Unas altas puertas se abrieron y el lacayo volvió para mostrarnos el salón, decorado en tonos pastel, con suelo de caoba y muebles tapizados en telas florales, con muchas plantas altas en grandes macetas de terracota agrupadas, llenando el aire con su verde aroma. Sus frondas y ramas llegaban hasta el alto techo de madera oscura, aportando una extraña luz tenue a la habitación, ocupada por una mujer solitaria. Diminuta, muy joven y sorprendentemente guapa, con rizos negros que le caían hasta la cintura, labios carnosos y ojos marrones como la miel. De algún modo, me recordaba tanto a Valentina como a Frances. ¿Podría ser la hija de Rifkind? Todos nos inclinamos ante ella. Ella permaneció sin sonreír. Soy Isabella Rifkind. Mi marido está hoy en la trituradora. ¿Puedo ayudarles en algo? Señ

