Capitulo 13.

1579 Palabras
El aire en la mansión Vieri parecía haberse estabilizado después de la primera cena, pero para Yaneth, la calma siempre se sentía como el ojo de un huracán. Esa mañana, la luz del sol se filtraba suavemente por los ventanales de su suite, iluminando los detalles de lujo que seguían pareciéndole ajenos. Se sentía un poco mejor físicamente, el caldo de jengibre del chef había hecho maravillas, pero su mente seguía siendo un campo de batalla. Estaba sentada en el diván de terciopelo, acariciando distraídamente su vientre, cuando su teléfono —el mismo que Fabián había bloqueado— vibró sobre la mesa de noche. Un número desconocido. Yaneth dudó. Pensó que podría ser la galería de arte o su madre, Martha. Con manos temblorosas, desbloqueó la pantalla. El corazón se le cayó a los pies en cuanto leyó las primeras palabras. "¿Ya encontraste a otro idiota que te mantenga, Yaneth? Me enteré de que te casaste. Qué rápido aprendiste a venderte al mejor postor. Seguro le ocultaste que llevas el desecho de otro hombre en la panza. Eres una basura, una muerta de hambre que no pudo vivir sin mi dinero. Disfruta tu juguete nuevo mientras dure, porque cuando se entere de lo que eres, te va a tirar a la calle igual que yo." El aire abandonó los pulmones de Yaneth. El insulto físico era una cosa, pero la crueldad psicológica de Fabián era un veneno que conocía bien. La humillación de verse llamada "basura" y "desecho" la hizo encogerse, las lágrimas nublando su vista de inmediato. Sintió una punzada de dolor en el vientre, el estrés golpeando su cuerpo frágil. En ese momento, la puerta se abrió. Thiago entró con la determinación de un huracán. No solía tocar; esta era su casa y ella, ahora, era su esposa. Se detuvo en seco al ver a Yaneth hecha un ovillo, sollozando con el teléfono apretado contra el pecho. —Yaneth. La voz de Thiago, profunda y llena de una autoridad gélida, la hizo saltar. Él se acercó en tres zancadas, su figura de 1,94 metros proyectando una sombra que cubrió toda la habitación. Al ver su rostro descompuesto, sus ojos claros se afilaron como cuchillas de hielo. —¿Qué pasa? ¿Es el bebé? —preguntó él, y por un segundo, hubo una nota de genuina alarma en su tono. —No... no es nada —intentó decir ella, tratando de ocultar el teléfono. Pero Thiago fue más rápido. Con un movimiento fluido, le arrebató el dispositivo de las manos. Yaneth no tuvo fuerzas para resistirse. Observó, aterrorizada, cómo la expresión de su esposo pasaba de la preocupación a una furia negra y absoluta mientras leía el mensaje de Fabián. El silencio que siguió fue aterrador. Yaneth juraría que la temperatura de la habitación descendió diez grados. La mandíbula de Thiago se tensó tanto que la barba bien marcada parecía resaltar contra su piel pálida de rabia. Sus nudillos se volvieron blancos mientras apretaba el teléfono, y por un momento, Yaneth pensó que el aparato estallaría en mil pedazos. —¿Así que este es el hombre por el que llorabas? —preguntó Thiago. Su voz no era un grito; era un rugido bajo, el sonido de un depredador que acaba de encontrar su presa. —Thiago, por favor... no le hagas caso. Él siempre es así —sollozó ella, tapándose la cara. Thiago no respondió. Caminó hacia el ventanal, dándole la espalda. Sus hombros, anchos y poderosos bajo la camisa de seda negra, se movían con su respiración pesada. La furia del Lobo no era errática; era fría, calculada y letal. De repente, Thiago marcó un número en su propio teléfono. —Marco —dijo, sin saludar—. Localiza el origen del último mensaje enviado al número de mi esposa. Ahora. No me importa cuántos servidores use. Quiero su ubicación exacta en diez minutos. Y Marco... prepara el equipo. Vamos a hacer una visita personal. Yaneth se levantó de la cama, tambaleándose. —¿Qué vas a hacer? Thiago, no quiero problemas... no quiero que por mi culpa... Thiago se giró. En sus ojos claros ya no había rastro de la suavidad de la noche anterior. Había una oscuridad antigua, la mirada del hombre que lideraba imperios y sombras. Se acercó a ella y le tomó el rostro con una sola mano, obligándola a mirarlo. Sus dedos eran firmes, pero no la lastimaban. —Escúchame bien, Yaneth —le dijo, su voz vibrando con una intensidad que la hizo temblar—. Nadie insulta a una Vieri. Nadie llama "desecho" a lo que está bajo mi protección. Ese hombre cree que puede seguir rompiéndote