—Preciso es, señora, que la pasión la extravíe, pues hace una hora que está reclamando al niño, y todavía no se le ha ocurrido besarlo. El marqués presentole la mejilla sin el menor entusiasmo, y dijo a su terrible madre, en esa media lengua propia de los niños de su edad: —Señora, ¿qué le dices a mamá? —Marqués—respondió Germana—, esta señora quiere llevarte a París. ¿Quieres irte con ella? Por toda contestación el niño se echó en brazos de Germana, y dirigió una mirada de recelo a la señora Chermidy. —Le queremos todos—dijo Germana. —Usted también, señora. Es una habilidad. —Es natural. Se le parece mucho a su padre. —Mírame bien—dijo la viuda a su hijo—. ¿No me reconoces? —No. —Soy tu madre. —No. —¡Tú eres mi hijo, mi hijo! —No eres tú, es mamá Germana. —¿No tienes otra ma

