero. Aunque pienso que dentro de la mansión no tendrías que seguirme a todos lados. Está muy bien cuidada por personas de tu agencia, y hay cámaras por todos lados; o al menos eso vi que estaban instalando hace un rato.
—Así es, señorita. La residencia estará monitoreada. Pero he recibido órdenes estrictas y muy precisas de su padre ―explicó―. Si no sale de mi radar se lo agradeceré porque facilitará mi trabajo.
—Claro. Aunque creo que no deberías tomarte tanta confianza. Basta con un sí, señorita o no, señorita —añadió la chica con un toque de diversión en su voz.
—S-Sí, señorita —titubeo el escolta confundido.
—Ja, ja, ja, tranquilo muchacho. Relájate, solamente bromeo. Considero que, debemos ser amigos porque pasaremos mucho tiempo juntos, y bueno… yo no soy muy callada que digamos. Y, ¿sabes? Aunque este lugar no es muy alto me resulta incómodo tener que hablarte como si fuera un intento de Julieta, porque tú de Romeo no tienes la pinta. ¿Por qué no subes?
—No creo que sea buena idea —respondió dudoso.
—Son órdenes, chico. Sube.
Román sin poder rechistar, se vio obligado a obedecer.
Era bastante alto que apenas y pudo entrar. Se sentó con un poco de dificultad a un costado de Nina mirándola sin cuidado. Ella correspondió al gesto sin importarle que su custodio estaba consciente de que ella analizaba su rostro con detenimiento y fascinación.
—No creo que sea buena idea eso de ser amigos. Es decir, mezclar vida personal con trabajo…
―Nada te parece buena idea. Si te pones a pensar, yo soy parte de tu vida personal ahora, y únicamente por el hecho de que estarás veinticuatro siete —dijo en un arremedo a su padre, por lo que ambos sonrieron—, pegado a mí. Así que aligera tu trabajo, y dedícale tiempo a tu vida personal. No eres mi esclavo tampoco, y es incómodo ser perseguida por un soldado de acero sin sentimientos todo el tiempo. Prefiero que no sea así.
—De acuerdo. Si eso quiere, trataré.
—No trates. Hazlo ―ordenó―. ¿Qué tal? Rechazando mi amistad.
―No es eso, señorita…
—De acuerdo ―zanjó ella con gran carisma, y una agradable sonrisa―. Así se habla. Ahora dime, ¿cuál era tu nombre?
—Román Lee.
—¿Tus amigos como te dicen?
—Román.
—Muy bien, Román. Tenemos un buen comienzo. Puedes decirme como gustes, tal vez solo Pame; así me dicen mis amigos. Bueno, en realidad ahora que lo pienso, solamente Shaina es mi amiga… en fin. Mi papá siempre me llama Giannina, no entiendo por qué gastar tantas letras.
—Tal vez su padre no quiere desperdiciar un nombre tan bonito con diminutivos, ¿lo había pensado?
—Cuando digo que no entiendo por qué gastar tantas letras, es porque no lo entiendo ni me interesa hacerlo. Así que sinceramente, no —confesó sin tomarle mucha importancia perdiendo la mirada en un rincón de la pequeña casita.
Un gesto en particular que llamó la atención de aquel muchacho que empezó a ser su sombra. Le resultó intrigante la indiferencia en relación con el tema, la expresión de aquella chica se tornó pensativa.
—Ya lo sabe entonces.
—¿Tu cómo me llamarías? ―preguntó sumamente interesada.
—Nina es bonito ―aseguró embelesado en aquella chica quien regresó su postura en la ventana.
—Que gusto que sea el único nombre, entonces.
—¿Y qué hace aquí tan temprano? —inquirió centrándose en la decoración del sitio para que su atención hacia la chica no fuese tan notoria―. Si no le incomoda mi intromisión, obviamente.
Observó una hilera de focos tipo navideños que colgaban de un pequeño sofá color melocotón. Dentro todo era color blanco y salmón con algunas muñecas de felpa adornando los rincones; algo típico que describiría el sitio de juegos de una niña. Pero lo que más llamó la atención de aquel muchacho, fue la mesita que tenía en el centro la copa vacía; la misma donde Nina encontraba las cerezas.
—Cuando me siento sola, me gusta venir y recordar un poco a mi madre —confesó dejando escapar un suspiro.
—Debo suponer que ese jardín le pertenecía —indagó con fijación en el jardín asomándose un poco a la ventana.
—Así es. Cuando ella murió, papá tardó casi un año en encontrar un buen jardinero que supiera darle el mismo cariño y cuidado que ella le daba a sus flores. ¿Puedes creerlo?
—Pues hizo buena elección porque parecen unas flores muy felices.
—Ja, ja, ja. Te escuchaste como Bob Ross. ¿Sabes quién es?
—Afirmativo. El pintor con cabello a la afro, ¿cierto?
—Ese mismo. En fin, este jardín nos la recuerda. Ella está ahí, y he visto que papá la busca cuando la necesita.
—Debe resultar difícil estar sin la persona que se ama.
