Nadia Flores
Estoy en casa terminando de arreglar la habitación del niño mientras él ve la tele recostado en uno de los sillones cuando en eso escucho unos toques a la puerta y de una voy a abrazar a mi hijo, él me aleja y niega.
— Ese no es mi padre, mamá. — Me dice, los toques volvieron a sonar y me tranquilizo un poco, pues los toques de su padre amenazan con tumbar la puerta, en cambio, estos son tranquilos y pausados. Respiro profundo y salgo de la habitación no sin antes advertirle al niño que no salga. Voy a la sala y con mucho cuidado me acerco a la puerta antes de abrirla, lo hago y me encuentro con el rostro de un hombre aparentemente borracho y muy guapo que además trae un ramo de flores en sus manos. El alza la vista y él sentí como el suelo bajo mis pies se volvió agua, un agua tan azul como los ojos que amenazaban con atraparme en ellos.
— ¿Puedo pasar? Traje esto para ti. — Dice eso con voz profunda, ronca y sexy. Asentí ante su pregunta y déjenme decirles que esa fue mi bendición y mi desgracia a la vez... en ese momento yo no sabía en lo que me estaba metiendo al dejar entrar a mi casa a un hombre tan guapo y que además causaba con solo su presencia que yo siquiera pensara. No sé porque lo hice, en ese momento me sentía hipnotizada y hasta confundida, ese rostro yo lo había visto antes, pero ¿Dónde?
Le recibí las flores y entró, le dio una pequeña ojeada al lugar y luego tomó asiento en uno de los sillones. Me fui directo a la cocina de mi pequeño departamento, desde ahí y mientras ponía las flores en agua lo observaba y trataba de recordar donde lo había visto previamente, serví un baso se agua para él y se lo llevé, en un movimiento me hala por la muñeca y caigo sentada en sus piernas. No me deja reaccionar y me besa. Un beso que me deja sin aliento, uno con sabor a licor y tabaco, un beso demandante, metió sus dedos en mi cabello, luego siento su mano colarse dentro de mi pijama e ir directo a uno de mis pechos y en vez de huir, suelto un gemido que él aprovecha para meter su lengua he invadir mi boca. Miento si digo que no me gusta o que quiero salir corriendo; este hombre está haciendo que quiera más y eso que es solo un beso el que me está dando.
— Mami... — Escuchó decir, él gruñe cuando lo separo de mí, frunce el sueño que luego relaja como si hubiera recordado algo y yo también. ¡Ohh por dios! Es el hombre de la cafetería. Su ceño fruncido y su mirada penetrante, es algo que no podría olvidar. Hoy está vestido informal, se ve más guapo y joven, además de que hoy me ha mirado diferente, otras veces me observa como si me odiara. Me levanto de sus piernas y voy a mi hijo, a este punto estoy asustada. — ¿Tienes novio? — Pregunta el niño y abro los ojos como plato, no deja que me acerque y va al sillón y se sienta al lado del extraño. — ¿Eres el novio de mi madre? — Lo interroga y el muy descarado asiente. — Para poder ser novio de mamá y que te acepte debes comprarme una tablet y un Dron con cámara, si no, es mejor que te vayas, tendrán muchos problemas que yo mismo provocaré. — Le dice mi hijo serio.
— ¿Eso es todo? — Pregunta el extraño y mi hijo asiente con una sonrisa, como creyendo que ha ganado. — Bien, mañana a primera hora haré llegar todo junto con un documento que debes firmar donde quedará registrado nuestro trato y que por supuesto, tu madre es mi novia. — Quedo en shock, ellos se tienden la mano y antes de que puedan unirlas los detengo.
— Haber señores, acaban de hablar como si no estuviera presente. — Miro al niño. — ¿Qué te he dicho sobre hablar con desconocidos? Por favor Dylan...
— Tú lo estabas besando. — Me dice y me sorprendo.
— Como sea, no te lo he presentado. — Le digo indignada, apenada y queriendo que la tierra me trague, mi hijo tiene razón.
— Pues hazlo! — Miro al extraño y sonríe. Tiene los ojos chiquitos, se está divirtiendo con la situación a la vez que lucha por mantener los ojos abiertos, lo miro en busca de ayuda, no sé su nombre.
— Soy Alexander, mucho gusto Dylan. — Alexander le tiende la mano una vez más y el niño la toma. — ¿Tenemos un trato? — Le pregunta y el niño asiente.
— Quiero mis juguetes. — Hay vuelvo a intervenir, otra vez hacen como si no estuviera presente.