porque cree que estás sola. No ha entendido que ahora eres mía. Y yo no dejo que nadie toque lo que es mío. —Él... él es peligroso a su manera, tiene contactos —susurró ella, todavía asustada por la sombra de Fabián. —Él es una rata que se cree león porque tú eres demasiado dulce para ver sus colmillos de plástico —Thiago acarició su mejilla con el pulgar, un gesto posesivo que quemaba—. Yo soy el Lobo, Yaneth. Y las ratas no sobreviven cuando el Lobo decide limpiar su territorio. Thiago le devolvió su teléfono y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo y la miró por encima del hombro. —Quédate aquí. Mi enfermera vendrá a darte un té para los nervios. No vuelvas a responder a ningún número que no conozcas. A partir de hoy, Fabián Valerón deja de ser un fantasma para convertirse en un c*****r social. Yaneth se quedó sola, con el corazón martilleando contra sus costillas. Estaba aterrorizada por la violencia que emanaba de Thiago, pero al mismo tiempo, una parte de su alma que había sido pisoteada durante años sintió una chispa de calor. Fabián la había insultado; Thiago estaba dispuesto a quemar el mundo por ella. Mientras tanto, en una oficina de lujo al otro lado de la ciudad, Fabián se servía un whisky, riendo para sus adentros. Se sentía poderoso tras haber enviado ese mensaje. Creía que Yaneth seguiría siendo su víctima, la chica dulce que siempre bajaba la cabeza. No escuchó cuando la puerta de su oficina fue arrancada de sus bisagras. No tuvo tiempo de reaccionar cuando cuatro hombres armados rodearon su escritorio. Y mucho menos pudo gritar cuando la figura imponente de Thiago Vieri entró en la habitación. Thiago caminó hacia él con una calma aterradora. Se quitó los guantes de cuero n***o y los dejó sobre el escritorio de Fabián. Sin decir una palabra, lo tomó por el cuello de la camisa y lo levantó de la silla como si fuera un muñeco de trapo. —¿Tú eres el que escribe mensajes valientes desde la oscuridad? —preguntó Thiago, su rostro a milímetros del de un Fabián que acababa de orinarse encima del miedo. —Yo... yo no sabía... señor Vieri, es un malentendido —balbuceó Fabián, sus pies colgando en el aire. Thiago lo estampó contra el ventanal de cristal que daba a la calle. El sonido del vidrio crujiendo fue la única respuesta. —Yaneth Miller es mi esposa. El hijo que lleva es un Vieri ante la ley —la voz de Thiago era puro veneno—. Si vuelves a acercarte a ella, si vuelves a pronunciar su nombre, o si incluso te atreves a pensar en ella, te aseguro que desearás estar muerto. Te voy a quitar tu empresa, tus contactos y tu nombre. Te dejaré tan vacío que ni los perros querrán tu compañía. ¿Entendido? Thiago lo soltó y Fabián cayó al suelo, sollozando de terror. El Lobo se limpió las manos con un pañuelo de seda, lo tiró sobre el cuerpo tembloroso de Fabián y salió de la oficina sin mirar atrás. Dos horas después, Thiago regresó a la mansión. Yaneth estaba en la biblioteca, tratando de leer para calmarse. Cuando escuchó sus pasos, levantó la vista. Thiago entró, ya sin la furia en el rostro, pero con esa intensidad que lo caracterizaba. Se acercó a ella y, sin decir nada, dejó una caja pequeña sobre sus rodillas. —¿Qué es esto? —preguntó ella. —Un teléfono nuevo. Con un número encriptado. Solo yo, tus padres y el equipo médico pueden llamarte —dijo él, sentándose a su lado, su cuerpo de 1,94 metros haciendo que el sofá pareciera pequeño—. Y Fabián... Fabián ya no volverá a molestarte. Nunca. Yaneth lo miró a los ojos y vio la seguridad absoluta del hombre que acababa de defender su honor. Sin pensarlo, se inclinó y apoyó la cabeza en el hombro de Thiago. Él se tensó por un segundo, no acostumbrado al contacto físico espontáneo, pero luego, lentamente, pasó su brazo alrededor de ella, protegiéndola. —Gracias, Thiago —susurró ella. —No me agradezcas por hacer lo que un hombre debe hacer por su mujer —respondió él, besando suavemente la coronilla de su cabeza—. Ahora descansa. El Lobo ya se encargó de la hiena. Esa noche, por primera vez, Yaneth durmió sin miedo. Sabía que estaba en una jaula de oro, pero también sabía que el guardián de esa jaula era el ser más peligroso de la ciudad, y que él nunca permitiría que nadie volviera a apagar su luz. La furia de Thiago la había asustado, pero su protección la estaba terminando de enamorar.
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