**ELARA** Waldina estaba sentada junto a él, observándome con esa serenidad irritante que siempre me ha sacado de quicio. Tenía las manos cruzadas sobre las rodillas y una expresión de calma perfecta en el rostro, como si ella fuera la encarnación misma de la virtud. No dijo nada; no necesitaba hacerlo. Su silencio era más elocuente que cualquier palabra: ella era la hija perfecta; yo, la oveja negra. Por un instante pensé en gritarles todo lo que llevaba dentro, en lanzarles a la cara cada reproche acumulado durante años. Pero me mordí el labio y contuve las palabras hirientes que pugnaban por salir. En lugar de eso, esbocé una sonrisa irónica y los miré a ambos con desafío. “Que me juzguen”, pensé mientras cruzaba la sala sin detenerme. “Que me miren con decepción si quieren. Yo ya el

