Katherine.
La espera se volvía una eternidad.
Mientras Leya se encontraba investigando libros, Ezra me acompañaba.
Se divertía viéndome caminar por la pequeña habitación.
—El suelo es de madera, se romperá si continuas con tus vueltas— dijo volteando su cuerpo al armario.
Se había quitado su camisa, por ello buscaba alguna otra.
—Esto es una mala idea. No debí escucharte— me arrepentí, arrugando el vestido que traía puesto.
Era de color bordo, Ezra lo había elegido.
Según él, favorecía a mis curvas y pechos.
—Te acostaste con muchos hombres en este tiempo. ¿Por qué tienes miedo?— intrigado, tomó una camisa entre sus manos y se aproximó a mi.
—Joseph es un viejo amor. Me había costado despedirme de él y luego apareció... No tuvimos tiempo de aclarar las cosas por que luego Lorian se presentó. ¿Cómo te sentirías tú?
—Lamento no poder darte una respuesta. Nunca me he enamorado ni tampoco recibí amor— se abrió sincero, tumbándose a la cama.
Lo seguí hasta sentarme a su lado.
Nunca lo había escuchado en ese tono triste.
A decir verdad, no lo conozco para nada.
Sus bromas, su sonrisa, todo en él me decía que era feliz y resulto ser al contrario.
Las apariencias engañan ¿no?
—En fin, no es momento de hablar sobre el pasado. Debes concentrarte en como recibirás a tu viejo amor— volvió a sonreír como usualmente lo hacía.
Al principio no entendí, entonces él señaló a mis espaldas.
No quería voltear y encontrarme con Joseph.
¡Todavía no estoy lista!
Ezra me obligó a hacerlo.
Cuando me incorporé y giré mi cuerpo pude verlo.
Joseph no había cambiado en nada.
Seguía perfecto como lo conocí.
Atractivo, elegante y con una fragancia sumamente exquisita.
Cruzamos nuestros ojos. En sus labios se dibujó una sonrisa y fue suficiente para armarme de valor y correr a sus brazos.
Nos fundimos en un abrazo largo.
Quedamos así por unos minutos hasta que Ezra carraspeó su garganta.
—Lamento interrumpir pero es bueno si mantienen un poco de distancia— pidió a mi lado.
Joseph no entendía muy bien a que se refería.
—¿Me ves capaz de dañarla? Jamás lo haría, le tengo aprecio a Katherine— Joseph se puso a la defensiva.
Nos habíamos separado a pedido de Ezra.
—Lo siento pero Katherine es mi prioridad y la de Leya. No confiamos en nadie más— intentó sonar agradable.
En estos meses tanto Leya como Ezra me protegían.
Con el tiempo he sentido un fuerte cariño, los considero mis amigos.
—Esta bien, puedo cuidarme. Además, Joseph no me haría daño — lo tranquilicé.
Finalmente quedamos solos en la habitación, sin Ezra o alguien que nos interrumpiera.
—Luces bellísima— me alagó con su intensa mirada.
—Puedo decir lo mismo de ti—
Nos quedamos en un silencio que me resultó incómodo.
Él parecía satisfecho observándome de pies a cabeza.
Creo que es la primera vez en la cual me mira de esa manera, con ojos lujuriosos.
Me senté en la cama de lo más natural—. ¿Quieres sentarte?— di unas pocas palmeadas a mi lado.
Una vez a mi lado, nos encontrábamos a un centímetro de distancia.
—Bien, ahora podemos hablar de lo importante— comenté ignorando su mirada.
Antes de poder decir algo, su mano impactó con la mía.
La sujetaba con tal fuerza que ardía.
Tratemos de calmarnos Katherine.
Pude haber quitado su mano y no lo hice.
Esperé su próximo movimiento ansiosa.
Sin recibir una aprobación o rechazo, subió lentamente su mano hasta mi cuello.
Lo acariciaba suavemente, volviéndome loca.
Iba a besarme y así fue.
Me besaba con ternura, reprimiendo su deseo de hace años.
Y si soy sincera, no quería un beso tierno.
Tuve que satisfacerme a mi manera.
Mi vestido no era extravagante. Me gustaba que fuese al cuerpo y sencillo.
Gracias al bendito vestido pude subirme a sus piernas y entrelazarme a su cadera.
Intensifiqué el beso a mi gusto.
Mi lengua quería jugar con la suya y sin pedir permiso lo hizo.
Mientras él se aferraba a mi espalda, mis manos se enredaban en su cabello.
Ahora que desperto mi verdadera naturaleza suelo excitarme incluso más.
Una simple respiración en mi oreja podía enloquecerme.
Él quiso recostarme en la cama, entonces lo impedí.
—¿Kat?— susurró al momento que nos separamos.
Ambos estábamos agitados, deseosos, excitados.
—Lo único que debes hacer es besarme y cogerme ahora— me apresuré a decir, liberando mis manos para bajar el cierre de su pantalón.
Parecía confundido por mis repentinas palabras.
Cuando por fin se reveló su erecto m*****o, corrí mi falda para poder proseguir.
—¿No quieres recostarte?— dijo a duras penas, excitado.
—Claro que no, cariño— como mis piernas se encontraban abiertas y arriba suyo, me atreví a introducirme por mi misma.
Movía mi cuerpo lentamente, apreciando el placer que producía.
Sus manos sujetaban con fuerza mis caderas, dejándose llevar por el placer de mis movimientos.
Tenía las riendas de la situación, estaba al mando.
—Mierda, esto es increíble— jadeo entre gemidos.
Disfrutaba ver su expresión perdida. Eso me incentivaba a seguir moviéndome de tal forma.
Pero necesitaba más, quería más.
Incrementé la velocidad de mis movimientos perdiéndome en el éxtasis del momento.
—Mierda— maldije al saber que estabamos a punto de venirnos al mismo tiempo.
Antes de hacerlo, tuve que terminar con lo que más placer me daba.
Mordí su cuello succionando la sangre dulce que tenía.
Joseph se sorprendió, claro que no significa menos placentero.
Finalmente soltamos un gemido cuando nos vinimos al mismo tiempo.
Continuaba excitada por culpa de mi propia naturaleza.
Dicen que las sirenas podrían tener sexo durante todo el día.
No puedo exigirle mucho a Joseph, en realidad ni siquiera tuvo que haber ocurrido esto.
—Es la mejor experiencia que he tenido— murmuró acariciando mi cabello.
Podría decir lo mismo fue un momento de placer.
He tenido miles de momentos similares.
—Hablemos de Greasia— rompí el momento romántico que se había creado para él.
Subió el cierre de su pantalón apenado.
—Cuando Ethan fue a buscarte, nunca más volvió al reino. Hubo rumores acerca de él y Lorian eso si.
—¿Cuáles rumores?— siempre he querido saber acerca de ellos.
Han pasado nueves años, algo tuvo que ocurrir.
—Bueno...