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1677 Palabras

Esta confesión ingenua descendía como un rocío matinal sobre el corazón de don Diego. Y se sintió tan deliciosamente refrescado que olvidó no sólo los cuidados presentes, sino hasta los placeres pasados. Una luz nueva iluminó su espíritu; comparó de una sola ojeada sus antiguos amores, agitados y cenagosos como un charco, con la dulce limpidez de la felicidad legítima. Es la historia de todos los maridos jóvenes. El día en que descansan la cabeza sobre la almohada conyugal, advierten con una dulce sorpresa que nunca habían dormido tan bien. El conde besó tiernamente las dos manos de Germana y le dijo: —Sí, tú me amas, y nadie me ha amado nunca como tú. Tú me has hecho ver un mundo nuevo, lleno de delicias honestas y de placeres sin remordimientos. Yo no sé si te he salvado la vida, pero

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