Al día siguiente, Cassie y Ray llegaron al hospital, con los corazones palpitando con fuerza, llenos de una mezcla de ansiedad y esperanza. La sala de espera parecía una cárcel de silencios, un lugar que amplificaba la tensión que cada uno llevaba consigo. Ray, con su rostro serio, caminaba a su lado, pero su cuerpo hablaba por sí mismo: estaba nervioso. Cada paso, cada respiración, era más pesada que la anterior. Cassandra observó su agitación, su mirada distante, y no pudo evitar sentirse aún más nerviosa. Sin pensarlo, tomó su mano con ternura. El calor de su contacto parecía tranquilizarlo, pero la incertidumbre seguía flotando en el aire. —Todo va a salir bien, cariño, te amo —susurró, con una voz tan suave que, por un momento, Ray sintió que el mundo desaparecía a su alrede

