—Te advierto solamente, que no juegues en terreno que no conoces y mucho menos contra alguien que no está solo. Madura de una vez. Me reí de manera sarcástica y cínica. —Pero yo no estoy jugando contigo. Ni con el pelele de tu hermano ¿entiendes eso? —arrojé—. Y tranquilo, como te dije, me largo. Ya no tendremos que soportarnos más. Está claro que no te agrado. —Ni en lo más mínimo —admitió él sin problemas y sin alterarse todavía, manteniendo la taza cerca de sus labios, quizá para calentarse con el vapor de la bebida. —Ya decidirá él si quiere o no venir conmigo y con su hijo —agregué, volteándome de nuevo hacia la ventana, con el entrecejo arrugado por el fastidio de tener a ese insolente a mi lado. Pero parecía que no tenía opción, después de todo estaba en su casa. —¿Y qué prete

