**JULIAN** Me acomodé la ropa con torpeza, como si ese gesto inútil pudiera devolverme la compostura que había perdido entre sus brazos. Era absurdo, lo sabía, pero en ese momento no tenía otra opción más que aferrarme a algo, aunque fuera a una apariencia de control. Me dejé caer en mi silla giratoria con un intento desesperado de aparentar calma, pero por dentro todo era un caos. Cada vez que la imagino con otro hombre, la sangre me hierve y la vista se me nubla. Es como un veneno que corre por mis venas, un tormento que no sé cómo manejar. La idea de compartirla, de que alguien más pueda rozar lo que yo acabo de poseer, me consume de una manera que me da miedo admitir. Ella, como si pudiera leer mi rabia —o tal vez porque disfruta provocarla—, se sentó en el sillón frente a mí con esa

