Ese beso era fuego puro, un torbellino que desafiaba la lógica. Por un instante, Raymund permitió que la intensidad lo envolviera. Fue breve, un segundo en el que sus muros se tambalearon, pero la chispa de control regresó de golpe. Tomó a Cassie por los hombros, separándola bruscamente de su cuerpo. —¡Vete ahora mismo! —espetó con una mezcla de rabia y confusión, su voz más áspera de lo habitual. Cassie retrocedió, sus ojos brillaban de humillación contenida. Un temblor recorrió su cuerpo mientras buscaba una excusa para no romperse delante de él. Finalmente, sin una palabra, giró sobre sus talones y salió apresurada de la habitación. En el pasillo, el eco de su respiración agitada le recordaba el beso, un momento imposible de borrar. Cerró los ojos con fuerza, luchando contra