— Ve a dormir, — Lo jalo para que se levante del sillón. — y tú... — Señalo a Alexander. — No vas a traer nada. — Ellos ríen, mi hijo se va a dormir dejándonos solos, suelto el aire retenido y tomo la palabra. — ¿Eres el hombre de la cafetería, como me encontraste? — Le pregunto curiosa aun de pie. Él se levanta con dificultad y me mira a los ojos.
— No quiero hablar de eso ahora, lo único que tienes que saber es que el niño tendrá todo lo que quiera y tú serás mi mujer. — Su voz es firme y me excita que me hable con propiedad. El tipo es bello y parece toda una ilusión, tan varonil, tan alto, tan impecablemente vestido, tan guapo. Acaricia mi rostro y deja un beso suave en mis labios. Este sin duda es el hombre más bello que yo he visto, estar tan cerca de él y sentir sus suaves caricias hace que me derrita. No sé qué pasa, pero me siento tranquila, segura y feliz de alguna manera. Mi piel siempre está erizada, era una rica y placentera sensación. Él vuelve al sillón y se recuesta, por lo que veo planea no moverse de aquí, fui por unas cobijas y cuando regreso ya está dormido. Lo contemplé un rato mientras pensaba en lo difícil que ha sido mi vida en todos estos años y en todo lo que me cuesta confiar en los hombres...
Tengo 26 años, estaba en la universidad cuando quedé embarazada de Dylan. Con su padre fue un amor genuino, siempre juntos, al fin y al cabo estábamos en la universidad, en plena juventud y creyéndonos dueños del mundo. Bonita pareja y envidiada por algunos, él era un chico popular y con gran futuro, mientras yo era una chica promedio becada. Fui la decepción para nuestros padres enterarse del embarazo, los míos me echaron de casa, comí de la basura, pedí limosna, mientras que al padre de Dylan sus padres lo pusieron a escoger entre seguir con su vida de lujos y privilegios o seguirme y ser desheredado. Le lavaron el cerebro diciendo que los dos en la calle no llegaríamos lejos y que lo más probable era que el bebé no sobreviviera. Fue un cobarde, yo seque mis lágrimas luego de ser humillada y rechazada por un hombre que creía era el amor de mi vida y seguí adelante con la criatura que estaba creciendo dentro de mí, no me rendiría, total y tenía una vida por delante. Mi abuela antes de morir me enseñó muchas cosas, los fines de semana en su casa sí que fueron productivos. Toque muchas puertas hasta encontrar una bondadosa que me dio una oportunidad, trabaje en una casa lavando y haciendo aseo hasta que mi barriga ya no me dio para más, logre acumular suficiente dinero como para comprar algunas cosas para mi bebé y mudarme a algo pequeño. Estaría sin trabajo unos meses, me aseguré de planear bien mis movimientos y junto con una amiga que hice en el trabajo, ella sí que fue de gran apoyo. Mi Ignacia...
Fui a mi habitación luego de recordar parte de mi pasado y me quedé dormida al lado de mi hijo. A la mañana siguiente el timbre nos despertó, miré el despertador y había dormido unos veinte minutos de más, la alarma del celular había sonado varias veces, trasnochar no me sienta bien. Una vez más los toques eran diferentes, fuimos a abrir y nos encontramos con unos paquetes que fueron ingresados por un trío de hombres muy bien vestidos, Dylan se emocionó y yo solo pensé en que debía haber un error, mire al sillón donde durmió el hombre extraño y negué. Cuando dejaron todo aún lado uno de ellos tomó la palabra y le entregó una carpeta al niño junto con una pluma.
— Dylan, detente. — Le quité el faldero que al abrirlo solo contenía una hoja con solo dos líneas, abajo estaba firmado por él y una vez más solo decía su nombre. "Alexander" — Quiero hablar con su jefe. — Exijo y el hombre que tomó la palabra, saca su celular y marca, luego me entrega el teléfono. Dos tonos y contesta, siento como mis bragas se empapan con únicamente escuchar su voz. — ¿Eres tan infantil como para hacer tratos con un niño, además que son todas esas cosas extras? Ese no era el trato, acaso...
— ¡Basta! ¿Acaso eres su abogada? Ya te dije que serás mi mujer, así el niño firme ese papel o no. Déjalo ser feliz, las cosas extras son solamente complementos de lo que pidió. Ahora te dejo, debo ir a una reunión. — El estúpido cuelga, cada que dice con tanta seguridad que seré su mujer me dan ganas de entregarme, sinceramente no me molestaría ser partida en dos por semejante dios griego. Mi concha y yo lo necesitamos...