—Mucho. Puedo verlo en papá. Cuando tengo la oportunidad de encontrarlo aquí en la casa. Pasa mucho tiempo en su trabajo ―mencionó mirando nuevamente al chico.
—¿Cómo puede estar cómoda en este lugar? —cuestionó el custodio tratando de estirar sus largas piernas, lo cual resultó chistoso para Nina.
—Nunca dije que lo estuviera ―obvió riendo por la situación incómoda en que se encontraba el chico―. Sin embargo, me gusta venir aquí de vez en cuando. Fue mi sitio de juegos durante mi infancia.
—Ya veo. Se nota con claridad. Y se nota que le dan mantenimiento y limpieza ―señaló observando sin disimular el lugar por segunda vez―, no veo ni una partícula de polvo por aquí, o una telaraña siquiera.
—Fermín se encarga de cuidar mi rinconcito.
—Se esmera por lo que veo.
—¿Y cuál es tu historia? —interrogó ella con evidente curiosidad re acomodándose en su sitio, dándole la espalda a la ventana.
—No sabía que debería tener una historia ―respondió.
—Claro. Todos los guardaespaldas deben tener una. Las personas en general deben tener una en realidad.
―¿En serio?
―Sí. Por ejemplo, los guardaespaldas: algunos fueron miembros de algún cartel, otros son soldados o policías retirados… profesiones de ese tipo. ¿Cuál es la tuya?
—No la tengo. Y no se preocupe, no soy ninguna clase de mafioso si es lo que le preocupa.
—Si tú lo dices ―dijo resignada―. Supongo que debo ganarme más tu confianza.
—Señorita, no se ofenda por lo que le diré. No me molesta su trato hacia mí, pero me pica la curiosidad.
―Suéltalo, ¿qué quieres saber?
―¿Acostumbra hablar así con sus empleados? —cuestionó intrigado alzando una de sus cejas.
—No eres mi empleado sino de mi papá ―aclaró ella.
—Bueno, eso es verdad. Gran observación ―asintió―. Me alegra poder trabajar con alguien como usted.
—Me caes bien ―señaló ella sonriente.
—Al menos sé que no me gritará.
—No es lo mío.
—¿Y hará algo hoy, señorita?
—He estado planteándome la idea de ir al Club Britania para buscar a Leonardo y hablar con él.
—El chico que vino anoche con su padre ―recordó.
—Sí. Es que no estoy de acuerdo con la noticia que me dieron anoche. ¡Es una locura! ¿Ya sabes qué fue? Todos aquí ya deben saberlo.
—Me parece que soy el único que no fui informado entonces. Así que, si usted me lo quiere confiar, puedo escucharla con atención.
—Mi padre ha dicho que va a comprometerme en matrimonio con Leonardo, ¡y ni siquiera lo conozco bien!
—Vaya ―observó―. Un matrimonio por conveniencia. Creí que eso era solo de telenovelas y así… ya sabe, demasiado anticuado. Es algo muy extremo, pero el señor Armando debe tener sus razones.
—Aun así, no son válidas para querer llegar a eso. Dijo que eran asuntos de la compañía de mi madre y no sé qué mierda más. O sea, he tratado de comprender todo lo que me ha dicho, pero realmente no entendí nada. Únicamente que mi prima y su prometido se quedarán con mi herencia si no me caso con Leonardo.
—¿Y se pone a la defensiva sin haber entendido nada? ¿Cómo argumentará con validez esa postura?
—Bueno, por eso es que no dije mucho, creo. Pero ya se me ocurrirá algo.
—¿Y ese joven está de acuerdo?
—No lo sé. Pero no objetó nada. Por eso es que quiero ir al Club.
—¿Y qué la detiene?
—Estoy segura de que Cesar estará ahí.
—¿Y Cesar es…? ―indagó.
—Mi ex. Hace dos meses lo encontré en la zona de spa cogiéndose a una de las masajistas ―reveló haciendo una mueca de asco.
—Guau, que fuerte. Ese chico la jodió bastante. Sin intención de incomodarla y sin afán de faltarle al respeto, usted es muy hermosa señorita, y por estos escasos minutos me atrevo a decir que no es igual a las de su clase. ¿En qué estaría pensando ese imbécil?
—No lo sé. Pienso que él no lo notó —mencionó con tristeza—. Y no creo que le importe. A nadie le importa en realidad lo que tenga que ver conmigo si no es para sacar beneficio.
—¿Y si lo afronta? Tal vez aun le duela verlo, pero una herida no cierra sin una buena curación.
—Cierto... Tienes razón ―coincidió pensativa―. Vamos al Club, buscaré a Leonardo y le obligaré a ayudarme a buscar una solución mejor que no involucre un matrimonio forzoso.
El chico sonrió ante la decisión y completa confianza de Nina por lo que, en un gesto de aprobación, cerro el puño levantando el pulgar.
Ella se levantó de su sitio saliendo a gatas hasta pisar la pequeña escalera. El guardia se quiso levantar, pero solo logro golpearse la cabeza con el techo de la pequeña casa, ambos rieron y terminaron por bajar de ahí.