―¿Eres tú, Vicky? —preguntó volteando hacia todos lados consiente que era inútil hacerlo pues la venda en sus ojos no le iba a permitir confirmarlo. ―Nina ―susurró asustada―. No alces la voz, van a escucharte. Tenemos que ayudarnos para escapar. ―¿Cómo haremos eso? —Sorbió su nariz. ―Tenemos que llegar una a la otra… hay que intentar aflojar las cuerdas ―Los pasos pesados del hombre se escucharon tras la puerta, y ambas se quedaron quietas―. No hagas ruido. ―Vigila la puerta, el jefe dijo que mañana enviará instrucciones ―dijo el hombre a alguien más. ―Ahora, Nina ―susurró Victoria. ―¿Qué… Qué hago? ―Solo muévete y búscame sin hacer tanto ruido. Ambas chicas se removieron como orugas por toda la habitación, pero no lograban tocarse. ―No, espera Nina. Háblame, pero no tan fuerte…

