Eres mía, zmeya. Esas palabras no dejan de retumbar en mi cabeza. Mi cuerpo entero está rendido ante este hombre que apenas conozco. Más bien, que ni siquiera conozco. Podría levantarme, vestirme y salir de aquí y algo me dice que él no me detendrá, que me dejará ir. Puede que no lo conozca, pero algo me dice que no es de los que me obligaría a hacer algo que no quiero. Aún no me muevo, porque sigo mirando sus ojos, intentando detallarlos lo más que pueda para poder guardar el recuerdo en lo más profundo de la caja de pandora que hay dentro de mí. Él no me habla, se mantiene callado, pero con sus manos aferradas a mi carne como si no deseara soltarme jamás. Yo vine aquí a pagar una deuda para que me deje en paz, no volveré más. Necesito mirarlo lo más que pueda, lo más que la poca

